¿Hace falta tener mucho vocabulario para escribir bien?

En la era de lo inmediato, se está perdiendo, poco a poco, la capacidad de expresión. Es una realidad que no percibimos de forma clara, pues se trata de un fenómeno sutil y que se presta a interpretaciones varias, pero no deja de ser una manifestación de la poca importancia que le estamos dando a los métodos antiguos de transmisión de conocimiento. La época de la imagen, del fogonazo y del sonido se está llevando por delante los cimientos comunicativos, creando un efecto que es inapreciable para el gran público.

No obstante, por mucho que aparezcan noticias en la prensa que hablan de, por ejemplo, cuántas palabras maneja de forma fluida y segura el adolescente medio español (unas trescientas, supuestamente), creo que es menester preguntarse qué es lo que realmente hace falta para escribir bien pues, si queremos recuperar un rasgo, y no sabemos qué era lo que lo sustentaba, su restauración se antoja harto complicada. La pregunta, pues hacer un estudio profundo motivaría la redacción de cientos de libros, es muy simple: ¿hace falta conocer el significado de muchas palabras para lograr expresarse con soltura?

La pregunta invita a responder a dos cuestiones derivadas: la primera es cuánto son “muchas palabras”, y la segunda es qué es “expresarse con soltura”. La respuesta a la incógnita que ocupa el primer lugar en esta reflexión se puede cimentar, simplemente, usando la lógica. El Principio del Palomar nos dice que, si tenemos N objetos y los queremos repartir en K cajas, habrá al menos una caja con N/k objetos. Y diréis, ¿qué significa esto? Pues simple. La persona que solo conoce trescientas palabras, cuando escribe un texto de mil, tiene que usar al menos una de ellas más de tres veces. De hecho, pensándolo fríamente, es gracioso pensar que ese chaval tendrá, cuando llegue a las trescientas palabras, que reciclar una para poder continuar. Considerar que alguien, sabiendo trescientas palabras, puede expresarse con soltura es, cuanto menos, ser optimista. Diría que muy optimista.

¿Cuál sería la cifra perfecta? Ninguna. Cuantas más sepamos, mejor. Y es que démonos cuenta de que, en trescientas palabras, cabe poquísimo. De hecho, es imposible cuadrar todo el léxico que una persona normal debería saber para poder hablar con un poco de propiedad y decir que, con ese número irrisorio, lo tenemos cubierto. Hay tantos temas de conversación posibles, hay tantos matices a la hora de expresarse, hay tantísimas expresiones que son utilizadas de forma más o menos habitual en nuestro idioma, tantas construcciones particulares que hay que saberse de forma fija para comprenderlas que, simplemente, tener un buen discurso con un número conocido de palabras por debajo de las mil se me antoja misión imposible.

Y aquí vendría el intento de definir qué es un buen discurso y por qué depende tanto el valor estético de la variedad. Lejos de tratar de alcanzar la seguridad de una tesis, diré que, en mi humilde opinión, la expresividad de un texto radica en su capacidad de evocar, sugerir, inspirar y maravillar, y no tanto en la transmisión del mensaje. No quiero que se me malinterprete, tiene mucho mérito hacer una buena lista de la compra, pero cuando hablamos de “escribir bien” creo que podemos ser mucho más ambiciosos e imaginar un escrito medianamente sugerente. ¿Qué tiene que ver esa especificidad que le confiero a la definición de soltura en la expresión con la cantidad de vocabulario?

La forma más sencilla de sorprender al interlocutor, de demostrar nuestro dominio del lenguaje, de ser ágiles en nuestras composiciones lingüísticas y, en definitiva, de construir algo que tenga valor más allá de lo que plasma en sí, es jugar con las palabras. Todos sabemos que el texto mecánico aburre, es soso, huele a decadente. A nadie que se haya familiarizado con la escritura en idioma castellano le llenará de la misma manera la forma de escribir de los ingleses, por poner un ejemplo, pues su lengua les confiere intrínsecamente una menor libertad que se nota de forma especialmente flagrante en las descripciones que el español nos permita elaborar.

No sabemos lo privilegiados que somos por tener una cultura en la que se valoran los conectores, las oraciones largas, las ideas introducidas y concatenadas una detrás de otra, en perfecto equilibrio pero vivaz movimiento o, incluso, el ritmo. Somos maestros de la preposición, de la conjunción, de los recursos lingüísticos que nos permiten no tener que abusar del “punto y seguido” y, sin embargo, no nos damos cuenta de que esa está desapareciendo de nuestro ADN, porque no disponemos del léxico suficiente como para mantenerla. Estamos olvidando la estilística, dejándola en un segundo plano, sepultándola bajo toneladas de clases en las que se enseña a los niños a ser “formales”, a ser “claros”, “concisos” e infinidad de términos como ése, bajo los que se esconde un final terrible: la mediocridad.

Y es que el texto que no es interpretable, la unión de palabras que no tiene esencia, que no es más que un burdo recurso para contar algo, es una de las tragedias de nuestro sistema educativo. Desde el momento en que a un crío de seis años le dices que no puede imitar el libro que ha leído porque “tiene que aprender a ser simple”, lo que se está haciendo es un auténtico crimen. Hemos conseguido que lo que antes era un arte, motivo de elogio y de orgullo para el mundo, lo que otrora era una seña de identidad de la literatura, sea ahora una razón para pensar que un niño está haciendo algo equivocado. Aquí, en España, somos una fábrica de mediocres de primer nivel.

Mientras tanto, yo animo a todo aquél, sea joven o mayor, que quiera aprender a expresarse, que se olvide de seguir manuales. A escribir se aprende leyendo, jugando, redactando textos y viendo cómo conjugar todas y cada una de las palabras en armonía cuasi celestial, aprendiendo nuevos términos y añadiéndolos a la mezcla, en una especie de bucle intelectual que jamás se debería detener. Que nadie nos engañe y nos haga creer que la gramática es un simple medio para llegar a un final superior. Cuando aparece la magia es cuando el lenguaje vuela libre.

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