Fidel Castro, Rita Barberá y la muerte

La semana pasada será recordada, sin atisbo de duda posible, como la semana de los excesos. Excesos de hipocresía, de sentimentalismo, de falsedad, de contradicciones, todos unidos en apenas siete días que ya forman parte de la historia de la humanidad, y que no me cabe la menor duda de que darán pie a cientos de análisis, opiniones y repercusiones derivadas.

Comenzaba la semana con la noticia de la muerte de Rita Barberá, alcaldesa de Valencia durante 24 años, justo después de haber declarado en el Supremo como investigada por el Caso Taula. La corrupción había manchado la carrera de una política indudablemente exitosa que, después de ser uno de los rostros más reconocibles del PP valenciano de las mayorías absolutas, moría sin comprender la razón por la que todos le estaban dando la espalda en una época tan difícil y delicada.

Si no habíamos tenido suficientes emociones, el Black Friday pondría punto y final a la vida de uno de los últimos grandes personajes del siglo XX, el archiconocido Fidel Castro. Su muerte ponía fin, en palabras de la prensa, “al siglo XX en Cuba”.

Parece que los políticos de renombre tienen grabada a fuego la necesidad de pasar por un calvario más, incluso después de muertos: el del revisionismo precipitado, ansioso y decadente de aquellos que quieren escribir sus epitafios sin haber sido elegidos por nadie para tal tarea. En el caso de Rita Barberá, le ha tocado recibir amor y odio a partes iguales. Una parte de la ciudadanía la amará siempre y olvidará sus pecados, y la otra la detestará y la demonizará, pretendiendo que ni siquiera ahora pueda disfrutar de un sosiego que ya había perdido en esta vida.

Fidel Castro, por su parte, recibirá el mismo castigo que Rita, pero diez veces mayor. Si los resultados de la gestión de la “alcaldesa de España” van a seguir estando presentes en la sociedad valenciana durante décadas, la amenaza que ahora se cierne sobre el legado de Fidel es que este no solo no perdure, sino que sea repudiado. Nadie podrá negar la bondad de algunas de las decisiones de Barberá, ni el cambio que experimentó la ciudad de Valencia durante su gloria política, pero sí es posible que toda la obra de Castro se vea, a ojos de una ciudadanía necesitada de soluciones rápidas y conclusiones precipitadas, convertida en motivo de vergüenza y humillación. Quizá sea imposible honrar la memoria de alguien cuya muerte era objeto de deseo febril de tantos grandes poderes.

No obstante, creo que hay una reflexión aún más importante que la de qué se debe rescatar de las gestiones de dos individuos tan destacados. Si hay algo que, para mí, se ha ausentado estos días, ha sido el respeto. No sé si las muertes de Rita y Fidel son pérdidas para la humanidad, pero sí que sé que la humanidad es algo que muchos han perdido con su marcha, y que espero que ahora, viendo las cosas con algo más de frialdad, hayan recobrado.

Debo aclarar que nunca he sido fan de hacer homenajes a personas a las que antes se les ha dedicado odio solo por el hecho de que hayan fallecido, pues creo que cada uno de nosotros tiene que cargar con el peso de sus actos y llevar su cruz con la mayor dignidad posible. No obstante, considero que hay algo en la muerte que a todos nos debería hacer medir nuestras palabras, aunque solo fuera un poco. Realmente lo creo.

Considero que todos deberíamos guardar las espadas y los fusiles en el momento en el que alguien fallece. De hecho, soy de los que piensan que no se debe guardar rencor ni al peor de nuestros enemigos pues, al hacerlo, lo único que logramos es devaluarnos a nosotros mismos. Incluso si alguien se mereciese el calificativo de “enemigo de la humanidad”, creo que tendría derecho a descansar en paz.

Habrá quien diga que hubiese sido un acto de hipocresía que la gente dejase de burlarse de Rita Barberá porque haya fallecido, o que no hubiese tenido sentido que aquellos que odiaban a Fidel no diesen saltos de alegría al enterarse de que éste ya no estaba vivo. No estoy de acuerdo. Creo que la muerte es algo que ninguno de nosotros entendemos bien. Pienso que todos deberíamos ser capaces de hacer una tregua con los que nos abandonan, verlos a lo lejos y girarnos una sola vez, el tiempo justo para despedirlos. Dejarlos marchar y seguir hacia delante, guardando la compostura. No nos hace ningún bien continuar haciendo leña del árbol caído sin saber cuándo detenernos.

Hablar de las ideas políticas de Rita o de Fidel está bien. Es algo que se debe hacer. Se puede, y se debe, entender qué hicieron mal y qué hicieron bien, con el fin de no repetir sus errores. Analizarlo todo es una actitud inteligente, pero esa astucia y sagacidad de algunos se pierde cuando dejan que sus mentes, en ocasiones ciertamente brillantes, rebosen visceralidad. El humano da un paso atrás, toma el camino inverso de la evolución, cuando deja que sus irracionalidades lo dominen y saquen lo peor de sí mismo.

Entiendo que haya quien no sea capaz de ver la diferencia entre meterse con alguien que ya ha muerto y hacerlo con quien está vivo. Puede que ellos no sean capaces de ver el misticismo que hay detrás del paso al olvido, el aura que rodea a todo lo relacionado con la muerte, y que torna cada momento digno de tranquilidad y reflexión. Siento lástima por ellos. Ojalá también pudieran ver las cosas de otra forma. Seguro que serían mucho más felices.

Espero que la frustración liberada ante los últimos acontecimientos limpie la conciencia colectiva y nos permita ser un poco más libres, ser un poco menos esclavos de nuestros impulsos, de nuestros miedos y de nuestras manías. Es lo que deseo, tanto para España como para el mundo. Seguiré pensando que ofender a quienes ya no están es un signo de maldad pero, al menos, supongo que seremos todos un poco mejores si usamos nuestras debilidades y nos apoyamos en ellas para poder superar el miedo a mirar al horizonte.

Llegará el momento en el que no dejemos de ser simples seres humanos, que la cuestión biológica quede en un segundo plano y lo que nos haga humanos sea nuestra ética. La humanidad no es un derecho, es una conquista, y nos quedan muchos pasos aún por dar.

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