El horrible tema de las reválidas

De verdad que no quería hablar de esto. Llevo toda la semana leyendo artículos y tweets, viendo vídeos, escuchando conversaciones y, en definitiva, nutriéndome involuntariamente de un debate que, a mí, ni me va ni me viene, que es el de las reválidas de 4º de Educación Secundaria Obligatoria (ESO) y de 2º de Bachillerato. Ojo, digo que ni me va ni me viene porque yo ya he superado esos niveles formativos, no porque no me importe la Educación o no quiera mejorarla, aunque supongo que este apunte, viendo otras publicaciones mías en esta misma web, no hubiese sido necesario.

Creo que, para abordar un tema tan complicado, deberíamos primero entender la base de los argumentos de quienes defienden que no debe haber reválidas para obtener un título, sea el de ESO o el de Bachillerato. Haciendo una síntesis de todo lo que he podido leer, los defensores de que este tipo de pruebas no existan se basan en los siguientes puntos:

-Si se impone un sistema de reválidas, el alumno se desmotiva y aumenta el fracaso escolar.

-No es justo que a alguien se le valore el esfuerzo de más de diez años en un único examen.

-Es posible que la acumulación de factores externos adversos, consistiendo la evaluación en una única prueba, lleve a que el alumno obtenga un resultado que no merece.

-Es difícil evaluar todos los contenidos por medio de simples pruebas. No se tendrían en cuenta trabajos, informes, actitud, etc., que también cuentan en la formación del individuo.

Si alguien tiene más argumentos en contra de las reválidas que no tengan nada que ver con los expuestos en este artículo, puede dejármelos en la zona de comentarios, y así iniciar un bonito debate multilateral.

Yendo punto por punto, el primero no es más que una conclusión obvia cuya sola mención demuestra que quien la esgrime tiene un intelecto poco desarrollado. Haciendo una analogía, para que quede más claro, afirmar que “aumentar el número de exámenes incrementa el fracaso escolar”, entendido este como la no obtención de un título formativo para el que una persona se ha estado preparando, es equivalente a constatar, por ejemplo, que cuanto más calor hace más sudamos, o que, si hay una epidemia de una enfermedad terrible, morirá más gente que cuando ésta no existía.

Sobre la desmotivación, deberían ser los padres quienes se planteasen si es normal que la educación que le han dado a sus hijos los lleve a desanimarse a la hora de enfrentarse a un gran reto como supone una prueba de nivel, siendo que, de hecho, la forma de afrontarla debería ser completamente opuesta. Utilizar la debilidad psicológica e intelectual de nuestros jóvenes, adquirida durante los años en los que el sistema actual ha, supuestamente, organizado y desarrollado su forma de pensar, como argumento para negarse a cambiar el mismo, constituye un insulto a la inteligencia y una contradicción flagrante. Nadie que haya nacido en un país democrático y que haya dispuesto de un sistema educativo decente y honesto puede acobardarse ante un desafío.

El siguiente punto tiene el mismo poco recorrido que el anterior, y es que se basa en una premisa errónea: el hecho de estar en clase durante todo un curso educativo y aprobar exámenes por partes no implica que, al final del mismo, tengas los conocimientos globales necesarios como para que tu promoción esté justificada. Cuando hace dos años la OCDE comparaba a un universitario español con un estudiante de secundaria japonés (http://www.abc.es/sociedad/20140707/abci-situacion-alarmante-formacion-espanoles-201407071645.html), o cuando el PIAAC afirma que el español medio de entre 16 y 65 años tiene dificultades para entender el prospecto de un medicamento o manejar textos digitales, o cuando somos los PEORES en Matemáticas de la OCDE (http://www.eldiario.es/sociedad/nivel-conocimientos-espanoles-debajo-Europa_0_183382266.html), o cuando nuestros jóvenes tienen el peor nivel de inglés de toda Europa (http://noticias.universia.es/vida-universitaria/noticia/2013/02/05/1003104/jovenes-espanoles-registran-peor-nivel-ingles-europa.html), resulta cuanto menos absurdo que neguemos que, en España, lo que se le exige a un alumno para obtener un título es irrisorio. Está muy bien eso del esfuerzo durante diez años pero, ¿y si la realidad es que ese esfuerzo de más de una década se traduce, en realidad, en una deficiencia enorme a la hora de realizar tareas básicas y una torpeza crónica comparados con otros países? ¿Es acaso algo demasiado doloroso reconocer que con las pruebas que se hacen hasta ahora no se consigue que la mayor parte de los estudiantes sean personas muy preparadas?

Hay honrosas excepciones, desde luego, pero, vista como un conjunto, nuestra Educación a lo único que lleva es a amiguismo, ignorancia y titulaciones vacuas. Dicho esto, vamos al tercer punto, que viene a reflejar el único aspecto en el que podríamos llegar a estar de acuerdo: verdaderamente es posible que, si toda la evaluación consistiese en una prueba aislada, celebrada en un día concreto, una persona preparada obtuviese un mal resultado bajo algunos supuestos. El problema es que este argumento no tiene que ver con las reválidas en sí mismas, sino con el sistema de reválidas. que se elija Voy a poner un ejemplo.

El Bachillerato Internacional otorga sus títulos a los alumnos que han superado varios exámenes de cada asignatura, cada uno de ellos valorando diferentes contenidos de las mismas, durante un período de tiempo notoriamente prolongado. De hecho, la nota del Bachillerato Internacional se pondera a nivel mundial, de tal manera que, si una prueba es especialmente complicada o así se refleja en los resultados de todos los alumnos, se puede obtener la máxima calificación sin realizar todos los ejercicios correctamente. De esta manera, se elimina ese factor de azar que acompaña a meter a un alumno en un aula y ponerle un único examen delante. ¿No es, pues, un problema más de forma que de fondo?

De hecho, la respuesta a la última cuestión también está en las pruebas del Bachillerato Internacional o un modelo similar. En ellas, aparte de la variedad de exámenes que se realizan, también se incluyen trabajos a entregar que profundizan, por ejemplo, en la investigación científica, en la redacción, en la expresión oral o en los conocimientos literarios. Por poner un ejemplo, un contenido utilizado para evaluar la materia de Lengua Castellana y Literatura es una grabación del alumno explicando algún aspecto concreto de una obra literaria durante más de cinco minutos, en los que debe dar rienda suelta a su capacidad de análisis y a su inventiva. ¿No es, acaso, una forma de evaluar objetiva y completa?

Creo que esta breve exposición es suficiente para entender los beneficios que tendría una reválida bien preparada, estudiada y ejecutada de cara a asegurar que un alumno obtiene una titulación de forma merecida. Por si los motivos esgrimidos hasta el momento no son considerados suficientes, todos los exámenes y trabajos serían evaluados de forma externa, de tal manera que las preferencias personales del profesorado por un alumno o hechos que todos hemos vivido como la amistad de un profesor con los padres del mismo no influirían en su calificación final. Eso, en un país en el que hay institutos con diferencias de tres puntos de media entre la nota de Selectividad y la que llevan del Bachillerato, constituye una mejora sustancial y una necesidad imperiosa, pues en la Educación también hay corrupción y adoctrinamiento y no estamos haciendo nada para combatir esos problemas de raíz.

Abramos los ojos. Si en España hay tanto miedo a las reválidas, no es porque sean injustas, ni porque lo que tenemos ahora funcione. El pánico viene de que nos han educado desde pequeños para ser cobardes y negarnos a ser evaluados de forma objetiva, de que nos han negado el derecho a equivocarnos y vivir con nuestros errores y, por encima de todo, de que aquellos que se dedican a educarnos tienen mucho miedo de perder ese sueldo que se llevan a casa a fin de mes a cambio de realizar una preparación pésima de cara a nuestros estudios posteriores.

El enemigo no es el hombre que no nos conoce de nada y nos corrige un examen en el Bachillerato Internacional. El enemigo es quien nos pone un 10 en un examen sabiendo que no tenemos ni idea. El enemigo es quien nos niega el derecho de saber lo que estamos haciendo mal. El enemigo es quien no quiere aprender inglés y por eso se niega a enseñárnoslo. Esos son los verdaderos monstruos del sistema educativo, los que te verán fracasado luego y, en lugar de pedirte perdón, mirarán hacia otro lado y seguirán su camino, mientras pervierten a los estudiantes generación tras generación.

Es hora de abrir los ojos. Exijamos, por fin, una Educación con criterios objetivos, de calidad. Neguémonos a ser tratados como si fuéramos niños pequeños. Exijamos que nos dejen ser adultos.

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