¿Es imposible impresionar a la gente?

Esta es una de las excusas más habituales del arte en los últimos años. Como todos sabemos, en el momento en el que aparece un problema, está comenzando ya a perfeccionarse su justificación, de forma que, entre la manifestación de una crítica y su refutación interesada, transcurre muy poco tiempo. Se podría decir que todos, en el fondo, sabemos, cuando llevamos a cabo un proyecto y lo presentamos, qué puntos débiles tiene y cómo podrían ser resaltados por el crítico y, de forma explícita o meramente en nuestra imaginación, elaboramos una posible contestación, una réplica que consideramos que, eventualmente, tendremos que hacer. Si no, haced la prueba. Escribid un texto, leedlo e, inmediatamente, habréis identificado la parte más floja y elaborado una excusa por la que no la habéis podido hacer mejor: “tampoco le he puesto muchas ganas”, “era una descripción difícil”…

Es habitual, en estos momentos en los que todo está magnificado, y en los que no hay barreras ya para la proliferación masiva de miles y miles de ideas día tras día, al menos como conceptos si no como realidades explícitas, que se encuentre un artista en la tesitura de tener que explicar por qué ya nada sorprende al mundo. Justo cuando más fácil lo tenemos para hacer llegar algo diferente al gran público, nos encontramos con la pasividad de éste. Lo más sorprendente de los últimos tiempos son los alardes técnicos, fruto de presupuestos enormes, y lo que es original no por brillante, sino por excéntrico. Es difícil ver ya a nadie que salga del cine maravillado por una película, o que la crítica reconozca a un libro el haber iniciado una época diferente. Digamos que la Edad Contemporánea evoluciona en esquemas de pensamiento, pero no es capaz de producir nuevas ideas. Somos unos grandes organizadores, pero también unos constructores pésimos.

Hace poco, escuché a una cineasta algo que me llamó poderosamente la atención: era fanática de encontrar las historias que se repiten en los largometrajes, una vez tras otra. Le gustaba ver lo que subyace detrás de cada puntualización argumental, lo que se podrían llamar “las líneas rojas” que configuran una película de miedo, de ciencia-ficción, romántica o de cualquier otro tipo. Todos conocemos algunos ejemplos: la chica tímida que poco a poco se va abriendo a su primer amor, el débil que consigue derrotar al fuerte y, en general, todas aquellas historias que, intuitivamente, extraemos de cada experiencia artística en la que quedamos inmersos y conseguimos aislar de todos los elementos que la diferencian superficialmente del resto de argumentos que tratan ese mismo “metatema”. Es por eso por lo que, dicen los expertos, ya nada nos sorprende. Nos hemos vuelto tan analíticos que “cazamos” al autor en cuanto se manifiestan los signos de repetición de una premisa que ya conocíamos y, desde ese momento, se manifiesta en nosotros la indiferencia.

Y aquí es donde viene la gran pregunta: ¿hemos quemado ya todos los temas posibles? Para mí, hay dos respuestas posibles: la primera es la obvia, y es que, dentro de lo que es el humano normal, los grandes pilares seguramente ya hayan sido tocados en alguna obra, de forma más o menos profunda. No creo que quede ningún comportamiento humano básico que no haya sido reseñado, ni ninguna relación interpersonal o dilema rudimentario que no se haya manifestado en algún escrito. Dicho esto, queda la otra contestación, la de la esperanza, y es que considero que aún nos quedan, al menos, cinco vías para continuar mejorando en la literatura, además de las combinaciones entre ellas: mezclar “metatemas”, mejorar en la caracterización del mundo real hasta recrearlo de forma casi completa, crear universos imaginarios y dotarlos de entidad propia, cuestionar las leyes de la lógica y de la moral humanas y, por último, y esta creo que es la clave, aportar visiones nuevas sobre la naturaleza del hombre (hombre como sinónimo de persona, no seamos quisquillosos).

No soy de los que piensan que ya todo está escrito, ni mucho menos. De hecho, creo que, hasta este momento, nadie ha sido capaz de crear la obra perfecta y, lo que es más maravilloso aún, que nunca se encontrará a quien pueda escribirla. Hay muchas formas de sintetizar diferentes partes del hombre, hay visiones individuales que nos aportan nuevos paradigmas, hay grandes colectivos retratados de manera costumbrista que nos enfrentan al eterno dilema y a la batalla perenne entre el peso de lo universal y la libertad de la que supuestamente gozamos, y hay tantas preguntas que aún quedan sin respuesta como al principio o, quizá, muchas más. Si somos, generación tras generación, más y más inquietos, y si el paso del tiempo nos ofrece nuevos modelos, nuevas historias y nuevas perspectivas, es lógico que seamos inteligentes y aprovechemos esta oportunidad para recorrer cada camino hasta el final. Todo puede adquirir una nueva dimensión si se tienen las herramientas adecuadas, y no creo que nos falte talento.

Basta de excusas.

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