La culpa es de la RAE

Seguro que cualquiera que haya estado mínimamente conectado a las redes sociales estos días se ha enterado de lo que ya es “la última de la RAE”: aceptar “iros” como forma correcta de imperativo del verbo ir. Hay quien se ha sentido ofendido (por decirlo de alguna manera) con el cambio y ha rescatado del olvido los argumentos tan manidos de que la RAE debería luchar por mantener unos estándares mínimos en la Lengua, en lugar de aceptar cualquier horror generalizado como válido, pero la discusión se cierra atendiendo a lo que da el propio Pérez-Reverte como motivo: “La RAE es notario de cómo hablamos, no policía”.

A ningún diccionario se le ocurriría introducir términos que nadie ha utilizado jamás. Es así de sencillo. Si nadie dijese “asín”, “almóndiga”, “conceto”, “otubre” (estas dos últimas os juro que no son de broma), “albericoque”, “toballa” y otros horribles términos venidos de lo más profundo del Averno, seguramente la RAE no perdería el tiempo en imponerte el tener que verlos en su diccionario. De verdad, os prometo que en las reuniones de la RAE no está Javier Marías suplicando que le permitan decir “cocreta”.

El vocabulario va cambiando conforme a nuestros hábitos. Nosotros, utilizando términos y dejando en desuso otros, modificamos nuestro idioma, y somos todos responsables de ello. Seguro que, en el colegio, todos hemos pasado por sucesivos libros de lectura cada vez más complejos, que introducían nuevas palabras cuyo significado teníamos que aprender, hasta poder llegar a disfrutar de obras adultas para el disfrute de las cuáles, en muchos casos, seguimos teniendo que hacer uso del diccionario. ¿Cuál es el problema? Que la mayor parte de nuestra sociedad desiste de ampliar su terminología.

En 2015, el 35% de los españoles declaraba, según el CIS, “no leer nunca o casi nunca”. Si ese porcentaje aún es pequeño (es, obviamente, muchísimo mayor, a no ser que contemos como lectura los letreritos de debajo del telediario o las etiquetas de las camisas), ya nos permite hacernos una idea de cómo está el patio. De hecho, el 65% restante incluía a los que leían “alguna vez al trimestre”, lo cual, a grandes rasgos, tampoco se diferencia demasiado de no leer.

Al final, para la vida diaria, no hacen falta muchas palabras. De hecho, no hace falta ni siquiera decirlas bien. Excepto unos cuantos talibanes literarios que nos estremecemos y expulsamos espuma por la boca al escuchar cómo alguien coge un diccionario y le prende fuego (figuradamente…), el resto de la población es hasta más partidaria del “laissez faire” lingüístico (es decir, habla como te dé la real gana) que de la exigencia de un mínimo de conocimiento de la lengua para poder comunicarse de forma decente.

La ignorancia, en muchos ambientes, sigue siendo trendy. Seguro que todos hemos vivido ese episodio de la infancia en el que nos tocaba hablar en inglés y teníamos más miedo casi de hacerlo bien que de hablar mal, o ese momento en el que se nos escapaba un término medianamente culto y recibíamos las miradas de los demás, en plan “¿pero qué palabro es ese?” De hecho, esto último a mí me sigue ocurriendo, no es que se haya pasado con la edad. La sociedad es reacia a valorar la conservación del patrimonio cultural de una forma activa, por razones que aún no he llegado a descifrar.

La mejor forma de que la riqueza del vocabulario español no se pierda es utilizar los términos de forma habitual, leer y cultivarnos. El seguro de vida contra la aparición de atentados lingüísticos es conseguir que cada palabra sea conocida por toda la población, y corregir al que la dice mal. No se es mejor persona por condenar a alguien a la ignorancia, por mucho que algunos crean que reírle las gracias al que se equivoca es ser “respetuoso”.

Conservemos la lengua. Es una de las formas más elaboradas que tenemos de producir belleza.

1 comentario


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    Comparto tu opinión. El lema que la caracterizaba: «Limpia, fija y da esplendor. » deberán cambiarlo por: «Limpiaba, fijaba y daba esplendor. Un saludo.

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