Sobre las huelgas y manifestaciones educativas

Amanecemos con una nueva huelga educativa, que paralizará las universidades con unos objetivos de los más variados: protestar por los recortes en Educación, pedir una nueva ley educativa que tenga en cuenta a todos los sectores sociales, exigir que se aclare la situación de todos los cursos y el calendario de aplicación de la futura ley (sea esta la que sea)… Deseos para todos los gustos, como no podría ser de otra manera.

Un problema de las huelgas y manifestaciones educativas es que parten de un supuesto que, especialmente en el terreno universitario, no tiene demasiado sentido, y es que el sistema se rompe si el estudiante no va a la Universidad. Una vez ya se ha pagado la matrícula, la “productividad” que el Estado podía desear de nosotros ya ha sido cubierta. No es como una huelga de estibadores, que puede paralizar la actividad portuaria y conducir a enormes pérdidas si se prolonga en el tiempo. La huelga estudiantil no tiene esa capacidad puesto que, al final, el problema de que la materia no avance no la tiene ni el profesor ni el gobierno, sino más bien el alumno, el único interesado, técnicamente hablando, en que su proceso de aprendizaje continúe.

Es obvio que, como podía ser de otra manera, para quien manda tampoco es cómoda una huelga de este estilo, dado que, si se prolongase en el tiempo, dejaría una suficiente cantidad de alumnos rezagados como para incomodar al sistema, pero lo cierto es que nadie está dispuesto a llegar a ese punto. La huelga dura a lo sumo tres días y la actividad se reinicia conque, especialmente en las escuelas, institutos y universidades, sus efectos no son nada relevantes.

Más allá de si detener un proceso lectivo incomoda o no a alguien (normalmente, más al alumno que no quiere ir a la huelga que al Estado, todo sea dicho), habría que preguntarse si tiene sentido hacerlo en un momento como el actual. Por resumir, el parón y las manifestaciones tienen las mismas motivaciones que hace un año, o dos, o tres. El Pacto educativo lleva exigiéndose hace eones, y la bajada del gasto público ha suscitado infinidad de reivindicaciones en este país desde que comenzó el primer gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy (cuánto ha llovido desde entonces).

Nos pongamos como nos pongamos, lo cierto es que el proceso del Pacto Educativo supuestamente ya se ha iniciado, se está planteando y, probablemente, se avance en esa materia. Ya está en las instituciones, existen fuerzas políticas que lo defienden y tienen el suficiente peso como para promoverlo de forma efectiva, faltando, únicamente, el paso del tiempo y un proyecto sólido detrás. Paciencia y planificación, los dos talones de Aquiles del Estado español.

Respecto a los recortes en Educación, es cierto que existen pero, de la misma manera, habría que recordar que un 70% del gasto educativo son salarios. Dicho de otra manera, 7 de cada 10 euros introducidos en el sistema educativo van a pagar sueldos de maestros, de tal manera que cualquiera podría llegar a pensar que una manifestación de profesores pidiendo un aumento del gasto educativo no es mejor ni peor que una huelga de cualquier otro sector pidiendo una mejora de sus condiciones laborales (y no pasa nada, los maestros no tienen por qué ser caritativos, aunque no estaría mal que fueran honestos).

Además, si uno observa el informe PISA (bendito informe), se podrá dar cuenta de que aumentar el gasto educativo por alumno por encima de los 50000 dólares ya no da lugar a una mejora sustancial de los resultados académicos en la enseñanza entre 6 y 15 años. España gasta, ojo, 75000 dólares aproximadamente, mientras que Suiza, que gasta más del doble, apenas obtiene mejores resultados en ciencias, por poner un ejemplo. Dicho de otra manera, los datos demuestran que la tesis de “mayor gasto educativo, mayor conocimiento” no es falsa, pero sí profundamente exagerada y su uso se ha tornado rentable para determinados colectivos. Y mejor no entremos a comparar la educación pública con la privada.

Habiendo hecho este pequeño repaso por las reivindicaciones del día de hoy, siempre merece la pena recordar que, a diferencia de otros momentos históricos, España ha pasado por un proceso electoral en el que ha habido hasta dos convocatorias. Dicho de otra manera, no es que se haya tenido la oportunidad de cambiar la situación educativa en las urnas una vez sino que, de hecho, se ha podido hasta volver a intentar. El resultado es el que todos sabemos: seguimos igual. Pasa el tiempo y estamos los mismos pidiendo lo mismo.

Siendo realistas, más allá de que nada avanza en este país, el problema está en que no se articula ninguna alternativa. Queremos un nuevo Pacto de Estado por la Educación, y no queremos que lo hagan los políticos sino nosotros, pero no somos capaces de presentar, en diez años, un proyecto coherente y concreto que defender en una manifestación. ¿Sabemos, acaso, qué es lo que necesitamos? ¿Podríamos, ahora mismo, hacer un comunicado explicando en qué consiste lo que deseamos que se apruebe en el Congreso? No ya a nivel económico sino, solamente, en lo que a planificación de estudios se refiere.

Seguramente no sea así y, aunque tuviésemos la potestad de decidir este tipo de asuntos hoy mismo, no se pasaría de “más becas”, “más ayudas”, “no quitar Filosofía”, “más comedores” e ideas así, siendo que un programa educativo es muchísimo más que eso. ¿Cómo salimos enérgicamente a la calle a pedir algo inconcreto, manteniendo que la clase política es inútil? Queremos que aumente el gasto educativo pero, ¿para este sistema, o para otro? Queremos que cambie la organización pero, ¿qué tipo de desenlace queremos para el proceso? Queremos parecernos a Europa pero, ¿y qué hacemos con el 3+2? Reinvindicaciones inconclusas que no llevan a ninguna parte. Años y años de una de cal y otra de arena, de unos gritando “que los estudios sirvan en toda Europa” y otros bramando “no al Plan Bolonia”.

Al final, tenemos lo que nos hemos ganado. Como sociedad, ni somos capaces de cambiar las cosas en las urnas, ni tampoco conseguimos concretar nuestras demandas en proyectos tangibles. Odiamos a los políticos pero no queremos suplantarlos y hacer su trabajo. Detestamos el sistema en el que vivimos pero no logramos plantear nada mejor, y es que, como país, seguimos creyendo que todo es muy fácil, seguimos pensando que todo son perogrulladas y que el mundo se soluciona con cuatro consignas y buenos deseos, como si el mundo fuese una obra de teatro donde luego ya se soluciona todo por sí mismo. Ojalá nuestro país cambie de mentalidad pronto.

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