La limitación de mandatos es populismo barato.

El populismo, esa palabra tan utilizada por la derecha para criticar sistemáticamente a la izquierda, en ocasiones se torna en arma generalizada, de unos y de otros, para evitar enfrentarse a la realidad, esa realidad que incomoda, que es fría y dura, que es demasiado exigente. El populismo, por mucho que ahora lo parezca, no fue un invento de Pablo Iglesias, ni es él el único político que lo usa (de hecho, ni siquiera es el que más). Hay otros partidos que, muchas veces, no pasan nunca de las propuestas irrelevantes y vacías, rimbombantes e insulsas, que caracterizan al populista clásico.

La limitación de mandatos es un ejemplo sencillo de cómo una idea eminentemente absurda, construida en torno a un relato que no va más allá del “vagos y maleantes” tan famoso en este país, puede sonar nueva y conveniente si la dice alguien que tiene un poco de buen aspecto, como podría ser Albert Rivera. Se trata de una norma que, por ejemplo, hubiese llevado a que Mariano Rajoy no se pudiese presentar a las siguientes elecciones, simplemente porque acabaría su límite de dos legislaturas al frente del gobierno de la nación.

Lo peor de la medida no es que, a priori, no tenga demasiado sentido. El problema de fondo es que, efectivamente, no se sabe siquiera justificar. Se han usado argumentos como “la política no puede ser una profesión para toda la vida”, “al final uno se corrompe en el poder” y demás estupideces (con perdón) de ese nivel. Y ojo, no vamos a limitarnos a denotar la cruda realidad de que se trata de argumentos de niño de cinco años en un debate de la escuela, sino que vamos a ver por qué.

La política, para empezar, es un oficio, el de la gestión de lo público. Lo público, lo de todos. Un político no debe ser un charlatán que convence a las masas y que se agota en ocho años porque ya se le acaban las bobadas que decir para encandilar a su pueblo, sino un gestor respetado y humilde. Al fin y al cabo, le pagamos para que lo haga bien, no para que cambie cada cierto tiempo y aparezca uno más guapo. ¿Por qué a un CEO de una gran empresa no se le obliga a dimitir al cabo de ocho años porque “está agotado como figura”? ¿Es que acaso ese no es el criterio más absurdamente subjetivo sobre la faz del planeta Tierra?

Lo peor de ese criterio, del “al cabo de ocho años ya no sirve”, es que quiere suplantar un mecanismo sencillísimo, que tenemos todos los españoles a nuestra disposición cada cuatro años: las urnas. Porque sí, las urnas miden, de una forma perfecta y realista, cómo de acabado está alguien políticamente hablando. La ciudadanía vota y decide quién le apetece que sea su gestor. ¿Puede equivocarse? Claro que sí, pero mejor que sea una equivocación compartida entre 25 millones de votantes que un asunto de cuatro políticos en un Parlamento.

Sobre corromperse en el poder, poco hay que decir, pues se trata de una frase de un cuñadismo integral que pone a todo el mundo en el mismo saco, convirtiendo a los españoles en presuntos delincuentes a los que el poder corrompe y les hace sacar lo peor de sí mismos. Lo más sencillo ante este tipo de argumentos, tan utilizados en la política actual, es preguntarse: ¿existe alguna razón objetiva e indiscutible por la que esto tenga que ocurrir? Aplicando esa pregunta a este caso, obtendremos la verdad: los humanos no tenemos por qué ser malvados, corruptos o injustos genéticamente. ¿Es posible que el que mande se corrompa? Por supuesto que sí, pero para eso está el sistema judicial.

El problema no es que se quiera corregir a la gente que va a las urnas a votar, ni tampoco que se obvie a la Justicia española como ente capaz de culpabilizar correctamente a los corruptos (no lo hace porque está atada de pies y manos por el poder, no porque no sea técnicamente capaz de hacerlo). El dilema es que, mientras la ciudadanía sufre, los políticos, en lugar de denotar hechos tangibles y proponer medidas útiles de forma completamente objetiva, se obcecan en seguir promoviendo soluciones de parvulario.

Espero que, algún día, disfrutemos de una clase política con algo más de decencia, honestidad e inteligencia, que sea capaz de llevar a las instituciones las necesidades reales de la ciudadanía. Por ahora, nos tendremos que contentar con estos representantes, de ideología banal y soluciones tan simplistas como ineficaces.

¡Dame “Me Gusta” en Facebook o Sígueme en Twitter si te ha gustado este artículo!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *