No me obliguéis a creerlo

Durante esta última semana, desafortunadamente, uno de los temas más candentes ha sido el juicio a “La Manada”, el grupo de jóvenes que, durante San Fermín, decidió que era una buena idea violar grupalmente a una muchacha de 18 años (Presuntamente…).

Si nos tenemos que fiar de la prensa, aunque parezca increíble, el caso se debate entre la relación consensuada y la violación. Tuvimos que escuchar, hace unos días, cómo una psicóloga se atrevía a dudar en televisión a la hora de asignarle la culpa de los hechos a los presuntos violadores o a ella, y no han sido pocos los que, a través de las redes sociales, han tenido a bien cuestionar el último año de la muchacha tras el terrible incidente, dato que se ha podido usar como prueba gracias al noble trabajo de un detective privado cuya moral queda fuera de toda duda*.

La lógica de las brillantes mentes* que pueblan Internet de vez en cuando ha dictado sentencia: si no te metes en un búnker a llorar durante años tras una violación, si intentas rehacer tu vida y disfrutarla, eres una falsa víctima. Así de sencillo. No vale con las secuelas psicológicas que te puedan quedar, con esos pequeños lazos rotos con la realidad que ya nunca vas a poder recuperar del todo. Tu existencia completa tiene que ser un infierno. Nunca tienen bastante. Así son los justicieros de hoy en día, siempre tan equilibrados*.

En un alarde de sentido común*, el juez ha considerado que, si bien la vida privada de la chica sí es algo a tener en cuenta para juzgar una violación, los mensajes del grupo de Whatsapp de “la Manada” nada tenían que ver con los hechos. Total, quién no ha bromeado con comprar burundanga, reinoles o sogas para las violaciones de vez en cuando*. A todos, durante la Eurocopa, se nos ocurrió que el mejor plan era violar una rusa que viésemos despistada y apalizar a un niño de 12 años* (a todo esto, esta idea se la debemos a nada más y nada menos que un Guardia Civil).

Recopilando estos mensajes para el post, no puedo evitar rescatar la maravillosa justificación que publicó La Vanguardia al respecto: “aunque del tono jocoso de estos mensajes se desprende que los jóvenes probablemente no tienen intenciones de llevar a cabo lo que anuncian”. Sin duda, son mensajes muy divertidos y alegres, propios de personas muy equilibradas con un grupo de Whatsapp de temática nada sospechosa. Yo apenas podía contener la risa mientras leía sus preciosas ocurrencias*.

Qué duda cabe de que todo esto es un enorme malentendido, ¿verdad? Cuesta creer que un grupo de personas que bromean con comprar burundanga, pastillas y cuerdas, con pegar palizas y con violar rusas, y que decía días antes que “este viaje es la prueba para hacernos hombres”, haya sido capaz de llevar a una muchacha a un patio y violarla grupalmente. A mí hay algo que no me encaja*.

El problema de este mundo es que la mayor parte de la población está podrida por dentro. Jueces escuchando las excusas patéticas de unos sociópatas confesos. Abogados diciendo barbaridades en televisión. Periodistas creando polémica y defendiendo posturas inverosímiles con tal de ganar audiencia. Amigos de personas peligrosas que se dan la vuelta y salen huyendo cuando tienen que responder de las ideas inmorales de su pandilla.

Los principios no se usan como moneda de cambio. Estoy cansado del “de algo hay que comer”, de los cambios de principios e ideas que protagonizan determinadas personas cuando las cosas se tuercen. No todo vale. Uno puede defender a un cliente sin decir cosas vergonzantes, y se puede ser periodista sin tener que comerte tu dignidad por mantener un puesto como polemista.

Tal vez esta interpretación, que trato de aplicar a los amigos, a los periodistas y a los abogados que se ponen de parte de los criminales (éstos u otros), sea fruto de un penoso intento por mi parte de suavizar una realidad mucho peor. Puede que su mente sea así de pútrida en realidad. Puede que, en efecto, a los amigos les haga gracia de verdad el vídeo de una violación. Puede que haya juristas que crean que las víctimas de violación no cierran las piernas lo suficiente, quizá los medios tengan a sueldo a depravados que se atreven a culpar a una muchacha de dieciocho años por perseguir la felicidad después de una catástrofe.

No me obliguéis a creerlo.

*Todo lo marcado con este icono es, obviamente, sarcasmo. Es una pena que haya que decirlo. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *