¿Nos han afectado los recortes en Educación?

Pocas cosas son más feas que las mentiras. A decir verdad, probablemente no haya nada más desagradable que quien miente conscientemente. El equivocado no es malvado. Por no ser, no es nada. Nocivo es quien, sabiendo que está induciendo a error a una parte de la población, mantiene su postura.

No voy a mentir. No le tengo demasiada fe a los estudiantes. No es una fobia injustificada, sino la voz de la experiencia aplicada a un tema que conozco muy bien. He estado observando el patrón real del estudiante español y, por eso, no me sorprenden en absoluto los resultados del informe PISA. No me sorprende que cinco años de gobierno de Rajoy no hayan influido en las calificaciones. De hecho, tampoco me resulta llamativo que el desmantelamiento de la educación pública que tantas veces ha sido denunciado haya llevado a una mejora de los resultados.

Alto. Si alguno pretende interrumpir mi razonamiento diciendo algo como “quizá es casualidad, no tiene por qué ser responsabilidad del Partido Popular”, debe saber dos cosas: una, su forma de razonar es predecible. Dos, mi punto no es que la rebaja del presupuesto educativo (modesta rebaja, además) haya mejorado la calidad de la formación, sino que, sencillamente, no ha influido lo más mínimo en ella. El gasto que se ha quitado era inútil. Duele, pero los datos son los datos.

También duele saber que hay Comunidades Autónomas que están dos cursos educativos por encima del resto. Puede que escueza aún más la correlación entre el gobierno de cada Comunidad y sus resultados académicos. Es más, aún podemos decir que ni siquiera hay dependencia entre mayor gasto educativo y mejor desempeño en las pruebas PISA. La pregunta es: ¿Acaso existe algún argumento utilizado estos años para quejarse del rumbo educativo que no haya sido refutado por las cifras?

Que nadie me malinterprete. Claro que la educación tiene defectos, pero las diferencias de dos cursos entre regiones de España evidencian que las desviaciones tienen más que ver con la cultura y la historia que con la economía o el sistema. Si Castilla y León tiene un nivel altísimo respecto al resto del país, por ejemplo, habrá que revisar qué falla en el resto de Comunidades, pero difícilmente será un tema de contenidos o inversión. Nótese que Madrid, con un relativamente pequeño gasto educativo, obtiene unos resultados más que destacables, rompiendo la equivocada idea de la correlación entre el gasto y el conocimiento.

Bajo mi punto de vista, la educación es un asunto increíblemente personal. Se ha tratado siempre de homogeneizar la oferta, con la premisa de que deben existir unas materias que sirvan para todos y que enriquezcan a cualquier alumno, pero los hechos demuestran que, o concedemos que no todos estamos hechos para ser instruidos, o se necesita un protocolo particular para una parte de la población. O, directamente, se plantea la utopía de un sistema educativo para cada estudiante. Esta conclusión, la de la flexibilidad de currículo, plantea dos problemas, uno de presupuesto y otro de responsabilidad.

El problema de presupuesto es obvio: incluso si le dejásemos a las empresas pagar la formación de los ingenieros, por ejemplificar, no podríamos jamás obligarlas a necesitar ingenieros ni, de hecho, podríamos conseguir que necesitasen a todos los estudiantes de ingeniería independientemente de sus capacidades, aún si necesitasen indefinidamente a muchos de ellos. El de responsabilidad se formula como sigue: si cada uno eligiese su sistema educativo, ¿se aceptaría el fracaso como posibilidad ante la libre elección?

El mismo dilema aparece si creemos que no todo el mundo se puede formar siguiendo unas reglas, sean estas las que sean. Una solución es proporcionarles trabajos simples, pero quizá llegue un punto en el que la sociedad no los necesite y se queden fuera de todo. ¿Qué hacemos con ellos si se da esa situación? La respuesta que alguna ideología daría es la de promover trabajos artificiales, que satisfagan necesidades no existentes. Algo así como crear una ficción en la que todos seamos útiles. Lamentablemente, esa posibilidad, si bien factible a corto plazo, no tiene demasiado futuro, y tampoco responde a un ideal de justicia muy avanzado.

Con todo esto, creo que el problema esencial es de mentalidad. Desde muy pequeños, y durante toda nuestra vida, recibimos mensajes contradictorios. Se nos dice, por un lado, que tenemos que estudiar para tener un futuro el día de mañana pero, al mismo tiempo, sabemos que muchos de los más grandes genios de la actualidad dejaron la universidad, por poner un ejemplo manido o, si se prefiere algo más realista, que muchos de los titulados en España luego no encuentran trabajo.

Esto crea dos ilusiones: una, que da igual lo que se haga, pues el futuro no va a cambiar y es, cuanto menos, negro para nosotros, y la segunda, aún peor: que, igual que Steve Jobs, nosotros podemos dejar la Universidad y ser millonarios. ¿Qué contradictorio, no? Si estudiamos una carrera, trabajaremos igualmente en el McDonald´s, pero si no estudiamos nada igual tenemos una maravillosa idea y podemos dedicarnos toda nuestra vida a vivir de ella.

Hay cuatro preguntas que todo el mundo se debería hacer, antes de dejar volar la imaginación. Son las siguientes. Intentad contestarlas: ¿Tengo yo la inteligencia suficiente como para producir una idea revolucionaria? ¿Mi futuro es más plausiblemente bueno si estudio o si no estudio? ¿Seré capaz de invertir correctamente el tiempo que no estudio, acercándome a un buen empleo más que siguiendo el camino convencional? ¿Acaso pienso que puedo vivir sin tener conocimientos básicos, como los impartidos en la Educación Secundaria Obligatoria?

Probablemente, un análisis sincero de todo esto le lleve a darse cuenta de que no es Steve Jobs. Y esa es la gran verdad del 99% de los seres humanos. La educación reglada es la vía más sencilla hacia el éxito para aquellos que, o bien no tienen capacidades en ámbitos poco explotados en esta (no todo el mundo es Mozart, Picasso o Messi), o bien necesitan de conocimientos profundos para poder llegar al fondo de los temas que realmente les interesan (como sería el caso de quien quiera ser arquitecto, físico o ingeniero). Es una apuesta más segura que confiar en que, de forma autodidacta, nuestras habilidades sean tan absurdamente destacables que nos convirtamos en el nuevo Mark Zuckerberg.

Y hasta que eso no cale, hasta que no dejemos de vender humo, no conseguiremos tener una educación de mayor calidad. Hacen falta medios, sí, pero también alumnos y profesores honestos, que piensen más en la excelencia y menos en perseguir la facilidad. La pregunta de la Educación no debería ser “¿cómo consigo que mis alumnos aprueben?”, sino que deberían ser los estudiantes los que se planteasen qué pueden hacer por aprobar. Porque el futuro de cada uno de nosotros es nuestro. No tenemos derecho a delegar nuestras responsabilidades en otros. Nadie tiene por qué salvarnos.

Gastar más en Educación no ayuda a tener mejores resultados, pasado cierto punto. Tener más profesores, tampoco. Tener más ordenadores, tampoco. Todo eso son añadidos. La base de la Educación es eliminar los errores, depurar los razonamientos, pulir las habilidades y despertar la inquietud. Y eso no lo logra lo cuantitativo. Calidad antes que cantidad.

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