Obama, el tiempo pone a cada uno en su lugar

El presidente americano saliente, Barack Obama, aseguró en una entrevista que él hubiese derrotado a Donald Trump en unas supuestas elecciones presidenciales. No es la primera vez que el máximo mandatario de América los últimos ocho años habla de su sucesor. Ya lo hizo en una cena en 2011. Seguro que, ahora, Obama se acuerda de aquello. Qué duda cabe, atendiendo a las consecuencias de sus palabras.

Seguro que, mientras recoge sus cosas, mientras piensa en que apenas le quedan 20 días en la Casa Blanca, le viene a la cabeza aquella noche en la que se burló de Donald Trump. Fue, para muchos, el día en el que Trump pasó de empresario a político, el momento en el que se decidió a luchar por recuperar su honor. Cinco años han pasado desde entonces, y está a punto de llamar a las puertas del Despacho Oval. La venganza es un plato que se sirve frío.

Obama pega sus últimos coletazos, tratando de retrasar y entorpecer en la medida de lo posible la labor de su antagonista, de su némesis. Cualquiera diría que, por su manía de mantener la política de declaraciones ególatras a la prensa, su error no le ha afectado, pero probablemente, esta vez, sean bravuconadas emitidas por alguien herido en su orgullo. El león ya no ruge de la misma forma.

No se puede explicar de otra forma que, como si de un error de niño pequeño se tratara, haya tachado de incompetente a la candidata demócrata Hillary Clinton, a la que hasta hace unos meses apoyaba y consideraba una sucesora ejemplar. Tampoco se entiende que, conocedor de que en tres semanas debe dejar su lugar a un nuevo presidente, se mantenga en sus trece al dinamitar relaciones que Trump quiere reconstruir.

La decepción debe ser una sensación muy dura. Ocho años de mandato que pueden ser destruidos por el mismo hombre del que se burló en su momento, del que dijo, además, irónicamente, que podría ser un gran presidente. Ahora, si bien no sabemos si lo será, Obama tiene razones para desear que así sea. Su obra está en manos del último hombre al que, seguramente, se la hubiese entregado por voluntad propia. Triste paradoja.

Esto debería servir como lección, incluso como un toque de atención, no ya para los políticos, sino para todos nosotros. No es necesario demonizar a los demás para ensalzar nuestras propias virtudes. No hace falta ser altivos, ni groseros con quienes piensan de forma distinta, ni reaccionar agresivamente a las provocaciones. Nunca sabremos, en el día a día, si las palabras que pronunciamos hoy pueden marcar el fin de nuestra trayectoria dentro de unos años, pero sí podemos tratar de evitar que se nos recuerde por ellas.

Merece la pena intentar ser recordados por lo que hicimos, más que por lo que dijimos.

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