¿Pero cómo es posible que ganara Donald Trump?

El fenómeno Trump ha llegado a la Casa Blanca. Ahora que todos lo hemos digerido (o, al menos, hemos recuperado el ritmo cardíaco habitual), es un buen momento para comenzar a reflexionar sobre el resultado de las elecciones. Por hoy, me voy a contentar con explicar por qué creí que Donald Trump iba a ganar las elecciones y, por ende, por qué creo que las ha ganado.

En primer lugar, el magnate debe servirnos como una advertencia sobre la volatilidad de nuestras ideas preconcebidas. El análisis europeo de las tendencias americanas no lleva más que a equívocos. Considerar que podemos extrapolar la forma de votar que tenemos en Europa y nuestra valoración de cada una de las ideologías a unas elecciones en Estados Unidos demuestra que aún nos queda mucho que comprender hasta ser capaces de generar un periodismo de opinión que sepa salirse de los cuatro clichés patéticos en los que está sumido.

No lo digo por ir a hacer daño pero, siendo sinceros, ¿no es un poco cansino que todo nuestro periodismo se base en “Oh este partido es un horror y el Anticristo, vota por el otro” o “Qué malo es X porque supuestamente va a hacer Y y eso está fatal porque todos sabemos lo que está mal”? Yo, quizá en mi inmensa soledad, sí estoy un poco harto de que los periodistas me traten como si fuese estúpido y hubiese nacido ayer. Periodistas que opinan en blanco y negro denunciando que el mundo no es multicolor. No deja de ser una paradoja, pero así es el mundo que nos ha tocado vivir.

Trump es un personaje pintoresco. Eso lo tenemos todos claro. Ha proferido comentarios lamentables contra casi todos los colectivos que escapan al prototipo de “hombre, blanco, heterosexual y religioso”, pero no deja de ser la consecuencia de una forma de entender la política que se ha ido extendiendo al mundo entero. Todos somos culpables del espectáculo que estamos dando, magnificando la magnitud de nuestras rabietas porque el vencedor resulta que no es de nuestro agrado.

Creo que es menester plantearse dos preguntas: en un mundo con multitud de cambios día tras día, con infinidad de problemas, con miles de intereses entrelazados, ¿de verdad alguien creía que la prensa sería capaz, tras sus múltiples fracasos, de acertar el resultado de algo por una vez? Y la otra cuestión, casi más importante: ¿a quién se le ocurrió que Hillary Clinton, en las circunstancias actuales, era una buena candidata?

No somos conscientes de lo mucho, de lo muchísimo, que nos dejamos manipular por la prensa. ¿No te has parado a pensar alguna vez, querido lector, por qué los ingleses no querían el Brexit, ni los colombianos el No a la paz, ni los españoles a Rajoy, ni los estadounidenses a Trump, y, sin embargo, los resultados finales han contradicho lo mantenido a capa y espada por la prensa, como si de una necesidad desmedida se tratara? ¿No es quizá un poco irónico que los que llevan toda la vida lucrándose de ser considerados expertos en política se equivoquen una vez tras otra en cuestiones que, se supone, forman parte de sus respectivas especialidades?

Si profundizásemos un poco, quizá entenderíamos que, detrás de estas preguntas, están dos realidades sobre la prensa: la primera es que no informa, adoctrina. La segunda, que no adoctrina, sino que intenta adoctrinar. La prensa actual es un producto obsoleto, triste y fracasado, un residuo patético del mundo en el que vivimos que tiende al ostracismo, que es repudiado y que merece serlo por múltiples razones. La prensa ya no consigue nada, no cambia nada, no mueve nada. No emociona.

Si se busca la razón por la que siempre se equivoca quien echa mano de encuestas y “sensaciones de los opinadores” en elecciones trascendentales, se llegará a que quien lo hace comete, a su vez, dos errores más: cree que la prensa crea opinión y, lo más importante de todo, cree que la gente se siente libre de decir lo que realmente piensa. Y eso no es verdad. En todos los países hay un lado que está más silenciado que el otro.

Aquí en España, por ejemplo, si le preguntas a 10 personas, difícilmente encontrarás a una que reconozca haber votado al Partido Popular. Lo sorprendente está en que, si las diez dicen que han votado, estadísticamente entre tres y cuatro lo han hecho por el partido de Rajoy. No recuerdo quién dijo algo que se me quedó grabado en la memoria, y que siempre me viene a la cabeza cuando ocurren cosas como ésta: “el candidato o idea respaldado por la prensa gana siempre el día de antes y el día de después de las elecciones”. Lo que ocurra a la hora de votar, pues bueno, Dios dirá.

Los americanos son un pueblo muy diferente a nosotros, pero poca variación hay en esta tendencia. Ahora los analistas (muy listos, si bien poco inteligentes) se acogen a la legítima defensa del “voto oculto” a Donald Trump, ese apoyo implícito que nadie sabe de dónde viene pero que existe y que se traduce en votos inesperados. Lo mismo que pasa en España con el PP, vaya. Parece mentira que aún estemos en esta época en la que, con decir “no, es que las encuestas no tuvieron en cuenta el voto oculto”, salvas un puesto de gurú adivinador. ¿Acaso no se les considera profesionales del análisis precisamente porque saben encontrar lo que nadie más sabe? Porque, para leer encuestas y decir “pues gana la que tiene mayor porcentaje”, no hace falta ser ningún experto.

No obstante, aparte de que se ha demostrado que nuestros profesionales aciertan menos que una escopeta de feria, y que sus campañas de desprestigio no funcionan luego para absolutamente nada, lo curioso es que hemos llegado a un punto difícil de imaginar: un candidato despierta tanto odio que hasta la prensa de izquierdas se ha posicionado a favor de Hillary Clinton. Está todo tan sesgado y controlado que ahora, después de las elecciones, salen declaraciones suyas sospechosamente similares a las de Donald Trump, con la diferencia de que ella, mientras las decía, estaba ya en la política. Pero ya se sabe, el peligroso era el magnate.

Continuando con esa idea que he dejado perfilada de lo contraproducente que es la prensa, es un hecho que las sucesivas elecciones acontecidas este año deberían servir como lección a toda la política de que la burbuja de Internet y los medios de comunicación no se traslada a la realidad tan fácilmente. Mientras las elecciones sean el único reducto que queda para escapar de la tiranía de lo políticamente correcto, las verdaderas intenciones de la gente quedarán registradas allí de forma exclusiva.

El resto, las manifestaciones populares, las ideas de los artículos de opinión, las declaraciones de políticos, nunca dejarán de ser más que un producto de la corriente que difícilmente llega a traducirse en algo capaz de ganar unas elecciones por sí solo. Las ideas troncales de cara persona son difíciles de modificar y, por mucho que algunos se empeñen en creerlo, la educación siempre seguirá teniendo mucho más poder que la prensa a la hora de adoctrinar a la población.

Aunque creo que de eso muchos ya se han dado cuenta.

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2 comentarios

  1. Enrique Gómez Gonzalvo
    ·

    Algunas observaciones
    –En Europa no tenemos “una forma de votar”, sino tantas como naciones, o mejor, como individuos, o como dicen los políticos, como ciudadanos.
    –Está claro que no has votado a Rajoy y que tampoco te gusta Trump, pero hay españoles a los que si les gusta. Te lo aseguro.
    –Muchos ingleses si querían el Brexit, muchos colombianos no querían esa paz que, en realidad, es una rendición, muchos españoles si queremos a Rajoy y, por supuesto, muchos americanos si quieren a Trump.
    –Creo sinceramente que más de uno de los que hemos votado a Rajoy no nos avergonzamos de decirlo.
    –Yo si que me avergonzaría si hubiera votado a Podemos y sin embargo lo han hecho más de 4 millones de personas.
    –Me he quedado sin saber porqué sabías que iba a ganar Tramp, pero si sé porqué ha ganado: porque los americanos la han preferido a Clinton. Esto es la democracia.

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    1. ·

      Un comentario muy interesante. Desgloso la respuesta por puntos:
      -Generalmente, en Europa existe un consenso respecto a las “ideologías extremistas”. Por ejemplo, los franceses, igual que los españoles en general, ven lógico que el resto de partidos “se alíen” para evitar que Le Pen llegue al poder en las presidenciales francesas. En lo que a nosotros respecta (lo comparta o no), existe ese consenso, hay como una “coalición de lo políticamente correcto” que se traduce en un cierto estándar. Por eso digo que existe “una forma de votar en Europa”, un cierto consenso respecto a lo que la gente “debe o no debe” votar, que luego se traduce en gobiernos estándares.
      -En este punto, no comparto varios aspectos políticos de Rajoy, pero el artículo viene a referirse a que, igual que en el caso de Trump, nadie es quien para deslegitimar su victoria ni para proferir exabruptos en contra de su gestión sin antes haberla visto. Es una llamada al respeto.
      -Sí, exacto. Totalmente de acuerdo en este punto. Es una ironía graciosa que quería resaltar.
      -Me refería a que, generalmente, en las encuestas, la intención de voto del PP o del PSOE suele ser inferior a la que luego se manifiesta. Igual que da la impresión de que existía un “voto oculto” hacia Trump, también lo hay hacia el PP y el PSOE. Y esto es interesante, más allá de que haya gente que se sienta muy orgullosa de expresar el sentido de su voto, por supuesto.
      -No he votado a Podemos, y no creo que nadie deba avergonzarse de haber votado a ningún partido. A ninguno, de verdad.
      -La idea final del artículo es que ha ganado Trump porque el americano medio se aproxima más a Trump que a Clinton. Con lo cual, estamos de acuerdo. América prefirió a Trump, el mundo se alió para intentar que ganara Clinton de cualquier manera posible.

      Muchas gracias por el comentario 🙂

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