¿Qué es la injusticia?

Injusticia es una de esas palabras que puede significar mucho o nada, según de la boca de la que salga. Es un término que no designa una realidad, sino una percepción, de forma que cualquiera puede adueñarse de ella. Como la dignidad, el respeto o la gracia, el ser justo o injusto no se puede determinar empíricamente, lo que ayuda a muchos a la hora de razonar. Me explico.

Cuando una persona debe aportar datos reales a una discusión, normalmente se torna sumamente difícil encontrar unos que sean perfectos para cada ocasión. El tertuliano tiene que adaptarse él a los datos, y no los datos a él, porque no hay nada más lamentable que intentar apoyarte en cifras y que te descubran en un error o, aún peor, en un intento de hacer pasar gato por liebre. La utilización de la realidad a la hora de argumentar se torna muy complicada, porque, si la afirmación es contundente, debe estar apoyada de forma sólida. El argumento y sus razones de ser forman un bloque compacto o, al menos, así debería ser.

Por suerte o por desgracia, la tónica general a la hora de debatir no sigue, ni mucho menos, esa pauta tan sencilla y, a la vez, tan compleja de cumplir. En un mundo en el que todo se simplifica, el noble arte de razonar también ha seguido un proceso paulatino y terco de humillación y vejación por parte del nuevo crítico, del nuevo encargado social de manifestar la voluntad popular. Porque eso es la política actual, un intento burdo de ayudar a la gente a demostrar que lo que dicen en el bar es verdad. Se debe apoyar a la conclusión definitiva con datos obtenidos a posteriori, en lugar de discurrir con cifras hasta llegar a una aseveración final conclusa e irrefutable. Y si no, un simple ejemplo servirá para ilustrar lo que planteo.

Seguro que usted ha escuchado, en algún estudio, que un 20% de la población española está en la pobreza. Esta es una de esas cifras demoledoras que saca la izquierda a relucir para apoyar el argumento de que hay que luchar de forma brutal contra la malnutrición infantil, por ejemplo, en nuestro país. Ojo, no es porque sea la izquierda la que entra en este error de forma exclusiva, sino que la destaco porque es la que suele hacerlo de forma más flagrante. Y no es porque no tenga razones para hacerlo, porque, en el fondo, lo necesita. La parte social de la política española tiene la necesidad de justificar grandes inversiones en datos de categoría incontestable, más que en necesidades contrastadas.

Ese ejemplo es interesante porque alude directamente a la mente del individuo. Sin ir más lejos, ese estudio dice que una de cada cinco personas que ves por la calle es pobre. Pobre como la gente que ves en los documentales, o así nos lo hacen creer desde determinados sectores, pero de lo que se olvidan, y hacen bien, es de que hay una minoría que se informa y que se da cuenta, por ejemplo, de que se trata de pobreza relativa, de que, si la mitad de la población del país cobrase más de 100000 euros (la persona que menos cobra del 50% que más cobra, cobra 100000, técnicamente), quien cobrase 55000 sería pobre. Sí, por debajo del 60% de la mediana se considera que una persona es pobre. Y diréis, “pero sigue siendo alarmante”. Y así es, pero por un motivo totalmente distinto, porque a lo que alude ese estudio que se supone que habla de pobreza es, en realidad, a diferencias de renta, a DESIGUALDADES. Sutil variación de la versión oficial, ¿no?

Pero, en la realidad, esa técnica de utilización ventajosa de la información existente funciona de forma casi infalible. Si al noventa por ciento de la población le dices que uno de cada cinco amigos que tiene es pobre, conseguirás que vaya a una manifestación y que acepte que el 60% del presupuesto estatal, si hace falta, se gaste en dar de comer a ese 20% de la población. En efecto, sobrará inversión, y de ese dinero se adueñarán los de siempre, pero esa persona estará satisfecha porque pensará que está haciendo lo correcto. Es una forma de ganar debates, de convencer a la gente. Los datos estrambóticos y bestiales consiguen conmover, lo que no hacen los datos fríos.

Una vez explicado esto, el tema original y la pregunta es, en efecto, como ya algunos habréis notado, qué es la injusticia. El título no está puesto al azar, sino que, tras esta introducción, supongo que entenderéis por dónde voy. Si podemos modificar los datos a nuestro antojo y hacerlos servir a nuestros intereses, convenciendo a la población por medio de sutiles engaños y modificaciones, ¿podemos incluso cambiar el sentido de palabras universales? La respuesta es “si interesa, sí”.

Si a un parado le dices que es una injusticia que no tenga trabajo, evidentemente, lo tendrás de tu parte. Es tan sencillo como eso. Da igual que no tenga estudios y que haya rechazado ofertas de trabajo para poder seguir postrado en su casa viendo la televisión, el inconsciente hombre al que le digas eso te reconocerá como su salvador. Es la magia de las palabras. Si, además, le dices que el culpable de la supuesta “injusticia” es el sistema, quizá incluso consigas que salga de casa con una pancarta y que cante tus himnos. ¿Será real? No, pero será, por desgracia, útil.

Si las personas fuésemos sinceras, reconoceríamos que no hay tantas injusticias. Que lo raro era que antes un trabajador de la construcción, sin estudios, cobrase cantidades de dinero suficientes como para costearse dos casas, dos coches y un viaje a Cancún. Eso sí era raro, eso sí era injusto, pero nunca habrás visto a uno de esos nuevos ricos del ladrillo quejarse de que estaba ganando demasiado. Ahí a nadie le parecía mal. Cuando todo explota y se dan un golpe duro contra la realidad, todos somos pueblo.

Tan malo es quitar mérito al que lo tiene como inflar al poco meritorio con concesiones aleatorias. La suerte es un factor clave, pero habría que eliminar esa sensación de que los valores cambian según las circunstancias. Tan injusto es el exceso como el defecto, tan vano es el argumento sin basarse en datos como la idea fundamentada en algo falso. El progreso social se basa en la aceptación de la necesidad de que haya justicia. Pero justicia verdadera, fuerte y concisa, que ponga a cada uno donde se merece sin dudar.

Y ya lo sé, eso no lo quiere nadie. Es mejor quejarse de los sueños rotos que intentar comprender qué nos bajó de las nubes.

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