Eliminar el sexismo del diccionario de la RAE

Las propuestas políticas concretas siempre son puntos de partida para debates interesantes. La actividad parlamentaria deja muchas anécdotas que, seguramente, no llegamos a comentar ni analizar lo suficiente, quedando, la mayor parte de ellas, en un estricto segundo plano.

Hoy vamos a rescatar del olvido una proposición del partido Ciudadanos, en la que se insta a eliminar, del diccionario de la Real Academia Española (RAE), diversas acepciones (significados) de las palabras que puedan ser interpretadas como “micromachismos”. La propia formación usa el ejemplo de las expresiones “sexo fuerte” y “sexo débil” para referirse, respectivamente, a los sexos masculino y femenino. Los liberales reclaman, además, que se eliminen otras acepciones, sin especificarlas en la nota de prensa, que puedan tener una valoración similar en otros términos del léxico castellano.

Estaremos todos de acuerdo en que, en el mundo en el que vivimos, hablar de “sexo fuerte” o “sexo débil” es algo del pasado. Ya no está bien visto, denota algo que no es realista y, de hecho, por su propia connotación es evidente que puede herir la sensibilidad del sexo femenino. Sin embargo, el tema no es si nos gustan las expresiones sexistas, sino si deberían estar, o no, en un diccionario. Y, como siempre, defenderemos aquello en lo que nadie cree: que sí que deben estar.

En primer lugar, la RAE no es política. Un diccionario no es política. Un diccionario recoge y define términos utilizados antes o ahora por miembros de una sociedad determinada. Un diccionario no debe cambiar según quién gobierne, ni según la ideología mayoritaria, sino que solo se debe modificar para añadir nuevos términos o para suprimir aquellos ya irrelevantes, que estén en un claro estado de desuso. De desuso, no de repudia.

Por mucho que se rechace un término, eso no significa que se haya dejado de usar ni, sobre todo, que no vaya a llegar el momento en el que miles de niños lean o escuchen, en libros, series o películas, expresiones como “sexo fuerte”. Incluso aunque nadie volviese a utilizar jamás estas palabras con ese significado, ya son parte de la historia de la lengua y, seguramente, el hablante medio del idioma se encontrará con alguna publicación que no pueda comprender por desconocimiento de ese término.

¿Se imagina el lector que se propusiese eliminar, dentro del mundo de la ciencia, por ejemplo, la palabra “éter” por designar algo que no existe y poder llevar a equívocos? ¿Cómo podría la gente dentro de cien años hacer un análisis correcto de la historia de la ciencia o la filosofía desconociendo a qué se referían los antiguos cuando hablaban de “éter”? Si bien no tiene sentido promover el uso de estas formas de lenguaje, hacer como si jamás hubiesen existido, u obligar a que dejen de existir, no va a aportar nada de provecho.

Un análisis honesto del machismo en la sociedad, o de la sociedad en sí misma en su evolución hacia la igualdad de género, necesita que se pueda echar la vista atrás. Merecemos todos disponer de herramientas para comprender cómo éramos antes y cómo somos ahora. Dentro de doscientos años, es necesario que alguien pueda hacer un estudio completo de cómo se hablaba en España, sin barreras ideológicas. Olvidar el pasado no tiene sentido, más aún si no hemos conseguido erradicarlo del todo.

El principal problema, más allá de todo esto, es el afán que se nota en la política actual de cambiar la realidad deliberadamente. Es normal que quien está en el poder o aspira a él luche por tener a la sociedad de su parte, pero lo que no es tan lógico es que usen cualquier herramienta a su alcance para lograrlo. “¿Queremos una sociedad que no sea machista? Forcémoslo. ¿Queremos una sociedad que no sea racista? Forcémoslo. Prohibamos. Cerremos puertas.” Ese parece ser el modus operandi. Prohibir la expresión de la discordia, de la disonancia.

De hecho, espero que se me permita ir más allá, ir un poco más lejos que aquél que se pregunta por qué se siguen usando términos como “zorra”, para llegar al punto en el que podemos plantear una sencilla cuestión, que no es otra que: “¿Y por qué no?”

¿Acaso alguien puede prohibir el uso de determinada terminología? ¿Puede hacerla desaparecer? ¿Qué será lo siguiente, multar al que utilice palabras sexistas? ¿Qué límite vamos a poner? Y es que la actuación legislativa no tiene por qué cesar, puede extenderse indefinidamente y cambiarlo todo, paso a paso. ¿Qué diferencia hay entre borrar una expresión de un diccionario porque no nos gusta su significado y censurar una obra de teatro porque nos parece que está fuera de lugar, o meter a alguien en la cárcel por hacer una canción contra una institución? Porque, que yo sepa, los dos últimos son crímenes que nos parecen deleznables cuando ocurren, mientras la primera idea nos parece bien. ¿No es, acaso, el mismo procedimiento aplicado a cosas distintas?

Tenemos dos opciones. Si creemos que la desaparición del racismo, la homofobia, la transfobia o el machismo son consecuencias lógicas del avance social (la postura más positiva y agradable de todas), teóricamente no tendremos más que dejar que el país avance por sí solo. Si, por el contrario, consideramos necesario intervenir y “motivar” que eso ocurra, es porque consideramos que no lo tenemos todo de nuestra parte. Modificar las reglas implica cambiar el resultado. Que a nadie se le olvide.

Jamás, en toda la historia de la humanidad, ha existido nación alguna que permitiese que se desarrollase una moral de forma completamente espontánea, sin la existencia de grupos con poder y con capacidad de presión que impusiesen su forma de ver las cosas a las grandes masas poblacionales. Nosotros, que ahora podríamos hacer eso, no paramos de intentar adoctrinar en sentido inverso, en lugar de liberar a la ciudadanía de cualquier yugo y dejarla que piense lo que quiera.

¿Tanto miedo tenemos los unos de los otros? Tal vez sea ese el problema.

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