¿Se debería dar marcha atrás al Brexit?

Leía hace unos días un artículo en el diario El País en el que se recogía una conversación con Heseltine, uno de los consejeros del Partido Conservador británico, que había tenido que dejar su puesto por denotar que el Parlamento del Reino Unido debía tener un mayor peso en la negociación del Brexit. Dicho de otra manera, lo que plantea Heseltine es que, si el sentimiento mayoritario de la sociedad británica cambia, el Parlamento debería tener la opción de acogerse a ese cambio de opinión y actuar en consecuencia, o lo que es lo mismo, detener o, incluso, anular definitivamente el Brexit.

El argumento, aparentemente, es bastante bueno. Si la sociedad ha cambiado su parecer, el Parlamento debe adaptarse al sentir popular. De hecho, existe también una parte de los británicos que aseguran que, ante la decisión momentánea de un público poco informado (incluso catalogándolo de ignorante en algunas declaraciones), no se debe mantener nada más que escepticismo y que, por tanto, no se debería condenar a la juventud británica al ostracismo solo porque los británicos tuvieran un mal día.

¿Cuáles son los problemas de estos planteamientos? En primer lugar, apelar a la falta de información del electorado a la hora de invalidar su opinión ataca directamente a uno de los fundamentos básicos de la democracia, el sufragio universal. ¿Qué es un pueblo informado? ¿Quién decide cuándo una persona está suficientemente informada, o cuándo está engañada? La campaña sobre el Brexit fue lo suficientemente dilatada como para dejar pocos cabos sueltos. Se sabían las consecuencias en uno u otro sentido, por mucho que ahora se asegure lo contrario.

Después, quienes se quejan de que un asunto de este estilo no se puede decidir en un día aportan dos soluciones bastante peores: primero, que decidan los políticos, elegidos también en un día y representantes indirectos de la voluntad británica no ya de 2016, sino de un día de 2015; y, si esta vía no sirve, repetir el referéndum, es decir, sustituir un instante por otro, cambiar 2016 por 2017 y ver si hay suerte y esta vez sale lo que ellos quieren. Sin más.

Habiendo repasado rápidamente, por su escasísimo poso intelectual, las opciones que están floreciendo y recabando apoyos dentro del país, obtenemos una perspectiva de la realidad que a nosotros, los españoles, nos resultará sumamente familiar: los británicos votaron, sujetos por la ignorancia, la opción que más les podía perjudicar y, a pesar de que esa fue su voluntad, las consecuencias de su equivocada elección son tan elevadas que la mejor opción es, o bien no volver a dejarles elegir nunca más y que sean los políticos quienes solucionen estos problemas, o repetir la votación hasta que salga lo que tiene que salir. Podría parecer que los británicos se han vuelto un poco españoles, ¿no?

El mundo, sistemáticamente, olvida sus decisiones. Aquí, en España, días después de pasar por las urnas ya nadie recuerda haber votado al Partido Popular. En América, todo el mundo se pregunta quién votó a Donald Trump y, en el Reino Unido, ya nadie sabe quiénes fueron los que apoyaron el Brexit cuando tocaba hacerlo. La memoria política es tan increíblemente corta que asusta.

Lo único cierto es que todas las grandes decisiones tienen una génesis que dura años, pero se toman en un momento preciso. La salida de la Unión Europea no es más que uno de esos procesos, provocado por la ola de euroescepticismo que, al final, se ha canalizado en un país determinado y que, de hecho, amenaza con trasladarse a Francia con Marine le Pen, entre otros. Todos los cambios son chispazos en la generalizada homogeneidad de la historia, de eso poca duda cabe.

Lo curioso de estas reflexiones que vienen del norte de Europa es que ponen en el punto de mira elementos que, especialmente desde el progresismo, han sido hasta ahora valores inapelables: el sufragio universal, la capacidad de la ciudadanía de elegir correctamente su futuro, el respeto a las decisiones en las urnas… ¿Está comenzando una crisis de confianza en la democracia? ¿Está obsoleto el sistema representativo? ¿Avanzaremos a una “democracia real” o, por el contrario, volverá a ser una minoría preparada, una “aristocracia del conocimiento”, la que decida el futuro de las personas?

Sólo el tiempo lo dirá. Mientras tanto, a quejarse, que es gratis.

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