¿Se motiva al alumno a leer en la escuela?

Habría muchas razones que motivarían una reflexión acerca de nuestro sistema educativo. No hay que olvidar que somos un país con un buen porcentaje de jóvenes que dejan de estudiar sin terminar la ESO (la cifra alcanzaba el 24% en 2015) y en el que el 40% de los chicos y chicas de 15 años ha repetido al menos un curso. Estas cifras devastadoras serían motivo más que suficiente como para decir que nuestra forma de instruir es nefasta, y algún día seguro que planteo mis reflexiones sobre este tema, pero hoy quiero ir un poco más allá, porque un artículo breve en mi sitio web no es lugar para grandes alardes y, sobre todo, porque creo que para decir banalidades del tipo “qué malos son los profesores, no saben enseñar, los pobres alumnos no son ayudados” ya están otros ocupando puestos de responsabilidad en la política de este país. Permitidme ser un poco más serio y sincero que el político medio.

Como persona que ama la lectura y, sobre todo, la escritura, he de reconocer que más de una vez me he planteado si mis profesores me han ayudado, a grandes rasgos, a interesarme por la lectura, si creo que la oferta de libros que se incluyen en el currículo del alumno es suficiente. La respuesta es compleja, pero creo que bastante clara: la disposición del aprendizaje a través de la lectura hasta la Universidad es patética. Porque sí, y eso es algo que me gustaría recalcar: se supone que, cuando, aparte del temario de una asignatura, se pide al alumno que lea un libro, no es por pura diversión, sino porque el contenido de la obra encaja con lo que está aprendiendo, con lo que debería saber o con nociones sobre la vida, la convivencia o la ética que se cree conveniente que adquiera.

Creo, pero no voy a desviarme mucho por este sendero porque pienso que lo trataré mejor si me centro en escribir algo sobre ese tema en particular, que nuestra forma de entender cada elemento del aprendizaje está profundamente equivocada, pues no le damos la prioridad adecuada a lo que realmente es necesario y sobredimensionamos la importancia de contenidos que, si no están enfocados a un estudio teórico y puro, no tienen una utilidad real. ¿A qué me refiero? Sencillo.

Cuando un niño pequeño comienza a leer un libro, puede tener dos actitudes: interés o indiferencia. La repulsa aún no la tiene muy desarrollada y hay que ser verdaderamente déspota para afirmar que se puede “odiar” la lectura, de forma que al niño, o le apetece, o no le apetece leer. Es algo que todos sabemos, no hace falta que nadie nos diga que, dependiendo de nuestra predisposición natural al aprendizaje, disfrutamos más o menos las cosas que se nos enseñan. ¿Cuál es la clave del fracaso? La falta de una justificación verdadera para que alguien lea un libro.

Estamos en una sociedad en la que la mayor parte de la población desconoce el placer de la lectura, placer no tanto por el disfrute intelectual (que entiendo que habrá quien pueda alcanzarlo y quien no), sino por la sensación de huir de la incapacidad expresiva. Cuando una persona lee, lo que está haciendo, muy en el fondo, es aprender cómo gente sensiblemente más docta que ella en el momento en el que plasmó esas palabras fue capaz de expresar situaciones y sentimientos. Interioriza expresiones y fórmulas que le servirán para luego forjar su propio estilo y, luego, cuando se pone a escribir, recuerda cómo otros lo hacían y trata, al menos al principio, de imitarlos. Así es como el niño debería empezar a expresarse con soltura.

El problema ahora viene por dos vertientes: una es que no sabemos cómo asegurarnos de verdad de que un niño ha leído un libro, y la otra es que no tenemos ni idea de por qué debería hacerlo. En nuestro país, España, si dices una expresión de más de 10 palabras sin equivocarte gramaticalmente te convalidan un doctorado. Especialmente, cuando eres pequeño y conoces a tres autores de renombre y sus obras, o has leído un libro que no estuviese impuesto por el profesor, eres un bicho raro y hasta tus padres se preocupan por ti y te piden por favor que hagas cosas “más normales”. Así somos, qué le vamos a hacer. El vocabulario medio en España consta, como mucho, de quinientas palabras, de las cuales sabemos utilizar de forma completamente adecuada aproximadamente la mitad.

Lo fácil sería empezar a poner libros de lectura a temprana edad, y pedir al niño que hiciera redacciones. Pero no relatos absurdos repitiendo el argumento o preguntándole cuántas manzanas se comió Jaime en la página 29, sino pidiéndole que cuente algo que le interese, cualquier cosa. En eso, en los pequeños detalles, cuando el joven se enfrenta al reto de explicar lo que siente o lo que le inquieta, es donde se ve si ha leído o no. Esa es la verdadera prueba porque, en el fondo, el resto lo puede sacar de Internet. Sin embargo, preferimos, en lugar de favorecer su capacidad expresiva, tomarnos los libros como un fin en sí mismos, como si conocer el argumento de una novela de nivel medio-bajo fuese una condición sine qua non para continuar estudiando.

La lectura en la enseñanza está, en conclusión, mal entendida. Se hace un trabajo intensivo de proporciones bíblicas para enseñar a escribir a un niño cuando se le va enunciando lo que es un verbo, un sustantivo, un adjetivo, y se le va diciendo cómo se conectan de forma abstracta, esfuerzo que, seguramente, no sea la clave para poder comprender cómo se escribe en sentido práctico. Una reestructuración de la enseñanza no es la destrucción de todo el sistema conocido, sino, simplemente, darle la vuelta. Empezar a explicar a la gente por qué ser mejores es el camino correcto, y hay que empezar por crear un nuevo mundo en el que las carencias del antiguo sean evidentes.

Pues, hagamos que la educación incluya lectura. Mucha lectura. Pero de la que remueve las entrañas, de la que nos hace sentir nerviosos, de la que enternece y nos impide dormir porque necesitamos saber lo que pasa en el siguiente capítulo, de la que despierta y agudiza el ingenio. Porque eso es lo que nos hace falta. Un despertar intelectual en el que los nuevos vengamos a hacerlo todo de nuevo. Los cien libros de hoy serán los mil libros de mañana.

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