¿Lo más importante es encajar en la sociedad?

Todos, desde que somos pequeños, sentimos el peso de una obligación indeterminada pero, de alguna manera, inapelable: encajar. Puede que sea uno de esos vestigios que aún quedan de las sociedades más cerradas y familiares que existían en la antigüedad, donde ser querido por quienes te rodeaban era la única manera de obtener una identidad, o puede que sea un nuevo paradigma de existencia humana, el de encontrar un ambiente con el que alcanzar una especie de simbiosis permanente ahora que la familia ya no es lo que era.

Lo curioso de esta necesidad es que, a diferencia de muchas otras, no parece surgir de nosotros mismos o, al menos, no del todo. Cierto es que, hasta cierto punto, somos animales sociales, con unas necesidades de cariño y placer innegables incluso en el terreno físico pero, al mismo tiempo, nuestro desarrollo mental debería, teóricamente, hacernos capaces de escapar de la manada con facilidad, recluyéndonos en nuestros propios pensamientos y gustos, forjando con ellos el gozo que el resto del mundo no nos puede dar.

Digo teóricamente porque, como todos hemos notado alguna vez, la mayor parte de la gente no es feliz. ¿No es curiosa la obsesión que existe, especialmente entre la gente joven, con “matar el tiempo”? Desquiciadas, muchas personas de mi edad buscan lejos de ellas mismas el entretenimiento que son incapaces de autosuministrarse. Huyen de su propia compañía y abrazan el mundo como un lugar donde resguardarse.

Escapar, en el mundo que nos ha tocado vivir, tiene mucho que ver con encajar. El símil al que se hace referencia con “encajar” podría ser el de un hámster corriendo en su rueda. No se detiene, siente que está moviendo algo cuando lo hace, está motivado para hacerlo pero, al mismo tiempo, aunque no lo sepa, no va a parte alguna. Cuando baja de la rueda, está en el mismo punto que cuando empezó a “viajar”. Algo parecido le ocurre al que se refugia en “el otro” y luego se da cuenta de que la música ha terminado, de que el telón se ha cerrado y de que un nuevo día amenaza con provocarle tedio. Puede que, más que “encajar”, la gente busque “encajarse”, colocarse de forma cómoda y descansar de su conciencia.

La mayor parte de la humanidad no va más allá de un hámster corriendo dentro de su rueda, con la particularidad de que su absurdo comportamiento se ve apoyado por el de quienes la rodean, pues ellos también pelean contra algo que no pueden vencer. Huir es, siempre, la mejor opción. Probablemente sea por eso por lo que cada vez tenemos más miedo al espejo, y también puede que sea el motivo por el que, para divertirnos, tendemos a elegir los lugares poco iluminados. Quizá tengamos miedo de nosotros mismos, de alguna manera.

Encajar(se) supone delegar en la masa la caracterización que nos deberíamos dar a nosotros mismos, regalarle nuestra identidad. Implica otorgarle la responsabilidad de formar nuestro pensamiento, deseos e ideas a otro, de la misma manera que lo haría un mal padre al culpar a un maestro de la mala educación de sus hijos. Nos permite, aunque suene extraño, desligarnos de nuestros propios fracasos y vivir con intensidad los aciertos. Nos convertimos, poco a poco, en actores dentro de una película que ya no es nuestra vida, sino nuestra existencia diseñada por otro.

El problema es que tampoco aguantamos mucho tiempo así. Ni siquiera se puede mantener esa extraña estabilidad ficticia, esa pérdida progresiva de nuestro dominio sobre nosotros mismos en pos de agradar a las masas. Todo llega al punto de ebullición demasiado rápido. Nos sofocamos al darnos cuenta de que nuestras expectativas no son cumplidas, de que hacer lo que nos dice la televisión, divertirnos como nos manda la publicidad, comportarnos como nos dictan los profesores y sentir lo que nos piden los moralistas no nos lleva a nada más que al desasosiego y a la tristeza. Y ya es demasiado tarde, porque nos hemos olvidado de qué era lo que nos motivaba. Nos queda demasiado tiempo que matar.

Nadie puede ser feliz cuando abandona sus deseos más íntimos, pero es algo que seguimos haciendo, casi sin darnos cuenta. Una tendencia muy sorprendente de los días que vivimos es la de ocultar nuestras opiniones, la de escondernos entre los que creemos que son nuestros compañeros, como si hubiéramos hecho algo malo y temiésemos a una autoridad que viene a castigarnos. En lugar de afrontar el problema, escogemos apartarlo, trivializarlo o, lo que es aún peor, convencernos de que ni siquiera es algo nocivo. Si tenemos que arrancar una parte de nosotros para seguir encajando, aceptamos ese sacrificio.

Tal vez no exista una respuesta a la pregunta de si se puede encajar en la sociedad en el sentido que se ha intentado explicar en este breve pensamiento, pero sí que se puede teorizar sobre qué tipo de persona sería capaz de hacerlo. Por lo que se ha descrito hasta el momento, un mero esbozo que espero poder desarrollar en el futuro, aquél que quiera encajar debe reunir una serie de características muy concretas: capacidad de modificar su conducta, volatilidad en sus opiniones, comportamiento modélico y calculado, intereses poco concretos, ocupaciones livianas y deseos que rocen lo patético y que no le obliguen a nada.

¿Habrá alguien que cumpla con esos requisitos? Lo único seguro es que, si lo hay, su existencia debe ser, cuanto menos, deprimente. Tal vez merezca más la pena ser la pieza que sobra del puzle.

O puede que eso también sea solamente un consuelo.

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