Si odias algo, ódialo bien.

Este artículo tiene un tono ligeramente humorístico. Es un aviso estúpido por si se pasa por aquí un periodista. 

Odiar es un trabajo muy difícil. Si alguien fuese por la calle regalando un euro a cada persona a la que pillase con una ligera mueca de asco ante algo que ha visto, escuchado u olido, tendría que pedir un préstamo para poder pagarme a mí un sueldo mensual acorde a mis prestaciones. Nadie odia mejor que yo. Tengo un don natural para ello, y lo aprovecho de la mejor manera que se me ocurre: ofreciéndole mi desprecio a todo aquello que me resulta desagradable. ¿Y qué es lo más desagradable que existe en el mundo? Que te salgan imitadores. Corrijo, que te salgan malos imitadores. Ojalá tuviese un ejército de pequeños diablos dispuestos a cambiar todo aquello que les parece mal a golpe de martillo.

Despreciar las cosas no está al alcance de todo el mundo. No vale con que escuches reggaeton y exclames “¿qué clase de sinfonía del inframundo es ésta?” No, lo que se busca de un buen crítico no va por ahí. Un buen crítico ni siquiera es aquél que no tendría piedad de coger tu iPod y lanzarlo por la ventana, sintiendo que te está haciendo un favor librándote de la continua pérdida de neuronas a la que el ritmo subdesarrollado intelectualmente te está sometiendo. Un buen crítico es aquél que, en esa situación, justo después de tirarte el reproductor por la ventana y dejarte sollozar unos instantes mientras añoras a Daddy Yankee, cogería un papel y anotaría en él los sucesivos Padrenuestros y Avemarías que tendrías que entonar para que, ante el resto de seres humanos sobre la faz de la Tierra, se considerase que has expiado tu alma. Un crítico excelente, por su parte, te llevaría a la plaza del pueblo y te obligaría a limpiar tus pecados con una penitencia agónica bajo la intensa luz del Sol, añadida al resto de pesares que ya he comentado. Y es que, aunque parezca que no, el Planeta Tierra necesita justicieros de nueva generación, adaptados a los crímenes que la nueva educación y la evolución tecnológica están haciendo realidad.

Y los necesita no porque haya una extraña fuerza que nos mueva a ser ignorantes, sino porque existe una especie de demonio desproporcionadamente poderoso que nos lleva a demostrarlo día tras día. El tonto es exhibicionista por naturaleza. La estupidez es como el olor a sudor, que por mucho que lo quieras ocultar acaba notándose y te hace pasar un mal rato delante de los demás. De hecho, muchas veces, ni siquiera necesitas ser tú el ignorante para sentir vergüenza de una situación o, por lo menos, yo soy del tipo de personas que, al ver a alguien hacer el ridículo, siente en lo más profundo de su corazón la imperiosa necesidad de escapar de la escena y volver cuando el intercambio de miradas incómodas, del tipo “¿por qué invitaríamos a este tío a salir con nosotros?”, haya cesado definitivamente.

Todo esto nos lleva a algo que es evidente, y es que es muy fácil montar una moda: no hay más que convencer a los demás de que hacer X cosa te hace parecer más inteligente/sofisticado/guapo/alto/atractivo/cualquier-calificativo-positivo-que-se-te-ocurra, para tener a un montón de personas repitiendo frenéticamente aquello que tú quieres que hagan. El problema es que, incluso cuando la idea es buena, es como montar un curso sobre Filosofía en un campo de fútbol: igual alguien te escucha, y eso ya es mejor que nada, pero no parece el medio más adecuado para mandar tu mensaje. Es por eso por lo que creo que ha fracasado la gran moda del siglo XXI: la moda del pensamiento crítico.

Desde el momento en el que se nos convenció de que la forma de que parezcamos inteligentes es tratar todo lo que otro haya hecho como si nosotros lo pudiéramos hacer mil veces mejor, el negocio de ser “hater” se fue a pique. Antes, cuando alguien comentaba su opinión sobre un tema y ponía en tela de juicio los argumentos de otra persona, quedaba como un auténtico profesional. Molaba ser el que le decía a los demás lo imbéciles que eran. Ahora, tras millones de sucesivas experiencias acumuladas, parece que el quejarse de todo y la subnormalidad tienen una correlación bastante fuerte cuando, en realidad, no tendría por qué ser así. Supongo que es como cuando estás en una reunión de gente que consideras inteligente y te da vergüenza que vean que estás revisando los resultados de la Liga de fútbol, por si piensan que se te ha caído el cerebro por el camino o has suplantado a algún invitado. Puede, de hecho, que ser crítico ahora sea como ser Youtuber: cualquiera puede hacerlo y cuanto más famoso te haces menos gracioso te vuelves.

Cualquiera diría que voy a argumentar que es momento de que la Educación tome cartas en el asunto, pero en este tipo de temas la Educación se comporta igual que el comunismo: quizá algún día haga algo bueno, pero por ahora todo lo que ha producido da un poco de grima. No en vano, una de las grandes defensoras de la actitud de “déjame, con quince años yo lo sé todo” es la Educación, que enseña a los adolescentes (e incluso a los niños) a defender sus inútiles opiniones como si fueran dogmas de fe. Luego pasa lo que pasa, que te encuentras con que todo el mundo se cree que es Platón y sus textos son obras de arte que todo el mundo debería leer.

Al final, hacer creer a todo hijo de vecino que sus actos y opiniones sirven para algo es cruel. Lo único que hemos conseguido convirtiéndonos todos en supuestos expertos en todas las disciplinas habidas y por haber, es que chavales de treinta y cinco años medio calvos  que están en segundo de Magisterio sean los presidentes de las Asociaciones de Estudiantes y se dediquen a ir a las cadenas de televisión a dar charlas y a opinar sobre diversos temas como si fuesen los Joseph Stiglitz de la Educación, sentenciando y gritando cuando, usando sus conocimientos de primero de carrera, consideran que algo que ha dicho un Doctor en Economía es incorrecto. Y lo peor es que hay estudiantes que lo ven y aplauden diciendo “oh, ojalá yo algún día sea como ese”. Y, para comprobar que la mayor parte consiguen serlo, no hay más que ver que la edad media del estudiante universitario español son los 26 años. Todos podemos ser inútiles. De hecho, probablemente sea más difícil imitar la calvicie que la tontuna.

En definitiva, si odiáis, odiad con arte. Honrad la maravillosa disciplina de despreciar las ideas y el trabajo de los demás. Pero siempre con una actitud constructiva.

O no.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *