Sobre el discurso del Rey

El día de Navidad nos dejó algo que, si bien no tiene mucha importancia, suele ser habitual: la valoración del mensaje del Rey por parte de las diferentes fuerzas políticas. No se puede evitar, en sintonía con la multiplicidad de reacciones que ha recibido el discurso del monarca, realizar un comentario breve al respecto.

A veces, los partidos políticos se olvidan de que la gente no es tonta. España sabe que el discurso de Navidad, pronunciado por el Rey en un momento en el que la mayor parte de los españoles se sienta a la mesa para disfrutar de los primeros aperitivos de una noche larga en compañía de familia y/o amigos, no es el mejor escenario para reivindicaciones profundas, mensajes contundentes ni frases lapidarias.

Es lógico que el monarca quiera dar imagen de normalidad. España no está en su mejor momento, y tampoco es que la Corona esté disfrutando de demasiada estabilidad. Con Cataluña desafiando al Estado, nuevas fuerzas políticas muy críticas con la monarquía, el caso Nóos más vivo que nunca y pendiente de resolución y, cómo no, estando en medio de una oleada de críticas contundentes a la labor de todos los agentes políticos, es entendible que Felipe VI se haya querido apartar de la imagen vieja y caduca que lleva a cuestas el Parlamento Nacional hoy en día.

El Rey es una figura representativa, un islote imparcial en medio de un gran océano de opinión. Parece mentira que, mientras se ensalza la idea de la separación de poderes y se intentan limitar las capacidades de los cargos públicos de hacer y deshacer en la vida de los españoles, los partidos se quejen de que el Rey no ha movido ficha en el terreno de la política, cuando esa actitud es, por su posición, en todo caso algo elogiable.

Se podrá discutir sobre la necesidad de que España tenga un Rey, o de si su función y actitud tienen sentido, pero su discurso no hace más que dar la razón a aquellos que lo defienden: el monarca trata de entrar poco en lo negativo, pasa por encima de lo puntilloso y mide mucho su vocabulario, sin defender al gobierno pero sin obstaculizar tampoco por ello su labor, comprensivo y discreto con las nuevas fuerzas sin, por ello, ponerse de su lado. Eso es lo que sus defensores le reclaman y, para ellos, seguro que el día 24 Felipe VI no pudo estar más acertado.

Si algo debe respetar aquél que quiere producir cambios en la sociedad es el papel de cada figura, y la monarquía está para lo que está y sirve para lo que sirve. Habría que preguntarse, tal vez, si los mismos que hoy critican al Rey por no hablar de violencia de género o corrupción no serían los primeros en llevarse las manos a la cabeza si lo hiciera, tratando sus opiniones de forma despectiva y burlesca. De hecho, ni siquiera hace falta hacer conjeturas: lo poco que comentó de desigualdad y pobreza ya le valió más de un puñetazo dialéctico por parte de Podemos, ERC y otras formaciones. No deja de ser hipócrita pedir lo mismo que criticas.

Los defensores de la libertad deberemos seguir pidiendo mecanismos razonables para producir los cambios que necesita este país, pero no tenemos por qué seguir alimentando a aquellos que, en lugar de trabajar por unir España y hacer de ella un país decente de una vez por todas, ocupan su tiempo en hacer burla (de nivel deprimente, dicho sea de paso) de símbolos que, para muchos españoles, significan infinidad de cosas positivas. Desde luego, poco se arriesga quien afirme que la mayoría de españoles prefería anoche ver al Rey en televisión que a Mariano Rajoy, Pedro Sánchez (o Susana Díaz, o quienquiera que ocupe el puesto de mando en el PSOE), Pablo Iglesias o Albert Rivera. Por algo será.

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