Sobre la eliminación de la Filosofía

Hablar sobre la eliminación de la Filosofía, como asignatura o, incluso, como carrera universitaria, me transmite sensaciones peculiares. Y es que resulta curioso ver cómo hay temas que, en el fondo, a nadie le importan, pero que se convierten en asuntos de importancia nacional cuando se les da la perspectiva adecuada. Me hace gracia, yendo un poco más allá, fijarme en que, mientras la mayor parte del tiempo luchas solo en este tipo de batallas, cuando alguien encuentra la forma de llamar la atención de todas esas mentes dormidas, deseosas de polémicas baratas, te ves rodeado de miles de personas deseosas de defender tus ideales. Porque sí, por mucho que ahora quieran algunos colgarse medallas que no les corresponden, los que realmente hacemos que la Filosofía no muera somos los que la deseamos practicar después incluso de estudiarla.

Sé que hay quien replicaría a esto que la lucha social ha sido el hecho que ha provocado casi todas las transformaciones relevantes en toda la Historia de la humanidad, especialmente en materia de instituciones políticas, derechos y libertades, y no le faltaría razón, pero se trataría de una diversificación interesada de la temática de lo que se está reivindicando: unos estudios, unas enseñanzas concretas que tienen un valor determinado y que, como sincero anti-estándares que soy, yo considero que se debería medir en base a la repercusión que los profesionales de esta rama tienen en la sociedad actual o, dicho de otra manera, en base a cuánto le importa a la gente de a pie lo que piense un filósofo. Y, si se me permite la opinión, creo que, en ese sentido, la Filosofía estaría en una absoluta bancarrota.

Ojo, no estoy diciendo que, para mí, estudiar esta carrera no sea algo valioso. Lo es, y mucho, pero, dado que se ha convertido en un asunto de importancia extrema dentro de la comunidad educativa, los casos individualizados vienen a no significar absolutamente nada en un microuniverso que se ha, de pronto, masificado, pues lo importante no es, en este caso, luchar porque haya filósofos sino, más bien, pelear desinteresadamente porque pueda haberlos. Siendo esto así, consciente de que hay que agradecer, lógicamente, al resto de estudiantes su gran empeño en que nosotros podamos seguir cursando una carrera infravalorada, diré que, a pesar de su aportación, es España la que tiene un problema con nosotros, y no los gobiernos.

Habrá quien, al leer esto, se lleve las manos a la cabeza. “Cómo va a tener España un problema con los filósofos, si os estamos ayudando”, pensarán. Nada más lejos de la realidad. A los padres de este país les da miedo que un chaval se dedique a formarse en el noble arte de la Filosofía. Lo consideran un saber que no tiene salida laboral, una forma de hacer las cosas que quizá puedan perseguir cuando ya tengan otros estudios pero que, como primera opción, no es acertada. Cuando le dices a alguien que estás estudiando Filosofía, incluso estando éste dentro de la universidad, se le queda una cara curiosa, una mezcla entre “tiene pinta de ser difícil, mis respetos” y “pobre diablo, se va a morir de hambre”. Y, así, pocos se atreven a embarcarse en un viaje renovador, como es estudiar algo que, honestamente, te hace libre.

Es por eso por lo que digo que está muy bien ayudar a que algo se pueda hacer pero, por mucho que yo defienda, por ejemplo, los estudios de Medicina, si luego la sociedad en su conjunto incita a todos los niños a hacer exclusivamente ingenierías todo ese esfuerzo se torna inútil. Y es que, en este país (o puede que en este mundo), tenemos un concepto bastante estúpido de lo que significa la libertad. Creemos que acumulando diferentes opciones nos hacemos libres cuando, en realidad, la sociedad avanza cuando interioriza, dentro de su seno, todas las alternativas como plausibles y dotadas de sentido. Sí, eso también se enseña en Filosofía. Puede que no sirva para fabricar automóviles, pero creo que algo de valor tienen todos estos conocimientos y sensibilidades.

El hecho de que un gobierno se decida, con un cierto beneplácito ciudadano (plasmado en las últimas elecciones, por cierto), a eliminar paulatinamente este tipo de enseñanzas, responde a un proceso de insensibilidad hacia el arte que no empezó ayer, sino que lleva desarrollándose desde hace ya mucho tiempo, probablemente incluso desde antes de que yo naciera. En un mundo cada vez más globalizado, en el que el acceso a la información se ha vuelto increíblemente sencillo, nos encontramos cada día con más y más dificultades para apreciar lo que nos ofrece cada una de las realidades que lo conforman. Es paradójico, pero el ser humano actual, supuestamente infinitamente más formado que antes, tiene enormes problemas para entender su propia creatividad y saber darle a cada parte de sí mismo el valor y la dimensión que deben tener. Estamos totalmente descompensados en lo que a nuestro sistema de valores y esquemas de gustos se refiere y, por tanto, hemos perdido la capacidad de discernir entre lo que es producto de una mente despierta y lo que, por otro lado, se ha formado a través de una distorsión exagerada de la realidad.

Es por ello por lo que, muchas veces, creo que tendemos a hacer juicios desacertados de lo que significan las cosas, ya sea por sobredimensionar lo que a nosotros nos parece importante o, y esto es lo más preocupante, por no saber entender la relevancia que tiene el resto. La Filosofía no es importante por estudiar a Platón o a Nietzsche en bachillerato, como he leído a muchos que se quejaban de que los niños ya no podrían hacerlo, ni tampoco se basa en estudiar los pensamientos de infinidad de autores (que también), como han manifestado otros tantos. Es el problema de hablar de aquello de lo que no se sabe, que se nota a kilómetros y provoca situaciones desagradables, como ver en la prensa, una y otra vez, que se confunde al estudiante de Filosofía con el filósofo como tal. Todos los filósofos han sido estudiantes de Filosofía, pero no todos los estudiantes de Filosofía llegan, ni mucho menos, a ser filósofos. Y el problema de que haya pocos estudiantes de Filosofía no lleva inmediatamente a que haya menos filósofos, pues de estos ya no había o, al menos, no trascendían a la opinión pública. Reformulemos. El razonamiento de cualquier persona funcionaría así:

“Si el gobierno quiere que no se estudie Filosofía, es porque teme el poder transformador que los filósofos tienen en la sociedad. Por tanto, debemos defender los estudios de Filosofía”.

El argumento falla en la interrelación entre estudiar Filosofía y ser filósofo, es decir, en la validez actual de ese “tienen”. Para que haya estudiantes de Filosofía, solo hace falta oferta, mientras que, para que haya filósofos, es necesaria también una cierta demanda. Demanda no de comprarles los libros que escriban o de escuchar sus charlas (que también estaría bien, para qué negarlo), sino de caminos “espirituales” diferentes, apartados del absurdo relativismo en el que nos hemos sumido como sociedad, que es lo que la Filosofía puede aportar. Para que haya filósofos en la época actual, un momento en el que la practicidad profesional se valora sobremanera, haría falta un poso intelectual profundo en el que poder sumergir las nuevas tendencias que vayan surgiendo. Si no, volveríamos a la época antigua, en la que, por ejemplo, Descartes se pudo dedicar a viajar y filosofar porque tenía una buena posición social, con el agravante, propio del siglo XXI, de una falta de interés absoluta por lo que de la mente se pudiera extraer.

En resumen, la eliminación de la Filosofía ya había ocurrido antes de toda esta marea social. Los filósofos ya habían sido apartados de la vida pública y restringido su saber a un número pequeñísimo de personas, de tal manera que hablar, hoy en día, de una decisión gubernamental que elimine la Filosofía no es más que un juego político patético. Lo que está pasando ahora es que se está cerrando la puerta, institucionalmente hablando, a una posible recuperación de la Filosofía, sobre la base de nuevas hornadas de estudiantes preparados para sacar lo mejor de su intelecto. Es decir, estamos entendiendo el proceso pero le estamos atribuyendo unas consecuencias que no tiene porque éstas, sencillamente, ya se han dado, y, mientras, obviamos el verdadero dilema existente.

En definitiva, la Filosofía fue, es y será minoritaria. Todo intento de imponerle a la humanidad la necesidad de abrir su mente lleva, inevitablemente, a un fracaso si se mide en términos absolutos, que es lo que impera en esta sociedad, pues siempre serán más los que renegarán de su formación que los que la considerarán necesaria y, aun más, destacarán siempre los que digan “esto no da dinero” por encima de los que argumenten conceptos abstractos y difíciles de entender como la libertad, la dignidad, la justicia o la igualdad. Somos todos culpables, en nuestro egoísmo, de que los filósofos estén muriendo poco a poco. La eliminación de la Filosofía es un crimen a escala planetaria.

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2 comentarios

  1. Elsa Noemí
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    Pienso q la filosofía es para adentrarse más allá de la realidad misma,pero a mi me gusta xq ya tengo la suficiente evolución como ser para entender q nuestra vida no es tomarla como una autómata sino, q en un momento preguntarme ¿xq y para q´vivimos?El problema en esto es q al conseguir respuestas te quedas fuera de todo y todos,te quedas aislado,xq nadie entiende de lo q hablas y xq perdiste todo interés de todo aquello q te enseñaron y q hacía la convivencia con los demás.Las charlas de los otros pierden todo interés,te saben a aburrido,a pérdida de tiempo.Después de “saber” tenes q poco a poco adaptarte=integrarte nuevamente a la “masa”.Por eso,pienso q a la mayoría de los seres humanos no les interesa la filosofía xq no están tan “elevados=evolucionados” para “preguntarse” y querer adentrarse, todo x culpa de vivir sumergidos en el capitalismo=desear y desear,no x necesidad.

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      Sí, el conocimiento lleva, desgraciadamente, a la soledad a muchos niveles. Sin embargo, he de decir que, incluso cuando el que ha aprendido algo de pensamiento a nivel más elevado intenta “volver” a lo habitual, lo hace sin ser capaz de olvidarse del todo de que ya ha vivido algo mejor, y eso le ayuda a entender que, de vez en cuando, aunque sea en soledad o con poca gente, puede vivir momentos maravillosos de reflexión personal que contrarresten lo aburrida que es la vida. Creo que eso es lo que puede hacernos sentir mejor.

      Un saludo, Elsa. 🙂

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