Sobre las “letras machistas” y la censura política

Habrá quien diga que este tema está fuera de lugar en una sección literaria. No obstante, en mi opinión, al final los límites de lo que se considera literatura están tan desdibujados que incluso la RAE la considera “arte de la expresión verbal”, definición que, sin duda alguna, puede englobar el texto de una canción, siempre que ésta tenga el más mínimo fin estético. Es evidente que, más allá de gradaciones, todo artista musical desea crear belleza en sus temas y se apoya en el texto, así que, a todas luces, toda canción tiene algo de literario.

No obstante, por si acaso no convence esta explicación (que podría ser el caso, no he querido entrar en demasiados detalles), espero que sí sirva de algo pedir al lector que todo lo que se comenta para una canción lo extrapole a cualquier obra literaria pues, en esencia, el hecho concreto (censura musical) no es más que un pretexto para hablar de “represión” a todos los niveles.

Para poneros en situación, el Instituto Vasco de la Mujer ha propuesto una lista de reproducción de canciones consideradas “feministas”, para tratar de huir de éxitos reconocidos que, para ellos, encierran mensajes machistas y denigrantes para la mujer, como podría ser el caso de algunos de los temas del conocido cantante Maluma (con “Cuatro Babys” como su máximo exponente). El Instituto Valenciano de la Mujer, por su parte, se ha congratulado de que ayuntamientos como el de Ribarroja del Turia hayan decidido otorgar subvenciones únicamente a aquellos festeros que omitan temas machistas de sus fiestas. Por supuesto, ha respaldado también la iniciativa vasca.

No vamos a ser hipócritas: es completamente respetable que una institución proponga una lista de reproducción eligiendo las canciones que sean de su gusto. Es, incluso, lógico que un ayuntamiento pueda otorgar las subvenciones que guste a los entes que guste, discriminando en base a los criterios que les parezcan oportunos. Todo esto entra dentro de la normalidad, tanto desde el punto de vista de la libertad de expresión como desde el prisma de que aquellos a los que los ciudadanos han colocado a gestionar lo público tienen no solo el derecho, sino la obligación, de hacer con el presupuesto lo que crean mejor para los habitantes del territorio sobre el que tengan potestad.

El problema viene cuando, socialmente, se toman algunas premisas algo equivocadas, como que existen censuras objetivamente positivas o, y esto es aún peor, que si una censura es objetivamente positiva, automáticamente, deja de ser censura. Dicho de otra manera, el miedo que tenemos aquellos que amamos la libertad es que se normalice algo tan peculiar como decir “este tipo de música no se puede escuchar en un evento público”.

Habrá quien piense que lo que voy a decir es una exageración, pero, históricamente, lo considerado discriminatorio o degradante ha ido cambiando. Si antes la religión era justificación suficiente como para quemar libros en una hoguera, no era porque Dios específicamente nos lo hubiese mandado, sino porque existía una institución de decisión con el poder suficiente como para imponer su convencimiento de forma global. En el siglo XXI siguen existiendo esas organizaciones capaces de obligar a un individuo a “corregir” su comportamiento bajo criterios fundamentalmente subjetivos: tenemos Estados, sin ir más lejos. Por tanto, al final, el que disiente respecto al criterio único se encuentra en la misma situación de vulnerabilidad que antes.

Habrá quien piense que se está siendo tremendista respecto a una decisión política que, en el fondo, no tiene demasiada trascendencia, pero cuando un ayuntamiento (Cullera) suspende una batalla de gallos por el contenido de las improvisaciones, uno se siente tentado a pensar que hay quienes, de una manera u otra, por un motivo u otro, desaparecerán de la escena pública hasta que otra ideología sea la dominante.

Y sí, llegará un momento en que otras ideas dominen sobre las que nosotros tenemos hoy. Creernos el centro del universo no sirve de nada, y golpearnos el pecho con orgullo como si nosotros fuésemos un escalón evolutivo por encima de esos “horribles monstruos medievales” no esconderá que la historia del hombre se basa en avance y retroceso continuos en lo que a las concepciones morales se refiere. Hay etapas más liberales, más revolucionarias, más conservadoras, más totalitarias pero, al final, lo único que tienen en común todas es que acaban, y que sus paradigmas se quedan obsoletos. De hecho, esto suele ocurrir más pronto que tarde.

Es por eso por lo que, si estuviese en mi mano, trataría de ser lo más comedido posible en estos temas. El hecho de ser “denigrante”, “ofensivo”, “humillante”, etc., no es algo que pueda ser determinado desde fuera. La interacción del público con un libro, con una película, con un poema o con un tema musical determina, si creemos en una sociedad educada y libre, la valía del mismo y, en este caso, nadie puede negar que muchas de esas letras consideradas vejatorias son disfrutadas, bailadas y apreciadas por miles y miles de mujeres en todo el mundo a las que, implícitamente, se les está diciendo, en pocas palabras, que su criterio está distorsionado.

Yo, como nunca sería capaz de llegar tan lejos, y prefiero que sea el público el que elija el lugar al que desea ir, el libro que quiere leer, las fiestas que quiere disfrutar o el político al que quiere votar, me limitaré a decir que el cliente siempre tiene la razón.

1 comentario

  1. Nacho
    ·

    Míralo desde este punto de vista. Los gobiernos tienen que velar por ciertas garantías de los ciudadanos, entre ellas algunas bastantes importantes como la igualdad. ¿Qué mecanismos tienen? Pues entre ellos el financiar ciertas actividades o no financiarlas si no cumplen ciertas características que se alineen con sus objetivos.

    Desde ese punto, ¿es normal que desde las fiestas pagadas por ayuntamiento se amplifiquen mensajes como que las mujeres deben satisfacer al hombre, que cosifiquen de manera vejatoria, etc.? No dar dinero cuando se atiende a estos aspectos, considero que está bastante lejos de ser censura. Además si hay gente que cree que es muy importante que la gente del pueblo disfrute (o sufra) con esta expresión “cultural” puede hacerlo… Pero creo que es lógico que no sea con ayuda de dinero público.

    Por otro lado, si no entiendo mal, parece que relacionas esta iniciativa como una reacción “moral”, como algo poco adecuado a la moda imperante, a las nuesvas costumbres o creencias. Sin embargo, creo que es una cuestión de ética y justicia básica. La desigualdad de género que se manifiesta en diferencias salariales, en los roles tradicionales de la mujer, o en último término con la violencia de género, está impregnada en casi todo… La música o el cine/televión son vías donde se representa esta realidad de subordinación por sexo. Y bajo mi punto de vista, no se debe ignorar esto y es importante cuidar en todos los ámbitos qué ideas se están transmitiendo. Es una suerte que haya gente alerta de estas cuestiones y las denuncien para que lleguen a la ciudadanía. Deberíamos escuchar sus observaciones porque creo que son acertadas.

    Como reflexión final, cuando hay conflictos entre derechos y/o luchas sociales, creo que debemos apostar por la que defiente intereses más urgentes. En este caso, el “regueatton” es menos importante que una mujer no se siente acosada por un hombre que lleva toda la vida rodeado de mensajes macro-machistas o micro-machistas por todos los lados, desde que se levanta hasta que se acuesta, todos los días. Hay que remar en la misma dirección en todos los puntos de la embarcación. 😉

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