¿Por qué es tan guay ser ignorante?

Es muy difícil sobrevivir en este mundo sin perder los estribos de vez en cuando. Hay quien dice que, de hecho, ni siquiera hay que tratar de evitarlo siendo que, a veces, merece la pena enfadarse, berrear y lloriquear para luego afrontar la vida con mayor alegría. No sé si es cierto o, por el contrario, una gran mentira, pero puede que merezca la pena probarlo aunque sea una vez.

El planeta premia la estupidez. Es algo innegable. Recuerdo perfectamente cuando tenía unos cuantos años (no demasiados) y empezaba a interesarme por el noble arte de la escritura. Después de leer grandes obras de la literatura, más contemporáneas que clásicas, y de empaparme no solo de un vocabulario suficientemente amplio como para desarrollar escritos medianamente extensos, sino también de formas de relatar estéticas y profundas, traté de construir mi estilo. Ahí fue cuando, como no podía ser de otra manera, la educación entró en juego.

¿Habéis visto ese capítulo de la conocida serie Los Simpsons en el que Maggie entra en una guardería donde se jactan de quitarles la iniciativa, la originalidad y  la vitalidad a los niños? Aunque parezca mentira, lo que se cuenta en la serie no está tan alejado de la realidad. Hay profesores que tienen miedo de quienes intentan ir un paso más allá. A mí me dijeron algo que no se me olvidará jamás: “No vayas tan rápido, tienes que adaptarte al ritmo de quienes te rodean”.

Este es solo un ejemplo de que, en mi país, las cosas van bastante mal. El mayor problema que tiene el mundo occidental es, probablemente, la estandarización de la mediocridad. Ser mediocre es “sexy”. Ser mediocre es “cool”. Ser mediocre es “trendy”. Puede que, a edades más avanzadas, las cosas vayan cambiando poco a poco pero, a grandes rasgos, sigue existiendo una especie de “orgullo idiota”.

¿A qué me refiero con las palabras “orgullo idiota”? Hago referencia a esa extraña satisfacción personal que siente el que no saca buenas notas, el que carece de la capacidad de leer de forma fluida, el que conoce apenas trescientas palabras, el que no tiene inquietud alguna, el que no se interesa por nada y, en definitiva, aquel cuya vida está vacía de retos y, por tanto, de progreso real, sea en el ámbito que sea. Especialmente en la juventud, seguramente motivado por la envidia de los padres y por su propia bajeza intelectual, las personas desarrollan una penosa animadversión hacia la inteligencia.

¿Nunca os habéis fijado que quien peor hace las cosas es quien parece estar más orgulloso de su propio desempeño? Generalmente, las personas emprendedoras y activas son más autocríticas. Bueno, lo cierto es que no podía ser de otra manera pues, lógicamente, si no haces nada, tampoco tienes nada que criticar, ya que criticar nuestra propia vaguería tampoco es algo muy distinto de vaguear. El caso es que, por alguna razón que se me escapa, se produce el efecto contrario al esperado en la sociedad.

El que triunfa se cohíbe y el que fracasa se envalentona. Repito que desconozco cuál es la razón de que esto ocurra pero, a grandes rasgos, creo que es por una combinación de hechos y explicaciones adheridas a los mismos. Aunque pueda parecer absurdo, quien tiene mala suerte (o mal desempeño, pero vamos a ser generosos) suele recibir palabras más amables que quien triunfa. Puedes hacer tú mismo la prueba. Psicológicamente, seguro que eres más amable comentando el fracaso de otra persona que su éxito. Instintivamente, la reacción humana a la tristeza ajena es la compasión mientras que para el triunfo del compañero solemos reservar, como mucho, respeto y admiración. El problema es que la mayor parte de la población no solo se compadece de los que no avanzan sino que, inclusive, llegan al punto de la identificación.

Con “identificación” me refiero a que (lógicamente, por la naturaleza de dichos conceptos) el número de personas cuyo rendimiento está en la media o por debajo de ella es muy superior al de quienes destacan en cualquier rama. ¿Con quién es más fácil entenderse, con quien no tiene interés alguno por nada o con el dueño de una empresa que factura miles de euros al mes que, sorprendentemente, tiene tu misma edad? Tratar de unirse a quienes tienen un futuro prometedor y aprender de ellos, que sería lo lógico, se convierte en algo casi antinatural a ojos de muchas personas. En lugar de ser líderes, los emprendedores se convierten en “bichos raros” socialmente hablando, y la misma conclusión se puede aplicar a quien tiene talento para la pintura, el canto o la escritura.

Aparte de la condescendencia, lo cierto es que hay otros factores que también juegan, y que son la razón por la que muchos jóvenes no desarrollan sus verdaderos intereses. Probablemente, el más relevante de todos ellos es la sensación de soledad. La mayor parte de empresas (empresas referido a tareas o acciones, no al mundo de las finanzas) sumergen a quien las lleva a cabo en un océano donde relativamente pocas personas se mueven. Un niño que quiera escribir, por ejemplo, se encontrará con que dicha afición será compartida, en caso de tener mucha suerte, por uno de sus compañeros. El resto no solo no tendrán interés, sino que, imitando seguramente a sus progenitores, traten de amedrentarlo comentándole lo “aburrida” que es su afición, por poner un ejemplo.

Cuando alguien enunció por primera vez aquel dicho de “la ignorancia es la madre del atrevimiento”, probablemente no fue consciente instantáneamente de que dicha oración desenmascaraba muchos de los problemas sociales que tenemos actualmente. Gente que comenta asuntos extremadamente complejos como si fuesen increíblemente sencillos, apoyados por perogrulladas, personas que se creen capaces de juzgar a quienes están varios pasos por delante de ellos en lo que a relevancia se refiere (los políticos, por ejemplo) como si fuesen ignorantes, ayudándose, en este caso, de una capacidad extraordinaria de ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio… Existe tal obsesión por el colectivismo, por compartir nuestra desdicha con los demás, que montones de personas, en lugar de intentar salir de su tristeza, prefieren unirse a un grupo que esté aún peor que ellas.

Supongo que hemos llegado a ese maravilloso punto en el que quien haya aguantado 1000 palabras de texto (sí, llevamos mil palabras ya) sin cerrar la ventana estará pensando “y ahora es cuando viene la solución”. Es algo lógico pues, al fin y al cabo, así nos lo han enseñado en la escuela. Un texto opinativo centrado en la crítica de una conducta suele concluir con una posibilidad alternativa pero, en este caso, me temo que nos vamos a tener que quedar, simplemente, con un caso hipotético.

Si, desde hoy, empezásemos a valorar más a quienes trabajan más duro y a quienes más persiguen sus sueños, si motivásemos a los niños a descubrir aquello que los motiva, si rechazásemos a quienes tratan de censurar la creatividad, si corrigiésemos los defectos y las envidias de los padres a tiempo para que no afectasen a sus hijos, si apartásemos del camino a quienes solo buscan hacer daño y, además, si pusiéramos medios para que todo el mundo, independientemente de sus circunstancias, tuviese acceso a materiales suficientes y difusión de sus propias ideas, tal vez, en muy pocos años, la sociedad cambiaría radicalmente.

No obstante, para eso no se necesita solo dinero, sino también un plan estructurado, ganas, motivación y acuerdo entre sectores casi antagónicos en nuestra sociedad, así que, por el momento, se queda en un “ojalá”. Como casi todo lo difícil. Como casi todo lo deseable. Como casi todo lo conveniente. Como casi todo lo bueno.

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