Una alternativa a las Pruebas de Acceso a la Universidad

Lo que vas a leer a continuación es una breve exposición, que desarrollaría de manera más profunda si se diese la necesidad o las circunstancias adecuadas, de lo que yo considero que sería un sistema ideal para acceder a la Universidad. Este modelo viene a paliar las deficiencias del formato actual en cuatro puntos clave: excesiva subjetividad en la calificación final, poca adaptación a los estudios que se desean cursar, nula autonomía de la Universidad a la hora de elegir a sus alumnos y, por último, ínfima relevancia de la prueba para medir la capacidad intelectual del examinado. Desglosados estos puntos, espero ser capaz de hacer evidente por qué este modelo podría disminuir o, incluso, eliminar, los numerosos errores y carencias que he observado.

Creo que lo más conveniente es desglosar en qué consistiría mi criterio de selección. Para comenzar, la nota del Bachillerato dejaría de contar para acceder a estudios superiores, dado que es evidente la incapacidad de nuestro país para aportar personas capaces de no dejarse llevar por sus preferencias y deseos a la hora de jugar el futuro de otro ser humano. Con el objetivo de no favorecer a nadie más que al capaz, lo único que sería evaluado serían los exámenes, junto con determinados trabajos que yo incluiría en el currículo y que versarían sobre las principales materias de la enseñanza básica: Matemáticas, Física, Química, Lengua Castellana, Historia, Economía y Filosofía, eligiendo cuatro dependiendo del itinerario de Bachillerato escogido. A lo largo de los dos años, el alumno tendría la posibilidad de completar esos trabajos, para los cuales contaría con la ayuda de un profesor, y que serían corregidos junto con el Selectivo. Con esta dualidad examen-trabajos, por un lado, dejaríamos de sobrecargar al joven estudiante con una infinita cantidad de exámenes que no tienen ningún sentido, pues no sirve para nada evaluar por partes la sabiduría general de una persona y, por encima de todo, conseguiríamos que, al llegar a su Grado, supiese, por lo menos, lo que es tener que presentar proyectos de forma ordenada, limpia y profunda.

Los exámenes, de igual manera que los trabajos, dejarían de ser comunes a todas las especialidades. Pienso que, dado que muchas personas no van a utilizar conocimientos realmente concretos y especializados sobre todas las materias del Bachillerato a lo largo de su vida, se podría hacer una diferente asignación de exámenes dependiendo de la rama que se elija a la hora de cursar una carrera, concentrando las exigencias al alumno en pos de asegurar que sus facultades en aquellos aspectos del conocimiento relevantes en su formación posterior sean sobresalientes.

Una vez tenemos lo que corresponde, puramente, a calificaciones, considero muy interesante introducir algunos elementos que tendrían el objetivo de combatir lo que yo considero que se podría llamar la “falta de intelectualidad del proceso de acceso”. Si bien se podría pensar que con los trabajos es suficiente como para asegurar que la persona no es solamente válida en abstracto, sino que también es capaz de producir saber por sí mismo y exponerlo, considero que el proceso de selección debería ser, en efecto, un proceso de selección, y que, por tanto, el individuo debería ser evaluado en todas sus facetas. Por tanto, propondría la realización, en primer lugar, de algo similar a un Currículum Vitae, no tanto a nivel formativo, sino de intereses, proyectos, ilusiones, forma de ver el mundo, razones por las que se desea cursar determinados estudios y, en general, todo aquello que describa la forma de ser del individuo que va a ser aceptado o descartado. Este documento sería enviado a la Universidad junto con las calificaciones de trabajos y pruebas, y sería el centro el que, finalmente, llamaría al alumno para la última parte del proceso.

Si alguien se está preguntando si una universidad tendría la última palabra a la hora de decidir si una persona entra o no, la respuesta es afirmativa. Partiendo de la base de que cualquier universidad estaría deseosa de contar con el mejor alumnado posible, y de que un currículo magnífico es apetecible para cualquiera, no creo que suponga ningún problema el hecho de que ellos tomen ese tipo de decisiones. Los exámenes, los trabajos y los currículos irían sin nombre, de forma que se trataría de evitar cualquier tipo de trato de favor. Aun así, si se quisiese ser aún más pulcro, cada entrada de un alumno a la universidad debería ser ratificada por un tribunal imparcial, que escuchase y valorase los motivos de la decisión tomada por todos aquellos que hayan formado parte del proceso de aceptación. Como ya he comentado, no deseo entrar en demasiados detalles.

Dicho esto, cuando llegásemos a este punto, la fase final sería la entrevista. El alumno ya está dentro, tiene su plaza reservada y lo único que tiene que superar es una prueba de facultades sociales. La charla tendría el único propósito de que varias personas, una cantidad suficiente como para asegurarse de que la entrada o rechazo del estudiante no dependa de la visión personal de nadie, comprobasen si, efectivamente, la mentalidad y los ideales del alumno coinciden con los deseados, es decir, si cuenta con el perfil adecuado para los intereses del centro. Considero que sería una manera elegante de intentar evitar que personas inteligentes, pero nocivas para los demás, pudiesen mantener una actitud altiva e impertinente solo por lo espléndido de sus cualidades.

Con esto, doy por concluida esta simplista exposición de mi modelo. Evidentemente, habría muchos aspectos que especificar y concretar de cara a una aplicación práctica, pero considero que, haciendo una síntesis, el modelo Trabajos-Examen-Currículo-Entrevista evitaría los múltiples problemas que la entrada de nuevos alumnos acarrea (un 20% aproximadamente deja sus estudios en el primer año, por poner un ejemplo) o, por lo menos, los haría mucho menos acuciantes de lo que son con el ineficiente Selectivo o con las Pruebas de Nivel que traería consigo la LOMCE, además de ser, al menos en mi opinión, una manera bastante correcta de evitar la sobrecarga de trabajo y estrés de alumnos y profesores a lo largo de los dos años de formación, que considero que produce más mal que bien a su futuro desempeño profesional, especialmente si, como ocurre ahora, se trata de un agobio continuado desde la Educación Primaria.

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