¿Violencia en las aulas? ¡Qué sorpresa!

Ya estaba pasando. Ahora es cuando los padres, los profesores, la sociedad en general y, lo más importante de todo, los propios alumnos se empiezan a dar cuenta, pero este fenómeno ya había comenzado hace mucho tiempo. Estaba entre nosotros, agazapado, oculto detrás de la máscara de la irrelevancia mediática y de la crueldad innata de algunos seres humanos que controlan los medios de comunicación y que, muchas veces, con tal de vender más, prefieren exponer solo lo bueno. ¿Saben cuál es nuestro mayor problema? Nos tenemos miedo a nosotros mismos. Incluso más que a los demás.

La violencia en las aulas es solamente un paso más, la perversión de un apartado más de nuestra vida. Nos aterroriza porque, por mucho que nos burlemos de ella en ocasiones y la critiquemos ferozmente, en el fondo teníamos fe en que la agresión no tenía cabida dentro de la Educación. En que nuestros instintos primitivos se quedaban fuera de las clases. En que, al menos durante las mañanas de colegio e instituto, los alumnos podían escapar de la miseria que, no obstante, les estaba esperando fuera.

Mira que nos hemos esforzado por ocultar que esta esperanza era una simple mentira, y mira que lo seguimos haciendo. Poco más podemos intentar para tapar nuestras vergüenzas. Ponemos las noticias sobre agresiones, sean físicas, psicológicas o, incluso, sexuales, en las últimas páginas de los diarios, a varios “scrolls” con el ratón, varios peldaños por debajo de otros acontecimientos que, en realidad, nos deberían importar mucho menos. Las dejamos pudrirse en el olvido durante dos o tres días donde apenas nadie las comenta y, luego, las retiramos. Como si no existieran. Como si no significaran nada. Y, aun así, no logramos nuestro objetivo. En el fondo, sabemos que nos damos asco.

El mundo está podrido. No hace falta que nadie nos lo diga. Los seres humanos somos despreciables. Y lo somos porque no mostramos el más mínimo arrepentimiento por lo que hemos creado a lo largo de los años. Porque no somos capaces de pedir perdón por nuestra estupidez e ignorancia, que ha llegado un punto, en este desesperanzado siglo XXI, en el que rozan lo extremo.

Y es que hay que ser bárbaro e ignorante para creer que los niños y los adolescentes no sufren. Que necesitemos la noticia de una paliza en televisión para replantearnos nuestra forma de enseñar y, por encima de todo, la validez psicológica de nuestros jóvenes para ser enseñados, es vergonzoso. Yo mismo me avergüenzo de ver cómo, siendo que TODOS sabemos que hay miles y miles de jóvenes en las aulas que sufren bullying día tras día, miramos para otro lado y solo nos escandalizamos cuando uno de ellos se decide a quitarse la vida. O sus agresores a quitársela. Lo que llegue antes.

Porque así de pútridos somos. Los profesores, cobardes cómplices, miran para otro lado y se lamen sus propias heridas, porque son amigos de la madre o del padre del abusón, o porque no quieren meterse en líos, o porque el chiquillo en cuestión no les cae bien. Se quedan a los jóvenes durante más de cinco horas al día y no son capaces de hacerlos mínimamente civilizados, y encima tienen el valor de decir que “todo es un juego de niños”. Sin embargo, no les tengo envidia, pues estoy seguro de que, al final del día, saben que su existencia es un perjuicio para el mundo. Y ese sentimiento debe ser verdaderamente horrible.

Los padres tampoco los mejoran. Con tal de proteger a sus hijos, se olvidan de que los hijos de los demás también son seres humanos. Se olvidan de que esos comentarios de “ojalá fueses como Fulano” no ayudan a que Fulano pueda hacer amigos después, o de que ser unos envidiosos delante de sus hijos, infringir leyes y jactarse de ello, y conductas similares, no ayudarán a que luego ellos cumplan con las normas y sean personas de bien. Pero eso no les importa lo más mínimo. “Pega tú primero, hijo, lo más importante es que no te peguen a ti”.

En la televisión, Gran Hermano, Mujeres y Hombres y Viceversa y programas similares completan la formación de los chavales. “A mí no me puedes decir que sí y luego cortarte, porque yo ya luego no me sé controlar”, y frases por el estilo, que, según los directores de estos espacios televisivos, para nada influirán luego en la conducta de nuestros jóvenes. Seguro que el machismo y el racismo que se renuevan, generación tras generación, en nuestra sociedad no tienen nada que ver con el ejemplo que le dan los mayores a los pequeños. Seguro que no.

¿Sabéis qué es lo peor? Que solo aquellos que no hacemos estas cosas reflexionamos sobre ellas. Somos los que sufrimos, los que nos deprimimos de ver cómo el mundo avanza tan despacio, cómo no somos capaces de superar la ignorancia y la maldad extremas. Los que realmente son dañinos, los que motivan nuestros lloros y nuestros desvelos, los que nos atormentan, ni siquiera se paran a pensar en el daño que hacen. Lo único que podemos hacer es debatir, debatir y debatir. Derramar lágrimas en vano. Olvidarnos en el menor tiempo posible de cada noticia que salga sobre el tema y esperar que sea la última, tristemente convencidos de que no lo va a ser.

Es una guerra que nadie está librando. Las víctimas son las que están asustadas y no encuentran la valentía suficiente para enfrentar la realidad, y los verdugos campan a sus anchas, porque es mucho más fácil soñar con ser verdugo que imaginarte que tú, algún día, puedes ser la víctima. Nos creemos seres evolucionados, pero no hemos conseguido crear nada mejor que un mundo de cazadores adaptado a las nuevas tecnologías. Empatía a través de una pantalla, odio y rencor hacia el que tenemos en frente. Compartimos vídeos en Facebook de lindos gatitos y buenas intenciones y luego despreciamos al inmigrante, al pobre, al “empollón”, al raro, al especial. Así de hipócritas somos.

La gente buena debe moverse para cambiar las cosas. Hace falta disciplina. Ya hemos visto, y parece mentira que hayamos tenido que hacer un experimento para demostrarlo, que dejar a cada uno hacer lo que quiera con la esperanza de que todo se organice correctamente como por arte de magia no es una buena estrategia.  Que hace falta convencer al potencial delincuente, a ese hombre malvado (o esa mujer malvada) que ahora se siente omnipotente, de que, pronto, podremos con él. De que lo tumbaremos. De que las cosas ya no van a seguir de esta manera. No puede ser que la gente buena viva con miedo en un planeta supuestamente hecho para ella.

Ojalá creyese que va a ser la última vez que hablaré sobre estos temas, pero no lo creo. No creo que nos vayamos a organizar. No creo que vayamos a poder con los matones. No creo que los profesores vayan a empezar a ayudar, ni que los padres de los delincuentes vayan a dar la espalda a sus propios hijos y a señalarlos como lo que son. No lo creo. Sé que no va a ocurrir. Al menos, no por ahora.

Pero ocurrirá algún día. Algún día, nosotros ganaremos. Tenedlo por seguro. Ganaremos.

Dame “Me Gusta” en Facebook o Sígueme en Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *