NOSOTROS. Capítulo 1.

Este es el primer capítulo de mi novela. Me complace mucho poder compartirlo con vosotros y, si es de vuestro agrado, sería un placer que me dieseis “Me Gusta” en Facebook (hay un banner en la parte izquierda) dado que, además, eso os permitirá saber cuándo voy a subir el siguiente capítulo. Así mismo, mi cuenta de Instagram es @thelopezpastor.

CAPÍTULO 1: Huellas. 

La verdad es que, aunque han pasado muchos años de aquello, Arcaïde Lêveche se sigue identificando con su imagen de niño, cargando con todas las cosas que le quedaban, bajo la lluvia. Contando con apenas ocho primaveras cumplidas, con una buena sucesión de penurias y alguna que otra gloria esporádica, y pasada por agua; así era la escena que evoca, diez años después, sentado frente al fuego. Por aquel entonces, entre sus posesiones apenas había un puñado de monedas, algo de ropa que sería generoso llamar limpia y un puñal que su padre solía llevar encima y que, por algún motivo, olvidó cuando decidió marcharse, acompañado de su madre, a lo que al pequeño Arcaïde le pareció un lugar recóndito pues, como mínimo, estaba un poco más lejos que su escuela. No había manera de volver a casa, pues esta ya no existía. Su lugar lo ocupaba ahora un gran espacio vacío y la incógnita de una construcción futura, en uno de los primeros episodios, luego recurrentes a lo largo de toda su vida, en los que pudo sentir aquella extraña fuerza. La que lo cambia todo, sin cambiar nada. 

Como no tenía lugar adonde ir, decidió que debía ser un niño grande y hacer lo que, por historias ajenas, sabía que hacían quienes levantaban algo más que él del suelo: protestar. No eran pocas las veces que, en el colegio, había escuchado a alumnos y profesores anécdotas en las que se acercaban a la frontera y hablaban con sujetos a los que llamaban “guardianes”; el pobre Arcaïde razonó, con acierto, que debían ser personas que protegían algo, pero pecó de ingenuidad creyendo que las fronteras separaban a las personas por arte de magia. Así, cogió todo lo que tenía, que cabía en su pequeña mochila con lamentable holgura, y llegó al primer puesto de vigilancia, completamente empapado. 

Cuando lo vieron llegar, los hombres y mujeres que, supuso el niño, debían cuidar de él retrocedieron un poco, lo que el muchacho interpretó como un rechazo debido, seguramente, al escaso cuidado que había tenido al presentarse con ropas deshonrosas y aspecto desganado frente a sus salvadores. Como aún era demasiado pequeño como para entender que los adultos deben controlar sus emociones algo más que los niños, comparar la reacción que él había tenido alguna vez al recibir un acercamiento desagradable de un compañero de clase con la de aquellos mayores lo consoló. No era él, eran las circunstancias. Si sus padres hubiesen seguido cuidando de él, y se hubiese presentado en aquel lugar cualquier otro día, llevando a cuestas otra preocupación, esas buenas personas no hubiesen tenido problema en obsequiarlo con la amabilidad que, seguro, habían tenido con todos aquellos que los habían visitado antes que él. 

Manteniendo una distancia prudencial, Arcaïde esperó a que sus nuevos amigos entendieran que no era una bestia rapaz lo que había ido a encontrarse con ellos, sino un chico que no tenía otra opción que estar allí. Quería que comprendieran que, pese a la impertinencia de presentarse ante ellos sin nada que ofrecer a cambio de su ayuda, realmente apreciaba el tacto y cariño que iban a tener con él. Por eso, sonrió mientras dejaba que, con un extraño brillo en los ojos, lo inspeccionasen hasta el aburrimiento, en un silencio en el que, quizá por falta de costumbre, no supo leer la tragedia. 

-¿Qué haces aquí, chico? Esto es solo para personas mayores. Los problemas de los niños los deben solucionar sus padres. 

Sorprendido, esta vez fue Arcaïde el que reculó ligeramente. Pese a que el tono no era agresivo, sonaba cansado, profundamente aburrido, y esa era una variación del timbre que él aún no sabía interpretar correctamente, pues podía significar que quien hablaba de esa manera escasease en ganas de hacerle daño o, tal vez, en motivos para dejarlo ir sano y salvo, o incluso que quien había elegido esa forma de expresarse desease, por encima de todo, hacerle entender lo mucho que deseaba que aquella conversación finalizase. Sabía que, al menos en general, los del otro lado no eran muy amables y, si bien quienes tenía delante eran, sin duda, la excepción que confirmaba la regla, era posible que algún resorte en su interior se activase de vez en cuando. 

-Mis padres no van a solucionarme nada a partir de ahora -dijo, pensativo, el muchacho. 

-¿No? -respondió el mismo hombre que había hablado la primera vez-. No deberías dudar tanto de tus padres. Seguro que son capaces de hacerse cargo de ti. 

-Puede ser, pero no quieren hacerlo -dijo, y añadió, lastimoso-: mis padres no me quieren mucho. 

Aquellas palabras, pese a su simplicidad, tuvieron un efecto profundo en él. Con el paso de los años, aprendería que las personas encuentran un placer extraño en hablar de aquello que los perturba, desmontándolo dialécticamente y reduciéndolo a pequeños pedazos de información que se vuelven algo más digeribles, pero en aquel momento no era más que un diminuto momento de lucidez en el que se había desembarazado de la necesidad imperiosa de mitificar a quienes no lo amaban. Sus padres ya nunca podrían ser esas figuras de porcelana sobre las que situar el peso de todos sus pecados, como si la maldad que ellos guardaban justificase la suya, pero eso él aún no lo sabía, y no lo supo hasta que, a fuerza de fracasar en repetidas ocasiones, comprendió que el rencor se suele generar en torno a mitos, y no en base a necesidades. 

Quienes lo escuchaban, por supuesto, no llegaban a debates internos tan profundos como el suyo, ni es probable que de las lamentaciones de un niño extrajesen jamás nada reseñable; antes de él, es evidente que muchos otros jóvenes acudieron a reclamar un poco de comprensión, y nada parece indicar que el propósito de aquel lugar, ni las costumbres de los que vivían cerca de allí, fuesen a cambiar lo suficiente como para disuadir a los niños de jugar a ser adultos de vez en cuando. Él sería uno más, y supuso que eso era suficiente en una sociedad como aquella, especialmente teniendo en cuenta que la alternativa era enfrentarse a las reacciones de los adultos, un terreno pantanoso en el que sabía que era mejor no entrar, al menos hasta que pudiese tener impulsos igual o más fuertes que los suyos. 

El hombre que se había prestado a hablar con él, tras escuchar estas últimas palabras, se había retirado a conversar con el resto de los presentes. Ésta era una conducta que Arcaïde, a esas alturas, ya había observado en otros adultos, y supuso que su motivación no distaría, en este caso, mucho con respecto a la que era costumbre; las personas mayores suelen medir mucho sus palabras para hablar con los niños, pues presuponen que éstos son demasiado vulnerables, tanto a las verdades dolorosas como a las interpretaciones negativas. La angustia por la espera cesó cuando una mujer se levantó de la silla y se inclinó para hablar con él, con una de esas miradas piadosas que, en opinión del Arcaïde de ocho años, solían esconder cosas más bien funestas. 

-Lo siento, pero no nos está permitido ayudarte. Eso supondría intervenir demasiado en el devenir de los acontecimientos -la mujer pareció entender al instante lo intrincado que debía ser su comentario para un niño, de modo que añadió-: lo que quiero decir es que, si os ayudamos a todos, no seréis libres de verdad. Probablemente sea imposible hacerte comprender lo que es la libertad, al menos a tu edad, así que intentaré ser aún más clara: si te dijera lo que tienes que hacer, lo harías porque yo te lo he dicho, no porque te parezca lo correcto. 

El pequeño Arcaïde entendió lo que la mujer quería decir, pero no pudo evitar pensar que regalar su libertad a un buen postor no era una forma tan mala de solucionar una crisis. Los adultos eran, o debían ser, personas con experiencia en enfrentamientos con lo que para él era desconocido, y le costaba imaginar qué valor tendría su fe personal en el caso en que su decisión lo llevase a la perdición absoluta, de modo que sintió el impulso de suplicarle, ahora que parecía dispuesta a marcharse y dejarlo desvalido de nuevo, que tomase cartas en sus asuntos y dispusiese de su ser, siempre y cuando se esforzase en usar todo su conocimiento en darle buenos consejos. El caso es que el Arcaïde que acaba de cruzar la mayoría de edad debe buena parte de quien es hoy a ese niño que, por alguna razón, decidió quedarse callado y marcharse de allí con las manos vacías.

Pese a lo valiente de su sacrificio, el frío y la lluvia orquestaron un duro recibimiento al muchacho, una vez su etapa de búsqueda de ayuda hubo terminado. Un breve repaso por las advertencias recibidas a lo largo de toda su vida resultó en una notoria decepción para él, pues tuvo que admitir que, en lo referente a la salvación, en las comunas nadie sabía demasiado. En general, las personas que sufrían mucho tendían a morir pronto, de manera que nadie era experto en calamidades de primera mano; los testimonios de terceras personas tampoco eran baratos, pues reconocerse parte de algo triste era, en la extraña mentalidad de los abandonados por la sociedad, como seguir buceando en lo desagradable sin necesidad alguna. No podía imaginar, por aquel entonces, que él también sería propenso, a lo largo de su vida, a negar su participación en episodios patéticos, arte en el que aún estaba muy lejos de ser un maestro. 

Quizá por su carencia de conocimientos sobre el ritmo desenfrenado con el que cambia todo en la vida humana, así como de la delgada línea que separa lo catastrófico de lo providencial, el Arcaïde de ocho años pensó que la llegada de uno de los hombres que había escuchado su petición de ayuda, portando un documento entre las manos y corriendo todo lo que su fisionomía dañada por la edad le permitía, pidiéndole que se detuviera, no podía ser otra cosa que el final de una extraña aventura. La esperanza en la comprensión adulta que antes había depositado en ellos se había desvanecido y, acostumbrado como estaba a que la hostilidad fuese el siguiente paso a la indiferencia, creyó que moría cuando escuchó lo que el mensajero necesitaba decirle, tan desesperadamente. 

-Uno de mis compañeros ha decidido comprarte.

Arcaïde sabía, porque en la escuela no eran pocos los profesores que habían insistido en la idea, que todo buen país tiene ríos, mares, océanos, plantas, bosques y, por encima de todo, personas. Son los habitantes los que hacen poderosa o débil a una nación, pues ésta no es más que un fragmento de la corteza terrestre que ha caído en propiedad de una parte de la humanidad; en pos de mantener una sociedad fuerte, todo sacrificio era pequeño, pues los símbolos y estandartes nunca serán más que sucedáneos del verdadero bien: un objetivo común. Algo que justifique la sangre, el sudor y las lágrimas, que permita a los ciudadanos estar orgullosos el día de su muerte. Eso era lo que debía tener una buena nación y, para garantizar esa fuerza, eran necesarios sacrificios. Todos debían estar al servicio del bien común, aunque nadie se había molestado en explicar siquiera qué significaba eso. 

El resultado de decenas de años de discusiones políticas de palabras altivas y trasfondos escasos fue un ambiente social más bien turbio. Los sucesivos fracasos militares en países lejanos, así como el rumbo cambiante de la economía, forjaron una mentalidad falsamente heroica, donde todos se creían mártires sin haber derramado ni una gota de sangre. Después de haber sido educados para llevar a cabo un sacrificio destacable, miles de personas llegaron a la vejez sin oportunidad alguna de completar ese encargo vital que tan hondo debería haber calado en ellos, forzados a admitir, aunque fuese en la privacidad de sus pensamientos, que su complejo de protagonista de tragedia no se correspondía con la bajeza de sus actos. Fue entonces cuando, en un terreno adobado por el odio, nació el pago que todos habían soñado: depositar en sus hijos el peso de sus deudas se convirtió en la expiación eterna. 

La generación de Arcaïde llegó con una cruz que cargar: eran el instrumento perfecto para la redención de hombres y mujeres que soñaban con establecer, en sus hijos, los fundamentos de la vida llena de significado de la que ellos habían carecido. El deseo noble de colocar a sus vástagos, por medio de una magnífica educación, en posiciones de responsabilidad se conjugó, de forma poco decorosa, con el recuerdo siempre presente de la promesa que se hicieron unos a otros, ese juramento de fidelidad a las causas perdidas que tan buen resultado prometía al principio. De todo esto, Arcaïde solo conocía el final, esa circunstancia que nunca cambiaba: las comunas aparecieron hace no muchos años y, por mucho que el calor, la lluvia o las promesas fuesen y viniesen, no parecía que fuesen a evaporarse tan fácilmente como lo había hecho su propio hogar y, por muy doloroso que fuera, sus padres.

Volviendo al tiempo en el que el muchacho escuchó aquella declaración de intenciones, la sorpresa inicial pasó a una comprensión aburrida y deprimente de que aquella era una situación que se tenía que dar, tarde o temprano: una vez abandonado por sus padres, como había reconocido que estaba, los funcionarios estaban obligados -pese a que, intuía, su conciencia tampoco hubiese hecho mucha fuerza para detenerlos- a declarar que su unidad familiar había quedado disuelta, lo que convertía a Arcaïde en algo así como un viajero que no tenía ningún lugar en el que descansar. Eso daba derecho a un buen postor a decidir hacerse cargo de él. ¿Cómo podía haber olvidado algo así?

Aquel error lo llevaría a pasar los siguientes cincuenta meses de su vida en un arrepentimiento perpetuo pues, pese a que la persona que decidió hacerse cargo de su cuidado, un anciano llamado Roger, vivía al otro lado de la frontera, ni lo que lo recibió fue el gozo y la opulencia que esperaba ni, tampoco, el sujeto que parecía haber tenido la amabilidad de sacarlo de la pobreza y el apuro se mostró, el resto del tiempo, tan resuelto a facilitarle la vida como Arcaïde pensaba que cabía esperar. El muchacho aún no sabía, en realidad, lo que significaba ser comprado en un país como aquel y, pese a que las apariencias invitaban a creer que era como tener un nuevo padre, lo cierto era que lo que sentían los propietarios por sus esclavos no tenía mucho que ver con lo que podía llegar a experimentar un padre verdadero con su descendencia. 

Para Arcaïde, la libertad era aún un concepto demasiado difuso en aquella época. Acostumbrado a la tutela paterna, a esa sensación de tener las espaldas cubiertas, incluso cuando estaba solo, se esforzó por otorgar al anciano Roger ese mismo papel, adaptando sus pequeñas muestras de cariño y su difusa atención para que cubriesen unos estándares que necesitaban ser maleables para no resquebrajarse por completo. El muchacho notó que su amo, como se acostumbró a llamarlo, podía ser un hombre interesante en ocasiones, tanto como inteligente el resto del tiempo, y se desenvolvía con soltura y maestría en todas las tareas que se pudiesen imaginar. Sus conocimientos eran transmitidos de forma continua, a través de multitud de charlas que organizaba con niños en el jardín de su majestuosa vivienda, un chalé de proporciones asombrosas a ojos de un niño de las comunas. 

Muchos años después, Arcaïde descubriría que aquel sujeto al que tanta pleitesía rindió moriría en medio de la calle, asesinado por el padre de una de las muchachas que se sentaba junto a él cuando era un niño. El anciano Roger, abandonado por la sociedad y aquejado de infinidad de males, provenientes de su propia infancia y contra los que no pudo luchar, reprodujo sus propios demonios en todos los chicos que cayeron en sus manos. Unos padres demasiado ciegos como para darse cuenta criaron, colaborando con aquel hombre mayor de aspecto cauto y sorprendente tranquilidad, una generación de muchachos que, ahora, se extendían por las comunas sembrando el caos o entregando su cuerpo a las pocas sustancias prohibidas que, siendo un lujo incluso para los que vivían en las ciudades, de alguna forma caían en sus manos. La única excepción al horror de Roger fue Arcaïde Lêveche, el muchacho que, sin saberlo, acaparó todo el amor del anciano y dejó al resto en manos de una persona peligrosa. 

Por eso, Arcaïde tal vez fuese demasiado duro al valorar a Roger como alguien insensible, y él mismo debía reconocer que era una posibilidad que valoraba de vez en cuando, una vez alcanzada la edad adulta. El benefactor que se hizo cargo de su persona no era un ser humano inconsciente, sino alguien que sabía de sus virtudes y sus defectos y de las capacidades de los demás, y exprimía todo lo que llegaba a su posesión con desdén y brutalidad, hasta que agotaba todo lo que podía robarles y, al fin, los abandonaba cuando perdía su interés o, en su defecto, encontraba la forma de quitarlos de en medio una vez llegados a la adultez. Y ahí era donde el propio Arcaïde encontraba su lugar, y donde aquel puñal que conservó de su padre servía, al fin, como un instrumento para defenderse de algo, aunque fuese el desamor de un falso progenitor que parecía medir el afecto en base a la sangre derramada en su nombre o para su gloria. 

Cuando supo de la muerte del anciano Roger, Arcaïde ya había tenido ocasión de comprender los crímenes que tuvieron lugar en sus dominios, si bien no de valorarlos en su justa medida. Estaba dispuesto a admitir, incluso, que nunca podría hacerlo pues, en cierto modo, era cómplice en muchos de ellos. Todo empezó con suavidad: unas breves charlas bajo los árboles, acompañados solo del canto de las pocas aves que, como si de un augurio del mal por venir se tratara, parecían atreverse a acercarse a los dominios de un hombre cuya fama, aparentemente, no podía ser menos que merecida. Al principio, eran solo ellos dos, Arcaïde y Roger, en simbiosis interpretativa de la realidad, desmenuzando el anciano todo lo que se podía conocer siendo un niño e introduciendo notas diferentes y experiencias adultas que flotaban en el ambiente y que, si bien no parecían erosionar la ignorancia humilde de Arcaïde, acabarían posándose en su alma. Eran conversaciones delicadas, con un hombre que, a ojos del pequeño chico que él era por aquel entonces, quería comprenderlo, a fin de ser lo más parecido a un buen padre. 

Pasaron meses hasta que llegaron las primeras compañías. Ahora Arcaïde sabía que esa soledad inicial se debía a que el hermético Roger, buen mentiroso incluso entre los adultos, había anunciado el cese momentáneo de sus actividades para dedicarse al cuidado de un supuesto muchacho enfermo. Durante ese tiempo, el anciano conoció al nuevo inquilino de sus dominios como, probablemente, jamás nadie lo había conocido, esforzándose por desgranar hasta el mínimo detalle, empezando por sus problemas y dilemas infantiles, generalmente relacionados con la envidia que habían suscitado compañeros de clase con mejor fortuna que él, y acabando por la sensación de abandono que le había provocado la marcha de sus padres. Para un niño como él, la sola sensación de estar siendo escuchado habría sido suficiente, pero lo peculiar de la situación era que su interlocutor tomaba nota de sus palabras de forma ocasional en cada charla pero, vista en perspectiva general, más bien constante. 

Desde el principio, todos los días fueron bastante parecidos. El despertar de buena mañana, el aprendizaje en base a tutores que se desplazaban a casa de Roger, los trabajos de la tarde, generalmente deberes que los profesores le habían asignado para el día siguiente, y las charlas al atardecer. Una cena copiosa en una mesa más bien pequeña, generalmente en la propia cocina escuchando la televisión e intercambiando breves comentarios con el anciano, y el descanso nocturno. Ese resumen, variando el contenido y las compañías en cada una de dichas tareas, ocupó desde el primer hasta el último día que vivió con Roger. Pensándolo fríamente, cosa que Arcaïde no solía hacer pero que disfrutaba cuando se daba la ocasión, no habría sido una mala vida de no ser porque, detrás de la normalidad de una existencia organizada, se escondían promesas y sueños que tuvo que luchar por no hacer realidad del todo. 

La comprensión de ese trasfondo caótico se hizo más sencilla gracias a la inestimable ayuda, en forma de transformación preocupante, de algunos de sus compañeros de atardecer. Todos eran niños que venían de las comunas y que, igual que Arcaïde, habían tenido la aparente suerte de encontrarse en el camino de una familia con dinero que necesitaba un nuevo miembro, de modo que muchos de los vicios y virtudes del muchacho era probable que fuesen reproducidos en quienes ahora lo rodeaban. A través de su reacción a los comentarios de Roger, así como de la evolución que sufrieron, pudo comprobar que los efectos de las charlas del anciano no eran precisamente escasos, pese a que el contenido de sus disertaciones nunca fue tan explícito como los acontecimientos que tuvieron lugar en sus dominios podrían dar a entender. 

Roger nunca les habló del dolor, ni de la rabia, ni de la miseria. Nunca tuvo malas palabras, sosteniendo en casi toda ocasión una sonrisa impertérrita y sincera que cautivaba a todo el mundo e incomodaba a los más despiertos. Lo que sorprendía no eran sus palabras, sino lo que hacía sentir a los demás, y al principio incluso eso fue imperceptible. Quizás alguno de los que se sentaban junto a él estaban, cada día, un poco más deprimidos, con un brillo cada vez más apagado en sus ojos, pero la verdad era que nadie lo notó. Todos estaban demasiado ocupados pensando en la bella forma de expresarse que tenía aquel anciano, curtido en mil batallas, que prestaba su saber a la humanidad. Un día, llegó la primera ausencia: un niño no acudió en un atardecer de junio y, cuando fueron a buscarlo, sus padres lo encontraron rodeado de sangre, en la bañera. La noticia produjo una fuerte conmoción en el resto de chicos que siguieron acudiendo a los dominios de Roger, ciegos ante la difusa posibilidad de una relación que aún parecía esquiva. 

Por supuesto, el suicidio no fue la única vía para escapar de esos extraños mensajes ocultos. La mayor parte de quienes conocieron a Roger desarrollaron formas alternativas de afrontar la nueva realidad que el anciano les había mostrado, que se desarrollaron hasta la edad adulta: profesores que maltrataron a sus alumnos, policías que torturaron criminales, jueces que no dudaron en abandonar la moralidad en pos de un fin superior. Lo que realmente sorprendía de ellos es que, de algún modo, incluso los que murieron en accidentes de tráfico en su juventud, o los que se dejaron la salud en medio de sustancias prohibidas, parecían seguros de estar inmersos en algo extraordinario, como si su alma flotase en un océano de sabiduría integral, tocados por la magia de esas palabras mudas. De ese mensaje que solo uno de los niños fue incapaz de entender. 

El destino tenía decidido otro plan para Arcaïde en aquella época, y lo convirtió en un criminal cinco meses después de cumplir los trece años. Fue su último día en los dominios de Roger, y comenzó como todos los anteriores. Incluso la charla del atardecer transcurrió con normalidad y, ese día, versaba acerca de la conveniencia, en los jóvenes, de una educación basada en valores que evitase la semilla de la guerra. Esa misma noche, quince de los muchachos que escucharon aquellas ideas pacifistas se reunieron en el bosque, en torno a una hoguera, con la intención de comprobar, precisamente, qué era en realidad la violencia. Roger esperó a que el conflicto apuntase a su final, vigilándolos desde la lejanía, para caminar hacia la habitación de Arcaïde, despertarlo y pedirle que comprobase qué estaba ocurriendo. 

Arcaïde obedeció, no porque estuviese acostumbrado a que su amo le exigiese demasiado en momentos inesperados, sino precisamente porque algo tan excepcional debía esconder una motivación profunda, un imprevisto que no podía manejar él mismo y que estaba dispuesto a dejar en manos de su más aventajado alumno. El anciano Roger, tan cuidadoso a la hora de exigir esfuerzos, utilizaba una voz de súplica que merecía, como mínimo, una consideración igual a la que él había tenido al sacar al muchacho de un aprieto cinco años atrás, o eso pensaba Arcaïde mientras se vestía, guardaba su puñal en el bolsillo y se encaminaba a la calle, prometiéndole a Roger que pondría fin a su incomodidad a la mayor brevedad. 

El cuidado del amo en elegir un momento adecuado le brindó a Arcaïde una caminata relajada hasta el claro del bosque en el que el ritual estaba teniendo lugar, así como la ocasión de esconderse, una vez estuvo lo suficientemente cerca, tras una mezcla de pequeños matorrales y árboles de tronco fino que le sirvieron de improvisado cobijo. Alzando la vista sobre su trinchera natural, pudo ver los cuerpos, cubiertos de lo que parecería un barniz en base a sangre y tierra mojada, de quienes no habían llegado con vida hasta el momento de recibirlo. Contó trece cadáveres, algunos de ellos muy dañados, aunque pudo destinar a dicho menester un tiempo más bien escaso, pues pronto tuvo que concentrarse en lo que acontecía en el centro de la escena, donde los últimos supervivientes se miraban, frente a frente, también manchados en el fragor de la batalla, con los dientes apretados y los pies posados sobre sus antiguos compañeros, listos para el último envite. Eran los dos finalistas de aquella extraña alucinación.

La duda que lo asoló entonces lo acompaña hasta la edad adulta, y cada vez que lo extraordinario visita su vida la misma cuestión parece volar hasta posarse en sus manos: ¿hay algún sentido que nadie es capaz de ver? Tal vez lo variopinto de las situaciones, la intensidad de un mundo cambiante, les hace perder la perspectiva, y la oportunidad de encontrar un patrón en todo lo que ocurre aprovecha para huir de ellos. La forma en la que se colocaron los cadáveres aquel día, lo que hablaban los que quedaron en pie, el simple hecho de que fuesen esos dos chicos, y no otros, los que esperasen a morir delante de él. Quizá el sentido del viento que sopló cuando uno de ellos gritó su nombre, invitando a Arcaïde a unirse. Incluso era posible que, en aquel mundo roto, la diversión radicase en imaginar por qué él salió de su escondite y, blandiendo el puñal, acudió a la llamada en un estallido de júbilo, riendo ante la sola idea de matar o ser asesinado en aquel lugar. 

Quienes lo esperaban respondían a los nombres de Jack y Harry, y tenían dos años menos que él. El primero de ellos se había convertido en el afortunado hijo único de una familia de diplomáticos, mientras al segundo le había tocado en suerte continuar con una larga estirpe de patrones agrícolas. Mientras se encaminaba hacia ellos, recordó que Roger, alguna vez, le había hablado de lo importante que era el azar en el camino para abandonar la pobreza; no eran pocos quienes, siendo lo suficientemente inteligentes como para escapar del hambre, se habían visto envueltos en ella por culpa de un ambiente inadecuado. Cuando sacó su arma y se abalanzó sobre Jack, quien también parecía decidido a matarlo, Arcaïde pensó que la diferencia entre ellos ni siquiera era el futuro, pues ambos podían haber tenido una vida ideal si jamás se hubiesen cruzado; el problema era que el muchacho había acabado entendiendo que tanto Jack como Harry tenían algo que para él no podía ser más que un sueño lejano: una familia. 

Su nueva vida había comenzado con pocas promesas. Desde el primer día en su nuevo hogar, Arcaïde no había tenido que esforzarse por notar que Roger no deseaba ser su padre, más allá de que su capacidad de parecerlo de forma satisfactoria estuviese limitada por su avanzada edad; el anciano se conformaba con ser un consejero decente y un amigo atento, y parecía congratularse de no estar obligado a entender a su pupilo más de lo necesario. Así mismo, pronto fue evidente que el amor de la vida de su amo había quedado en el olvido ya hacía demasiado tiempo, lo que hubiese obligado a Roger, de haber deseado ser un progenitor al uso, a hacer muchos esfuerzos por cubrir las exigencias de un niño con tantos problemas como él. En suma, lo que ahora tenía no era un sustituto perfecto de un padre, ni siquiera una persona capaz de criar a alguien de forma siquiera medianamente feliz; por eso, cuando aprovechó, tras algunos cortes mal ejecutados y una pequeña y torpe pelea de puños, un resbalón de Jack para atravesar su pecho, dejándolo, dada su inexperiencia como asesino, en una terrible y lenta agonía camino de la muerte, no encontró una voz que le reprochase lo que había hecho. 

Lo cierto es que, dada la diferencia de edad, la tarea no había sido demasiado complicada. Jack era débil, su musculatura estaba poco formada y sus conocimientos de lucha eran más bien escasos, de modo que la duración de la pelea había venido motivada más por las dudas de Arcaïde, al principio reticente a llevar la contienda hasta sus últimas consecuencias, que por la dificultad real de cumplir con los deseos de su amo. De no haber sido dos niños de once años, probablemente Harry hubiese aprovechado la ocasión para eliminar a Arcaïde en algún momento, pues ocasiones no le habían faltado; sin embargo, el terror se apoderó de él y, cuando el otro superviviente se giró para buscarlo, su caminata hacia la oscuridad lo había llevado ya lo suficientemente lejos como para escapar de la abyecta furia de un enemigo incomprensible. 

Arcaïde volvió solo a casa aquella noche. El anciano Roger lo esperaba, recostado contra la puerta metálica que daba acceso a su primer jardín, pero parecía haber decidido no hablar sobre el asunto, al menos hasta la mañana siguiente, que pareció llegar más pronto de lo esperado, como si la noche se hubiese plegado sobre sí misma, impaciente por comprobar el resultado del experimento de medianoche en el que unos pobres muchachos se habían visto envueltos. Cuando despertó, el cansancio se había apoderado de su cuerpo, carente de un descanso adecuado, pero hizo el esfuerzo de incorporarse y vestirse con celeridad. Acudió al jardín como cada mañana, preparado para continuar con el estudio y anhelar las explicaciones hasta la tarde, pero encontró a su amo vestido de negro, sentado a la mesa con un bastón junto a él. Su habitual aspecto desgarbado e indiferente había dejado paso a un semblante sombrío, casi melancólico. 

-Ven, Arcaïde. Tenemos que hablar. 

-Lo de anoche fue muy extraño, amo -empezó el muchacho, ocupando su lugar tal y como se le había instado a hacer-. ¿Por qué hacían eso? 

El anciano tardó en contestar, pensativo.

-Mataste a alguien -replicó él, con dureza, mirándolo a los ojos-. ¿No quieres que empecemos hablando sobre tu actitud? 

-Hice lo que me pediste. Se estaban matando los unos a los otros. No tenía otra opción. 

-Deberías haber huido. De haber sabido lo que estaba ocurriendo, yo le hubiese puesto solución. Seguro que había alguna manera. 

Arcaïde, ignorante acerca del hecho de que el hombre que lo acogía le estaba mintiendo, se sintió incómodo en su asiento, cohibido ante la insistente mirada de Roger, y no encontró mejores palabras para defenderse que las que acabaron saliendo de entre sus labios. 

-No había ninguna. Cuando llegué, solo quedaban dos. Me invitaron a unirme. Yo -hizo una pausa, procurando reprimir las primeras lágrimas, peleando con el nudo de su garganta que amenazaba con soltarse- pensé que lo más adecuado era dejarme llevar por el momento. Solo quería sobrevivir. 

Lo que pasó después supuso el final de la primera aventura de Arcaïde. El hombre que lo acogió con ocho años, que le hizo olvidar a su familia, que llenó su cabeza de las primera enseñanzas, cabales o no, que recordaría en el futuro, abandonó su asiento, se sentó junto a él y lo abrazó, sollozando. 

-Soy un mal padre, Arcaïde. No solo por creer que podía someterte, sino porque no me di cuenta de lo que eras cuando te vi. Mis hijos -se detuvo, desbordado por la tristeza- están muertos por tu culpa. Tú los has matado. Nos has arruinado la vida a todos. 

Roger lo estrechó entre sus brazos con más fuerza que antes, como si tratase de completar algún ritual extraño que requiriese un contacto físico más bien incómodo, para luego retirarse ligeramente y mirar hacia el infinito. 

-Me los confiaron. Sus padres me regalaron el derecho de influir en su educación. Quién iba a pensar que se encontrarían contigo. Arcaïde, si tus padres te abandonaron no fue porque te odiaran -dijo el hombre, quien ya había dejado de llorar-. Lo hicieron porque no podían vivir con la culpa de haberte hecho nacer. Y yo no me di cuenta. Te mataría si pudiera pero, aunque no lo merezcas, algo me dice que tienes que seguir viviendo. Quizá todos merezcamos sufrir un poco más.

Arcaïde fue expulsado del hogar del anciano Roger con trece años, cinco meses y dieciséis días. Dos años después, conoció a Arlette Silver.

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