Algunas reflexiones sobre la Manada

Tengo la costumbre de usar este blog para comentar cosas inconexas. Supongo que cualquiera que lea esto cada cierto tiempo será consciente de que no hay un hilo argumental, más allá de los temas que me parecen interesantes y la obvia sucesión de los mismos a lo largo de mi vida. Hoy me ocupa comentar algunos pensamientos acerca del juicio de la Manada. Trataré de ser delicado, pues el tema requiere una cierta madurez de la que espero disponer.

Prefiero aclarar de antemano que no tengo conocimientos de Derecho. Soy consciente de que carecer de ellos no me quita la oportunidad de opinar lo que guste en referencia al caso, pero me parece un matiz importante. Como no soy jurista, sé perfectamente que no soy quién para tratar cuestiones técnicas. Creo que, como ciudadano, debo ceñirme a mi función y atribuirme cualidades de las que de verdad disponga.

Habrá quien piense que la apreciación que acabo de hacer es exageradamente larga, pero esta semana ha habido periodistas, políticos y, en general, gente de la calle, cientos de miles de ellos, que se han disfrazado de expertos en un tema que no dominan, de manera que creo que está bien hacer distinciones. Yo no voy a hablar de asuntos técnicos, porque sería faltar a la verdad.

Creo que es clave decir que mi concepción de la Justicia dista mucho de mi idea de la justicia (esta última será de la que todos discutimos). La Justicia es, para mí, un valor vacío. Yo puedo interpretar la mesura o desmesura de una reacción, de unas palabras, de un acontecimiento o, en este caso, de una pena de prisión, como equilibradas para mis propios estándares o, por descontado, todo lo contrario. Dicho de otra manera, yo puedo aceptar o no lo que crea conveniente. He pasado mucho tiempo creyendo que mis impresiones significaba algo más que las de los demás pero, visto lo visto, tal vez carezcan todas de valor.

Cuando hablo de valor me refiero, por supuesto, al hecho de que solo quien crea que mi interpretación del mundo es la correcta avalará mi forma de clasificar todo lo que ocurre. Para mí, la Justicia, entendida como concepto, debería ser algo universal o, al menos, pretendidamente universal. Desmarcándome de otros pensadores a los que, por otra parte, considero enormemente interesantes, diré que, en mi opinión, si mis motivaciones no son más que apreciaciones mías, dudo mucho que el consenso general pueda ayudarme a creer que lo que pienso tiene mayor fundamento que el que tendría si tuviese a todo el mundo en contra.

Por supuesto, valoro la importancia que tiene que una sociedad llegue a ciertos acuerdo. No sé si lo considero algo positivo o no, pero sí puedo entender que es algo relevante y, en cierta medida, necesario. No obstante, siguiendo con lo que comentaba, todo acuerdo civil será, para mí, parte estrictamente de la justicia y, en ese terreno, no pensaré en ello como nada más que un reflejo de los vicios y las virtudes de aquellos que ostenten la mayoría social a cada momento.

Insisto en esta idea porque me parece importante. No creo que las leyes sean nada más que acuerdos entre personas. Puedo sentirme emocionalmente más cercano a un consenso que a otro, pero no dejará de ser, en definitiva, algo totalmente subjetivo. Sin ir más lejos, quiero entrar en un tema fundamental: el tamaño de la pena.

Sé que mucha gente se enfadará conmigo por esto (bueno, los que lean este blog, no sé cuánta gente son), pero creo que nueve años es una condena muy fuerte en caso de que se cumpliese íntegramente. Pienso que no somos muy conscientes de que no hay ningún tipo de objetividad en lo que a penas se refiere (habrá quien diga que sí, pero me niego a creerlo), y que no somos capaces de valorar adecuadamente el daño que una sentencia desproporcionada puede provocar. Y es que, cuando no hay verdad, no puede haber mesura.

Para mí, por ejemplo, un asesinato (premeditado, lo otro tengo entendido que se llama homicidio) siempre será peor que una violación, sea esta grupal o no. Si a la Manada le tienen que caer veinte años, ¿cuántos años podría yo exigir para un caso que me parezca aún más grave? ¿Treinta? ¿Cuarenta? Me parece que nos olvidamos de que la vida es tan, tan corta, que cualquier persona seguro que recuerda para siempre que perdió nueve años de su vida en la cárcel (reitero, si se cumpliesen las penas íntegramente). Solo de pensar que, en caso de recibir yo esa condena, volvería a tener una vida normal con treinta años, me parece un castigo más que suficiente.

Además, me apena profundamente que haya gente que crea que sus opiniones tienen un valor universal. Discutí con una chica que creía que el bullying era mucho menos grave que una violación, incluso cuando el chico o la chica acosado hubiese acabado cometiendo suicidio. Su mejor argumento fue que yo “no sabía de lo que estaba hablando”, y usó ese pretexto para concluir el debate. Soy consciente de que la gente no es, de media, extraordinariamente inteligente, pero no deja de apenarme lo fácil que nos resulta acogernos a argumentos patéticos cuando vemos amenazadas nuestras convicciones más básicas.

Por otro lado, e hilando con esto, me parece importante hacer hincapié en la necesidad de que entendamos que nuestra escala de valores es nuestra, y no es ni buena ni mala. Por supuesto, siguiendo con el ejemplo, yo respeto que, para la muchacha, una violación grupal sea más importante que un suicidio forzado. Lo que me entristece es que carezca de la inteligencia suficiente como para sostener un debate fundamentado. Por eso, respecto a los magistrados del caso, incluso en relación al que pide la absolución, estoy seguro de que, si pudiese conversar con él y escuchar su perspectiva, ésta me resultaría enormemente educativa. De todo el mundo se puede aprender algo.

He de decir que no me ha sorprendido ver cómo miles de personas salían a la calle a reclamar otra sentencia para “La Manada”. Al fin y al cabo, es un caso mediático y no se puede pedir comprensión ni un entendimiento muy lúcido a personas que piensan que ellas pueden ser las siguientes (y que, de hecho, tal vez tengan razón). Supongo que, por eso, en este tipo de casos la izquierda española acostumbra a decir que “no se puede legislar en caliente”. De nuevo, reconozco que tampoco me ha causado ningún estupor comprobar que, esta vez, esa frasecita no ha aparecido en la boca de ningún político. El Partido Popular está dispuesto a cambiar las leyes por este caso, y a todo el mundo le parece bien. Supongo que la “temperatura a la que se legisla” es un factor que solo algunos elegidos pueden apreciar correctamente.

Tampoco comprendo demasiado por qué a veces la justicia debe ser independiente mientras, en otras ocasiones, los políticos deben hacer todo lo posible por inhabilitar o desautorizar a los jueces que estén en discordancia con la opinión mayoritaria, más allá de que su trabajo interpretativo sea correcto o no (dudo que la mayor parte de gente que salió a manifestarse se haya parado a pensar durante el tiempo suficiente si el Código Penal fue utilizado con coherencia por los magistrados). Ni siquiera acabo de apreciar el sentido de eso que últimamente se llama “veredicto social”, ni qué implicaciones tiene. Supongo que las leyes se pueden saltar cuando conviene, siempre que “la gente” esté de tu parte. Es un tema curioso, desde luego. Espero nunca ser víctima de una turba motivada por la sensación de poseer la sabiduría absoluta.

Por último, decir que lo que pase al final con el caso en sus sucesivas revisiones y recursos no modificará ni un ápice mis consideraciones. Quien me haya leído con atención entenderá que, en esencia, más allá de que nueve años de cárcel me parecen suficiente tiempo como para disuadirme (a mí, insisto) de cometer cualquier delito habido o por haber, no he hecho nada más que mostrar mis sentimientos sobre la repercusión que ha tenido el caso. No sé qué acabará ocurriendo en el futuro, pero mi falta de confianza en el sentido común me invita a pensar que lo que yo llamaría “justicia por impulsos” está mucho más cerca de ser una realidad de lo que creemos. Diría, incluso, que ni siquiera nos daremos cuenta de su imposición. Creo que será algo gradual.

Espero no tener razón.

3 Respuestas to “Algunas reflexiones sobre la Manada

  • Esta semana estoy en desacuerdo. Sí, los políticos han hecho populismo como con tantas cosas, pero la indignación popular me parece legítima contra cualquier poder público, es una parte fundamental de lo democracia.
    1) Cuando la judicatura dicta una resolución polémica debería esforzarse en explicarse un poco.
    2) La sentencia es criticable a nivel jurídico. Y veremos qué dice el supremo.
    En cuanto a las penas, son ciertamente altas. Pero eso como dices es una elección social.

    • Lamento que estés en desacuerdo, Eduard, aunque creo que, en el fondo, no lo estás. No creo haber dicho que la indignación popular sea ilegítima, sino que, en ocasiones, como en este caso, me gustaría que tuviese, en general, un poco más de fundamento. Quiero decir, me parece muy bien que alguien salga a la calle simplemente a decir “no es abuso, es violación”, pero me parece que ese tipo de comentario no aporta demasiado, no cuestiona ni argumenta nada. Soy de los que prefieren que alguien como Manuela Carmena critique la sentencia, o de los que se toman la molestia de escribir un extenso artículo cuestionando los fundamentos de lo dicho. Vaya, es mi forma de ser. Y, por supuesto, la sentencia es criticable.

      Reconozco que me entristece que haya podido dar la impresión de que negaba a alguien la posibilidad de sentirse indignado. Como ya comentaba al principio del artículo, es un tema muy, muy complicado y perfilar bien todo lo que se dice tal vez ha sido una exigencia demasiado grande.

      Un saludo, amigo.

      • Eduard Ariza
        1 año hace

        Bueno, bueno, las democracias se erigen sobre el derecho a discrepar. No pretendía sonar duro, ni creo que lo suene tu artículo. Comparto el fondo de lo que dices, aunque el nivel de exigencia es diferente para cada persona en función de posición política y los conocimientos a los que haya podido acceder a lo largo de su vida. Todo el mundo tiene derecho a protestar. (Reitero que no quiero sonar duro, un saludo).

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