David Suárez y el humor negro

Pensaba estrenar el nuevo formato de la web con otro tipo de contenido, pero necesito desahogarme un poco. He recibido con sorpresa la noticia de que el humorista David Suárez, conocido en otra época por representar a Vincent Finch, ha sido despedido de los espacios en los que colaboraba, entre ellos Vodafone Yu. Y digo que me sorprende no porque no sea habitual que la ofensa de unos pocos condicione nuestra vida, sino porque el mismo programa de “Yu, no te pierdas nada” siempre ha presumido de ser diferente, subversivo y gamberro cuando ha querido. El límite lo han encontrado en la reacción popular ante un chiste del comediante:

“El otro día me hicieron la mejor mamada de mi vida. El secreto fue que la chica usó muchas babas. Alguna ventaja tenía que tener el síndrome de down”.

Nunca he sido capaz de entender esa manía de proteger a los colectivos “vulnerables” de la mofa o de la ofensa. Si de algo estoy seguro es de que la mejor manera de integrarte en un lugar, sea cual sea (especialmente Internet, por otro lado), es pasar a formar parte de las conversaciones de la misma manera que los demás. Sabes que tu entorno te considera uno más cuando te cae tu parte proporcional de burla, y David Suárez es un humorista especializado en lo mordaz, en lo difícil, en lo hiriente. Sin tener que echar la vista atrás en demasía, he encontrado muchos otros tuits durísimos:

“Quitarle un caramelo a un niño es muy fácil. Sobretodo si primero le quitas la silla de ruedas.”

“Mi exnovia pasó de no afeitarse las ingles a un día afeitarse todo el cuerpo. Algo bueno tenía que tener la quimioterapia.”

“Los chistes de humor negro son como los cunnilingus, los mejores son los de tu padre.”

“El otro día me llevé a mi abuela a dar un paseo. Espero que no sepa volver sola desde aquella gasolinera.”

El humor no tiene ningún sentido si no parte de la complicidad. Si uno, voluntariamente, comienza a leer a un cómico de humor negro, está dando su consentimiento a la ofensa que, inevitablemente, va a recibir en algún momento. No importa qué características personales tengas: llegará un momento en el que seas ofendido por algún comentario. Esa es la gracia del propio humor negro: alcanza lo que otras bromas ni siquiera se atreven a rozar. Por mucho que te escondas, te acaba escociendo.

He tenido la tentación de escribir algo como “la solución radica en no consumir ese tipo de humor”, pero sé que ésa no es la respuesta. Lo que desean los censores no es librarse de la visión de ese contenido que juzgan horrible, sino prohibirlo. Se puede enmascarar como se quiera, pero el tan manido “me gustabas hasta que te metiste con X”, en el caso del humor, no sirve. Si te ha dejado de gustar un cómico porque ha tocado tu fibra sensible es que, desde el principio, te desagradaba. Hasta el instante en que palpó tus puntos débiles, la realidad es que ni siquiera sabías de qué trataba el juego. Lo único que lo salvaba de tu estúpida ira es que no había rozado tus límites, sino los de otra persona.

Es fácil de demostrar. ¿Por qué si se mete con la pedofilia, los parapléjicos o el cáncer merece seguir teniendo un espacio, y si hace una broma sobre síndrome de down no? No creo que exista ninguna respuesta convincente a esa pregunta, puesto que todas eran bromas terribles. El motivo es cristalino: le ha tocado una época en la que el identitarismo es la moda. Tener cáncer, ser parapléjico o ser un niño al que han violado no es una característica personal que permita tu clasificación en un grupo; tener síndrome de down sí. El resto de ejemplos también hubiesen dado pie al moralismo barato, pero no eran “mainstream”. La demostración es que, en todos estos tuits que he nombrado, había un nutrido grupo de personas de escasa inteligencia atacando a David Suárez, sin recibir premio alguno por su empecinamiento absurdo. Comprobar que lo que digo es cierto es tan sencillo como rebuscar en Twitter y Youtube y ver que Suárez hacía el mismo tipo de humor desde Vincent Finch hasta hoy, y que quien lo contrató, y quienes lo han aguantado todo este tiempo, lo sabían perfectamente y transigían con esas bromas que ahora son inaceptables porque les ha entrado miedo.

No quiero dar a entender que uno no pueda estar en desacuerdo con el humor negro. Perfectamente las bromas de Suárez pueden parecerte horribles; entra dentro del terreno de las preferencias. El problema radica en que estamos dando una voz excesiva a individuos que no entienden cómo funciona una sociedad. Que no comprenden que las líneas rojas no son absolutas, sino que se deben consensuar, y que nadie en su sano juicio sería incapaz de distinguir entre lo que a él le parece ofensivo y lo que debe ser censurado o denunciado. Las empresas, como bien decía el cómico en su carta, publicada hace unas horas, están cogiendo la mala costumbre de aceptar los deseos de personas que no hablan en nombre de la mayoría, sino de un pequeño grupo de seres humanos incapaces de asumir que sus preferencias no deben ser norma.

No quiero dejarme un último apunte: estoy cansado de que se “premie” a colectivos considerados históricamente discriminados con el ostracismo más absoluto. La solución no es meterlos en una burbuja y obligar a todo el planeta Tierra a tratarlos como si fuesen seres de luz; hacer eso no sería otra cosa que paternalismo y condescendencia disfrazados de virtud. Nadie quiere ser mantenido al margen en su entorno más cercano; a nadie le gusta que los demás bajen la voz y hablen al oído unos con otros si lo ven acercarse, ni que titubeen y busquen obsesivamente las palabras adecuadas como si estuviesen constantemente bajo la amenaza de cometer un crimen.

Pensad en cuántas veces hablaríais con una persona si supieseis que hacerlo os exige un esfuerzo sobrehumano, una tarea tediosa por la existencia de un peligro que no podéis identificar. No hay peor forma de discriminar a alguien que ponerte en guardia cuando te relacionas con él, y eso es lo que van a acabar consiguiendo. Porque si estableces reglas diferentes para interactuar con una persona, ya sea para compensar desigualdades históricas o como pago absurdo a cambio de sus peculiaridades, le estás echando a la espalda un coste extra que no tendría por qué pagar.

Dejad a los cómicos en paz. A todos. Para siempre. Y aprended a ofenderos de forma sana, igual que lo hacemos los demás. 

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