El mito del “neoliberalismo”

Aunque este tema, sin duda, daría para análisis mucho más profundos, que seguro que harían mejor Juan Ramón Rallo o Daniel Lacalle, he decidido atreverme a comentar un mantra que se ha repetido mucho estos últimos años: supuestamente, en España el gobierno del Partido Popular (también el del PSOE anteriormente, por lo que parece) llevó a cabo políticas que respondían a una ideología llamada “neoliberalismo”. Es un término que evoca, efectivamente, aquello en lo que todos estamos pensando: un nuevo liberalismo, una revisión de los conceptos propios de la tradición liberal, tanto española como internacional, adaptándolos a los tiempos actuales. Dicho de otro modo, se trata de un término que, en teoría, aplicaría a políticas bastante concretas: bajadas considerables de los impuestos, una reducción del gasto público, liberalización del mercado de trabajo, libertades sociales de todo tipo…

Lo curioso es que, como bien reconoce incluso la misma Wikipedia, “neoliberalismo” no es más que un término comodín para referirse al más mínimo atisbo de política que se acerque a los estándares liberales clásicos. Es decir, la palabra “neoliberalismo” no describe la acción continuada de un gobierno que aplica políticas liberales, sino más bien cualquier desviación de su acción habitual que encierre motivaciones siquiera similares a las que tendría un gobierno verdaderamente liberal. Por tanto, y como ha venido ocurriendo, se puede aplicar igual al gobierno del PP de Rajoy, a un hipotético gobierno de Ciudadanos, a los anteriores años de mandato del PSOE o, incluso, al actual ejecutivo de Pedro Sánchez en caso de que sus políticas no cumplan las expectativas de la izquierda más fundamentalista.

Se suele describir el neoliberalismo como una ideología que se pone al servicio de las grandes empresas y corporaciones, oprimiendo al pueblo y dejando vía libre para que el capital haga y deshaga a su antojo. Dicho de otra manera, el “neoliberalismo” no es una ideología a ojos de la gente, sino un “ánimo” del gobernante, que solo puede ser analizado según criterios emocionales. No se puede medir, no se puede cuantificar, no hay unas medidas concretas que caractericen al neoliberalismo y que nos permitan unirnos a él como corriente. Lo único que se puede hacer con el neoliberalismo, igual que ocurre con el machismo o con el fascismo, es rechazarlo sistemáticamente y usarlo como arma arrojadiza en el debate público.

La prueba de que el neoliberalismo es un fantasma es que nadie lo reclama jamás como su ideología. No existen manifiestos donde se use esa palabra, ni políticos que se identifiquen con ella, ni muchísimo menos hay organizaciones públicas de ningún tipo que se autodenominen neoliberales. Es decir, sobre neoliberalismo hay mucho escrito, efectivamente; pero nunca se cumplen las condiciones mínimas para que un documento se pueda considerar una manifestación neoliberal: ni hay expertos que hayan escrito nada para organizaciones neoliberales, ni hay personas que se asuman como neoliberales que escriban nada. Dicho de otra manera, sobran quienes escriben “sobre” el neoliberalismo, pero faltan textos neoliberales. Una posible explicación sería que el neoliberalismo es una especie de “metaideología” que cubre desde el liberalismo clásico hasta la socialdemocracia, pero entonces tenemos un enorme problema: ¿cuáles son sus límites? ¿Dónde acaba la influencia de una ideología que habría puesto, al menos, un granito de arena en todos los movimientos que han existido desde el principio de los tiempos?

Para entender bien qué es algo, creo que es interesante preguntarse qué sabemos de ello y, también, y en este caso creo que es muy representativo, qué clase de persona podría estar de acuerdo. El problema es que nadie podría estar de acuerdo con una idea de la sociedad basada en los preceptos supuestamente neoliberales: protección para las grandes empresas, eliminar derechos de los trabajadores y humillación de los mismos, promover la contaminación, impedir la competencia, bajar a propósito los salarios… Se podría decir que es un repaso a todo aquello con lo que una persona normal estaría en desacuerdo y, sin embargo, se nos intenta vender que hemos permitido a nuestros gobernantes ejecutar esas recetas sistemáticamente con la única respuesta de un sector de la izquierda. Resulta, cuanto menos, una posibilidad discutible.

Aparte ya de esa evidente identificación entre el neoliberalismo y el mal en sí mismo (aquello a lo que llaman neoliberalismo es desagradable en su propia concepción), no es poco apropiado preguntarse por qué se le llama “nuevo liberalismo” a lo que hemos vivido en España desde 1978. ¿Será que los escasos liberales en lo económico que existen en España están conformes con el rumbo del país? ¿De verdad lo que se ha aplicado son ideas liberales un poco adornadas?

Me considero liberal, y creo que cualquier persona que comparta mi ideología vería con sorpresa que se insinúe siquiera que somos nosotros quienes hemos dirigido la política española en los últimos años. En cuarenta años, ¿los defensores de reducir el peso del Estado hemos dejado el gasto público por encima del 40% del PIB? ¿Los que planteamos que las regulaciones laborales actuales no son las adecuadas, somos los culpables de un mercado laboral hiperregulado? ¿De verdad los amantes de las bajadas de impuestos hemos gobernado cuarenta años para regalar a la gente una auténtica maquinaria confiscatoria de primer nivel? Resulta incluso perverso acusar a alguien de apoyar algo que va tan en contra de sus principios más básicos. Y, sin embargo, he de admitir que entiendo que el truco funcione. Lamentablemente, es lógico.

No somos un país de datos. Nunca lo hemos sido, y muchos de los artículos que he subido a este blog lo demuestran. En el fondo, a nadie le importa lo que defiendan realmente los liberales. A nadie le importa que haya muchísimos matices (liberales clásicos, anarcocapitalistas, libertarios…) en la defensa de algún concepto mínimamente coherente de la libertad. No es relevante que los pocos liberales en lo económico que existen en este país hayan explicado cientos de veces en televisión que ellos no están de acuerdo con cómo está configurada España, desde el gasto público hasta los impuestos. La verdad es que no hay manera porque es mucho más cómodo creer en la explicación fácil. Aceptar que hay unos tipos que siguen los conceptos “liberales” (han cogido la ideología menos defendida en este país, para más inri, como cabeza de turco) y que todo lo que pueda pasar es culpa de ellos. Que son los sucesores de quién sabe qué pensadores desconocidos que han promovido que la vida de muchos españoles sea un infierno.

Es un estigma que no sé cómo vamos a conseguir quitarnos de encima, porque no está basado en nada y, por ende, no se puede desmontar. Se cree en él porque se desea creerlo, sin más, porque nadie tiene tiempo para sentarse y leer. Porque llevamos una vida tan ajetreada que no sacamos un rato para quitarnos nuestras equivocaciones de la cabeza. Nos pasa a todos, en mayor o menor medida, pero creo que somos, en ocasiones, muy injustos con las personas que salen perjudicadas de nuestra obcecación.

Una respuesta to “El mito del “neoliberalismo”

  • katrina putin
    2 semanas hace

    haces bien en distinguin entre liberal clásico, neoliberal y libertario…. humildemente entiendo que el términpo neoliberal se utiliza en marcos concretos de economia, especialmente en lo referente a la desregularización del mercado (corrigeme si me equivoco) que entiendo que es totalmente injusta porque beneficia en mayot medida a las grades fortunas, monopolios y oligopolios con grandes capitales y con los cuales lógicamente no se puede competir; ya sea por tener ya una infraestructura formada lo que abarata costes de producción a los ya establecidos o por mero acceso a un capital mayor para emprender desde cero. En cuanto al liberal clásico y al libertario para mi son lo mismo, centran su esencia en la libertad del individuo (más cerca de la ética ácrata al respecto) y en la propiedad privada…liberándonos así del yugo de la comunidad, de lo socialmente impuesto (muchas veces sin fundamentos lógicos) y en definitiva de las coerciones hacia el individuo en el marco de su vida privada.

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