En contra de los “puntos extra” por ser mujer.

Voy a pretender que este artículo sea una visión general de todas las ideas en torno a “favorecer la inclusión” de las mujeres que se han desarrollado en el ámbito universitario. Pues, intentaré ser lo menos concreto posible. Empezaremos con un pequeño resumen de a lo que pretendo referirme:

-Bajadas de la nota de corte según el sexo en carreras tradicionalmente monopolizadas por los hombres.

-Dar un punto más a un trabajo si lo ha hecho una mujer.

-Dar un punto más a una tesis si la ha dirigido una mujer.

Supongo que tres ejemplos bastarán. En definitiva, la narrativa que soporta todas estas prácticas de la llamada “acción positiva” (lo que antes se llamaba “discriminación positiva”) se podría resumir en que, dada la existencia de grandes desigualdades sociales pretéritas entre hombres y mujeres, que se han manifestado en la existencia de diferencias en la elección de carreras universitarias y, por ende, en la presencia inferior de mujeres dentro de la enseñanza de grados y másteres, especialmente en algunas áreas, se necesita una corrección del desarrollo no intervenido de los acontecimientos. Dicho de otra manera, como la situación no ha sido igual para hombres y mujeres, necesitamos premiar la “valentía” de quienes se oponen al sistema, promoviendo que consigan el éxito. El fin es que eso anime a más mujeres (en este caso) a entrar en Informática, por poner un ejemplo.

Este discurso tiene una serie de problemas. El primero es el propio concepto de la “manifestación” de desigualdades. Es decir, ¿las mujeres de hoy en día no estudian Informática por la existencia de un sistema patriarcal? ¿En qué se fundamenta esta afirmación? La respuesta radica en que, como biológicamente no hay diferencias entre hombres y mujeres que puedan llevar a diferentes conductas de forma natural, nuestro comportamiento es aprendido y, por tanto, no está justificado en sentido alguno. El problema está en que sí que existen, psicológicamente hablando, diferencias entre hombres y mujeres que permitirían explicar las preferencias mayoritarias de las mujeres por unas titulaciones y no por otras, sin necesidad de artificios.

Las preferencias, por supuesto, son un vacío en el discurso argumental de la izquierda de hoy en día muy difícil de superar. La solución que se ha encontrado es un juego de mayorías muy discutible: asumimos, sin tener mucha base para hacerlo, que la mayor parte de mujeres elegirán su titulación presionadas por la sociedad. El dilema, de nuevo, está en que esto mismo se podría aplicar a cualquiera. Cuando el mensaje se basa en “el entorno nos moldea”, una perogrullada sin valor específico, toda persona puede sentirse identificada. El asunto se convierte en una decisión de qué individuos merecen una compensación por las vicisitudes de su existencia y cuáles deben aguantarse con lo que les ha tocado.

Si algo he denunciado siempre es que basarse en las emociones para legislar suele llevar al mismo dilema una y otra vez: lo único que podemos hacer es crear gradaciones artificiales, líneas difusas y “espectros” que delimiten, más o menos, a qué nos referimos. Es lo que suele pasar, por ejemplo, con las leyes de enaltecimiento del terrorismo, o de defensa de colectivos vulnerables. ¿Cómo se legisla que alguien “menosprecie” a otra persona? ¿Qué grados de “enaltecimiento” existen? No en vano, hay pocos días en los que yo no crea haber sido menospreciado de alguna u otra forma, y la reparación por ese sentimiento es completamente inexistente hasta la fecha. Sin duda habrá mujeres que hayan sentido la presión social a la hora de elegir su carrera, de la misma manera que existirán otras que se habrán autopercibido como libres. ¿Cómo se debería articular todo esto?

Bajo mi punto de vista, la solución razonable es establecer unos criterios concretos y medianamente estables, emanados de la voluntad popular y, por tanto, variables, pero concisos en la medida en que estén vigentes. Sé que a muchos teóricos les parecerá un intento burdo de llevar el liberalismo y su sistema de objetivos a la sociedad, pero no creo que sea una crítica justa; al fin y al cabo, casi toda persona es capaz de ponerse unos objetivos en la vida y valorarse según si los ha cumplido o no. En cierto modo, es la forma natural de proceder a la hora de progresar, conque no encuentro motivo por el que no pueda ser la manera de establecer unas normas que todos podamos entender de la misma manera.

Hay quien dirá que las leyes deben ser interpretadas por los jueces, y que ellos sabrán cómo convertir algo tan genérico como el enaltecimiento del terrorismo (que ha llevado a unos titiriteros a ser condenados) en una ley fácil de aplicar. El problema es que la demanda social no va, precisamente, en el sentido de crear legislación que deba ser interpretada por un experto, sino en sentido contrario: convertirnos todos en jueces. Casos como el de la Manada, donde ha habido votos a favor de la absolución, del abuso sexual y de la agresión sexual por parte de diferentes magistrados, han sido vistos por la ciudadanía como terribles ultrajes, puesto que demuestran algo que nos hace sentir incómodos: hacer justicia no es fácil, y nuestras leyes no son algoritmos que nos lleven, paso a paso, del hecho a la condena de forma inevitable. Por eso, considero que seguir llenando el código penal de artículos que requieren un análisis concienzudo por parte de los profesionales del derecho es, al final, otra forma de traspasar la responsabilidad de los políticos (que son los que legislan) a la Administración.

Esta solución que he propuesto, mal interpretada y hecha sin ganas, se traduce, como algunos estarán pensando, en ese mismo “como eres mujer, te pongo directamente un punto más y arreglado”. En efecto, es una ley sencilla y clara. El problema está en que cuando tú cambias la forma de valorar algo, también varía el valor social que tiene. Dicho de otra manera, la educación es un ámbito donde estas leyes simplistas no se pueden aplicar, porque ya existían de antemano unos jueces (los profesores y los tribunales de tesis). Si el hecho de que una tesis la dirija una mujer es motivo suficiente para subir un punto su calificación, ¿cómo encajamos el resto de criterios? ¿Cómo de buena debe ser una tesis para sacar un 9, sabiendo que la diferencia entre una tesis de 8 y una de 9 puede ser, perfectamente, el sexo del supervisor?

¿Cuánto vale un punto más en Selectividad, si te van a dar 0,5 más por asignatura por ser mujer? Lo digo porque, al final, subirte la nota en cada examen sería equivalente a bajarte la nota de corte según tu sexo. Por poner un ejemplo que todos podamos entender, imaginemos que las faltas ortográficas bajasen 5 puntos (en un examen sobre 10) en Castellano, y no 0,1 o 0,2. ¿Cómo metes el resto de criterios? Si olvidarte de una tilde pesa lo mismo que no saber hacer la mitad del examen, ¿qué sentido tiene? Del mismo modo, si en un examen de Física tienes 1 punto más por ser mujer, ¿qué valor tiene tu calificación en Física respecto a tus conocimientos? ¿Quién se va a fiar, a la hora de contratar a alguien, de un sistema que, a nivel de doctorado, piensa que un punto entero puede “bailar” dependiendo del sexo?

Cuando estableces un criterio de valoración, pones un precio a lo que haces. Si eres profesor de Matemáticas y piensas que entre un 9 y un 10 hay una diferencia equivalente a la que hay entre ser mujer u hombre, estás reconociendo que hay un punto sobre diez en tus calificaciones que estás dispuesto a que no tenga nada que ver con las Matemáticas. Y sí, eso tiene un significado. Es lo mismo que pasa cuando decimos que se debe pasar de curso aunque se suspendan todas en la Educación Primaria: le quitamos absolutamente todo el valor a lo que hace el alumno durante el año, y obligamos a un niño a encontrar la motivación en otra parte, cosa que, sin duda, le resultará difícil a edades tempranas.

Si una tesis doctoral vale más o menos dependiendo de tu sexo o del de tu supervisor, estás devaluando la importancia de lo que está escrito en el papel. Lo que has hecho, tu aportación durante años a un área, vale menos. Es menos importante. Devaluar es devaluar. Si en una oposición, para la que te preparas durante años, tiene peso tu sexo, también rebajas la importancia de tus aptitudes. Devaluar es devaluar, y no me cansaré de repetirlo.

Y no hay más.

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