Las urnas y la falsa intelectualidad

Hoy, día 28 de abril de 2019, España afronta unas nuevas Elecciones Generales. No pretendo convertir este post en un pronóstico del resultado electoral, sino más bien en un alegato en contra de actitudes que me resultan desagradables. Voy a intentar ser breve.

Desde que tengo uso de razón, he sido muy precavido a la hora de relacionarme con algunos tipos de persona. Si tuviese que destacar uno que me parezca especialmente repugnante, sería aquel que agrupa a quienes se afanan en demostrar lo buenos e inteligentes que son. Llega a un punto en el que, honestamente, he comenzado a identificar la pedantería con la estupidez más profunda. Si alguien necesita remarcar la intelectualidad de sus decisiones o puntos de vista, en comparación con los de los demás, no creo que se pueda dudar de la escasez de su materia gris.

Como dueño de un espacio como éste, donde opino sobre infinidad de temas, seguramente esto resulte sorprendente. No en vano, tenemos el estigma de que creemos en la infalibilidad de nuestras posiciones, en nuestro sentido común superior al del resto y, sobre todo, cargamos con un supuesto afán por ser influyentes en nuestro entorno. Nada me gustaría más que desmentir tal cosa: nunca le digo a nadie lo que tiene que votar, y quien me conoce lo sabe. Huyo de las discusiones políticas como de alimentarme de heces y me limito a expresar mis puntos de vista en caso de que sea estrictamente necesario, preferiblemente ante un auditorio lo menos numeroso posible y reclamando antes paciencia y capacidad de escucha activa.

Lo hago no porque no confíe en mis posiciones, sino porque creo que las preferencias políticas son algo muy personal, que no nace completamente de la racionalidad. Es por eso por lo que me resulta tan cómico lo que ocurre en días como éste: cientos de miles de personas que confían terriblemente en su inteligencia se afanan en demostrar que, mientras su voto nos traerá el Edén, el de su adversario político es una llamada al Apocalipsis. Es una contradicción inherente que, igual que afectó en su momento a la derecha con Podemos (y lo comenté, que nadie lo olvide), está haciendo mella en las neuronas de buena parte de la izquierda: mientras se proclama la lucha contra el “populismo” y las “estrategias patéticas” de captación de voto “ignorante” de la derecha, buena parte del electorado de izquierdas acude a las urnas convencido de que está luchando contra una fuerza neonazi de extrema derecha, VOX, y contra tres villanos llamados Casado, Abascal y Rivera que, más que seres humanos, son la encarnación del mal.

Debo decir que, en parte, entiendo lo que ocurre. Mi problema no es tanto que no tengamos tiempo para informarnos, o que nos dé igual lo que proponga cada partido; la crisis viene para mí cuando me doy cuenta de que existe un orgullo inherente al sentido del voto de gente que ni siquiera ha leído lo que piensa el contrario. Un ejemplo paradigmático es el de quien piensa que el programa económico de VOX, por ejemplo, tiene que ser una basura per se, cuando es la mejor propuesta económica según el punto de vista de economistas tan reputados como Juan Ramón Rallo.

Estoy tomando el ejemplo de VOX porque es el que demuestra de forma más clara el efecto Dunning-Kruger:

El efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo, según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un sentimiento de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, midiendo incorrectamente su habilidad por encima de lo real. Este sesgo se explica por una incapacidad metacognitiva del sujeto para reconocer su propia ineptitud. Por el contrario, los individuos altamente cualificados tienden a subestimar su competencia relativa, asumiendo erróneamente que las tareas que son fáciles para ellos también son fáciles para otros.

En el paquete de medidas de VOX, no hay ni una que avale la discriminación de los inmigrantes en situación regular; ninguna que hable del colectivo LGTBI (literalmente, ninguna); ninguna que busque discriminar a las mujeres en caso alguno (de hecho, proponen ampliar el permiso de maternidad a 180 días), y así podríamos continuar durante horas. El problema radica en que somos tan inteligentes que transformamos nuestra visión personal del votante de VOX, o de sus líderes, en una equivalencia en su programa electoral, y ni siquiera nos molestamos en leerlo. Es exactamente lo mismo que pasaba con Podemos: existía el convencimiento, por parte de la derecha, de que sus ideas eran equivalentes al deseo de una dictadura comunista, y daba igual lo que ellos dijeran o cómo intentaran explicarlo.

Cuando uno no se informa durante el año, no ve tertulias políticas, no se lee los programas electorales, no tiene paciencia ni intenta analizar las cosas con los datos en la mano, pasa lo que pasa, y ocurre en todos los extremos del espectro político y también en el centro. La ignorancia atrevida es un mal que roza la metástasis en España, y eso hace que experimentos como el de este domingo, de sacarnos a todos a votar en un ambiente en el que parece que nos enfrentemos a Hitler resucitado en lugar de a un partido conservador, sean la antesala de un enorme desastre que llegará, tarde o temprano, si no promovemos una política responsable y alejada de la crispación.

No quiero que nadie me malinterprete: me parece fantástico que alguien crea, en contra de buena parte de las tesis de la psicología, que no son tus visiones personales, tu historia y tus principios y prioridades los que deciden tu voto, sino tu inteligencia; el problema radica en que el voto de alguien cuyos conocimientos son escasos va a influir en mi vida, y el mío en la suya. Es decir, el dilema está en que, detrás de esas proclamas grandilocuentes y ese sentimiento de superioridad moral e intelectual tan mezquino, se esconde una triste realidad: ni se quiere saber sobre política ni se quiere desaprovechar la ocasión de usarla para sacar pecho de nuestra pretendida intelectualidad.

La solución radicaría, probablemente, en reducir el peso de las decisiones comunes en la vida de las personas pero, como diría Ralph Wiggum en Los Simpsons, “eso no posible es”.

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