Matones de todos los colores

La verdad es que siempre he tenido un problema con la política, una pequeña tara a la hora de discutir y un defecto de cara a sentirme feliz con el rumbo que estamos tomando en este país: tengo un sentido del ridículo muy desarrollado. Como os podréis imaginar, la vergüenza ajena es el pan de cada día en mi vida, y es que España es uno de los lugares cumbre de la sobreactuación. Tal vez no estamos aún al nivel de los Estados Unidos y sus repugnantes performances universitarias, con adinerados estudiantes de Yale llorando porque sufren demasiada opresión (todo se andará, y estaremos aquí para contarlo), pero ya empezamos a tener nuestro propio show montado, y la verdad es que está cumpliendo todas las expectativas.

No es ningún secreto que el posmodernismo acaba de llegar a nuestro país. Este pozo séptico del pensamiento apenas está empezando a florecer y, pese a que ya nos ha dejado las primeras bombas fétidas en forma de Irene Montero inventándose palabras, Carmen Calvo suplicándole a la RAE que se trague el diccionario o Irantzu Varela recordándonos que vivimos en un patriarcado básicamente porque sí y ya está, lo cierto es que el tufo aún es soportable; lástima que, precisamente por eso, estoy convencido de que le estamos prestando a esta basura menos atención de la que se merece, y no vamos a tardar en tener copado el espacio público de estudiantes universitarios bramando contra los privilegios del hombre blanco trabajador o de edificios habilitando “lugares seguros” para que las minorías se puedan expresar libremente, sin tener que aguantar el terrible drama de que haya gente que no piense igual que ellas.

Lamento el tono de este escrito, pero el melodrama me resulta insoportable, y más cuando suena tan falso y poco creíble. Desde las elecciones en Andalucía, España ha vivido su propia apoteosis dramática, que se inició con la alerta antifascista de Pablo Iglesias, poniendo a sus hordas en pie de guerra contra esos malditos fascistas, esos criminales de Vox armados con sus doce escaños; continuó con la opinión pública y buena parte de los partidos políticos hablando de cerrarle el paso a las terribles ideas retrógradas de, reitero, personas de carne y hueso y, finalmente, se ha materializado en una violencia creciente contra la fuerza conservadora, hasta el punto de traspasar el terreno de lo dialéctico y meterse de lleno en lo delictivo.

Sé que es algo que está muy extendido, pero considero ridículo llamar a Vox “ultraderecha”, “ultraconservadores” y demás apelativos. Lo siento, pero me da la risa de imaginar que alguien cree que defender, por ejemplo, las tradiciones españolas, imponer un régimen de respeto (excesivo, tal vez, pero legítimo) a los símbolos nacionales, proteger la unidad de España por encima de todo o querer modificar la ley del aborto o la ley LGTBI puede convertir a una formación en “ultra”, siendo todas estas medidas más bien propias de partidos nacionalistas y simplemente conservadores, un espacio que antes tenía el PP y que, lógicamente, ha ido perdiendo. ¿Alguien se ha parado a pensar en qué lugar quedan España 2000 o Democracia Nacional si empezamos a llamar a Vox fascistas o, incluso, neonazis? Qué pregunta tan estúpida. Si se pensara, no se dirían tantas tonterías. No obstante, he de reconocer que me hace sentir mal recordar que quienes hablan de ultraderecha no son solo tuiteros, o particulares que usan su cuenta de Facebook para comentar lo que les place; son medios de comunicación de enorme importancia. Por mucho que sigan una agenda marcada, no deja de darme pena que la tontería venda tanto.

Por otro lado, y es el principal punto de este escrito, hay algunas ideas de Vox que me disgustan, igual que las hay de Podemos, de Ciudadanos, del PP o del PSOE. Ninguno se salva, porque soy un ser humano y no una máquina configurada para copiar la estructura mental de quienes elaboraron el ideario de una formación política concreta. No obstante, nunca me gustó, cuando era Podemos el que estaba en el punto de mira, que se atacara con tanta dureza a las personas que formaban parte de dicho partido; siempre me pareció desagradable pensar que había personas dispuestas a llegar a la descalificación para bloquear unas ideas. Ahora que veo que se puede llegar incluso a las manos, quiero dejar claro que jamás me veréis envuelto en una campaña para atacar personalmente a ninguno de los miembros de formación política alguna.

Si algo no se me olvida, y parece que a mucha gente sí, es que cada carpa informativa la montan personas que no tienen ninguna culpa de que uno sea un imbécil. Si eres un bebé llorón y no puedes entender que, dentro de lo que marque la Constitución, puede y debe haber fuerzas políticas que piensen distinto a como piensas tú, deberías encerrarte en tu casa en lugar de perturbar el orden público porque papá y mamá no te han enseñado que no eres el rey de todos los hogares de España. Sinceramente, cuando veo grupos de gente orgullosos de haberse organizado para ir a atacar verbal y/o físicamente a personas que lo único que querían era expresar sus ideas, me siento avergonzado de ser español. Me da igual que sea un ataque a Podemos o a Vox, por coger los dos “extremos” del espectro político.

Estoy seguro de que es cierta la máxima de que si juntas a mil tontos con una mala persona te salen 1001 malas personas, y de que la inmensa mayoría de la hostilidad no es siquiera racional. No obstante, he de admitir que me preocupa que haya cientos de miles de personas que puedan empezar siquiera a creer, aunque sea a base de pensar poco, que es su obligación convertirse en una suerte de justicieros en contra del supuesto fascismo que pueden suplantar a las urnas y al sistema democrático de derecho, de la misma manera que no son pocos los que se han convertido en “guerreros de la justicia social” censurando todo discurso mínimamente contrario a los postulados de la izquierda más cerrada de mente. Me temo que la cosa solo puede ir a peor, y que la réplica es más necesaria que nunca.

Quedarnos callados no va a mejorar nada.

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