Pilar Baeza, la reinserción y la hipocresía

Llevaba mucho tiempo sin publicar una opinión personal en este blog. No ha sido porque me faltasen motivos para sentarme a escribir sino, más bien, porque prefiero no pararme a comentar cada salida de tono política que me encuentre en televisión, radio o Internet. Sin embargo, me he encontrado con una sorpresa que merece una cierta reflexión: Pilar Baeza, candidata de Podemos en Ávila, fue condenada a 30 años por asesinato. Cumplió su pena hace ya mucho tiempo y, apelando al derecho a la reinserción social, fue elegida por el partido de Pablo Iglesias para encabezar sus listas. Ahora, los hechos en los que se vio envuelta se han hecho públicos y hay opiniones de todo tipo, como cabía esperar.

El problema con esta clase de asuntos no radica (casi) nunca en lo concreto. Creo que sería injusto asumir que una mujer que colaboró en el asesinato de alguien hace 34 años, siendo ella por aquel entonces una chica de 23, no puede haberse reinsertado adecuadamente, al menos desde una perspectiva legal. Podemos poner en duda, por supuesto, que la misma idea de “reinserción” tenga algún sentido, pero es cierto que Pilar Baeza ha pasado el resto de sus días sin cometer ningún crimen (imagino), de modo que la noción coloquial de lo que es incluir de nuevo a alguien en la sociedad, a través de un implícito y supuesto arrepentimiento, se cumple con notable suficiencia.

El dilema radica, pues, en los estándares morales que estamos exigiendo a los representantes políticos en los últimos años. Me cuento entre las pocas personas de mi entorno que no se han sentido entusiasmadas, ni siquiera al principio, con el foco que se ha puesto sobre los representantes públicos; la razón de mi falta de ilusión es que intuía que, en muy poco tiempo, trascendería los temas estrictamente relacionados con la política y entraría, de lleno, en el ámbito de lo privado. Como siempre, existe una parte de la ciudadanía que se ve atrapada por su propia trampa, y así ha sido con un sector de la izquierda que, hoy, se sorprende ante la persecución a Pilar Baeza.

La tragedia es que resulta ridículo hablar de reinserción y de matices en política. Recordemos que Pablo Iglesias criticó a De Guindos por comprarse un chalet, poniendo en duda que un representante público pudiese disfrutar de la bonanza de su economía personal; hagamos memoria y consideremos que Cristina Cifuentes, aparte del caso máster, tuvo que hacer frente a un episodio de hace años donde robaba unas cremas en una tienda; no olvidemos las críticas que recibió Pablo Iglesias por haber realizado un trabajo en Venezuela; conviene pensar en la persecución a Íñigo Errejón por su beca en la Universidad de Málaga; o en las críticas a Toni Cantó y a otros políticos por haber falseado sus currículos; incluso, sin ir más lejos, podemos pensar en las polémicas de Pedro Sánchez: usar el Falcon, no haber escrito su propio libro o su doctorado…

Podríamos seguir hasta mañana enumerando casos en los que lo que se denuncia no es de aplicación directa a la labor del representante público. Es cierto que la hipotética labor que habrá de llevar a cabo Pilar Baeza no tiene nada que ver con su pasado delictivo, pero lo mismo se podría decir en todo el resto de casos. Lo que existe es una amenaza a la concepción de pulcritud que hemos desarrollado del representante público, a esos nuevos estándares que han llevado, incluso, a dimitir a algunos ministros del PSOE en los últimos meses. Es un asunto más emocional que real, más de dignidad y otros términos cuasi poéticos que de peligro efectivo.

Lo que me gustaría plantear es que, si llevamos meses escuchando a representantes públicos diciendo frases como “es indigno que un político falsee su currículo”, o “es inaceptable que un político tenga un chalet”, o “es inimaginable que nos gobierne alguien que hizo negocios en Venezuela”, me pregunto con qué cara podrían, quienes defienden estas severas sentencias, negar el derecho, a sus rivales políticos, de cuestionarse cómo va a ser una buena idea que una condenada por ser cómplice de asesinato dirija el gobierno de lugar alguno. Es tan absurdo negar esa posibilidad, requiere unas gimnasias mentales tan surrealistas, que a mí se me caería la cara de vergüenza si tuviese que salir en televisión a dar la cara en una situación como ésta.

El problema está, también, en que la ciudadanía puede tener intereses políticos, y muchos pueden ser más bien radicales en sus posturas, pero ni siquiera una buena construcción lógica menoscaba la intuición de la gente: no puedes convencerlos de que es mejor ser un asesino que un corrupto. Simplemente, no funciona. Es imposible que la mayoría de los españoles crean que es más grave falsear tu currículo que ser cómplice de asesinato; tampoco puedes hacerles entender que un asesino está rehabilitado después de cumplir su condena pero el candidato al que te enfrentas debe dejar su puesto porque no es doctor en Economía. No va a servir, porque España no es un país de idiotas.

Cuando se abre la puerta a valorar lo externo a la vida política como incentivo o motivo de exclusión, uno debe estar seguro de tener su casa muy limpia. Deberíamos haber sido cautos, marcando una gruesa línea entre lo que influye en la política (corrupción, delitos contra la Hacienda pública…) y lo que entra dentro del terreno personal (dónde vive alguien, qué hace con su dinero, cómo es su familia, si tiene un título de posgrado o no, si ha escrito su libro…), y dejar de avalar ese discurso que asume que todo es importante a la hora de valorar a un representante público pues, aunque tenga sentido y, en parte, sea cierto, las consecuencias de seguir a rajatabla las directrices que emanan del mismo son absolutamente inasumibles.

Nunca hemos tenido políticos ideales, ni los vamos a tener. Todos tenemos defectos, y las vidas de nuestros diputados o concejales son exactamente igual de intrincadas y están tan repletas de errores como las nuestras. No obstante, sé que volveremos a poner el grito en el cielo en cuanto aparezca el siguiente escándalo, de modo que el final de este escrito es más un “hasta la próxima” que un “hasta nunca” a esta clase de artículos.

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