¿Por qué la universidad ya no es (tan) importante?

A lo largo de la vida del universitario, hay según qué momentos en los que uno entiende la visión que buena parte de la gente tiene de nuestra formación. Es habitual, por ejemplo, que nuestros familiares y amigos más cercanos tengan la impresión de que la universidad nos coloca en una posición social elevada. La televisión bombardea, ahora que los estudios superiores se han masificado, con la idea repetitiva de que somos la generación más preparada, y de alguna forma, aunque haya envidias y rencores de por medio, todo el mundo reconoce a los universitarios un estatus intelectual elevado. Entre los políticos se ha convertido en la frase de moda hablando de educación: tenemos una generación que estudia mucho, que llega muy lejos y que, luego, el mercado laboral no trata como debería.

Lo que sí es cierto, absolutamente indiscutible, es que la universidad ha tendido, en los últimos años, a la accesibilidad: un mayor número de titulaciones, intentos por disminuir las notas de corte, diversificación de las oportunidades, un gasto en becas más que considerable y una estandarización de los estudios en grados de cuatro años que, tarde o temprano, tomarán la senda europea del famoso 3+2. El resultado es que los jóvenes españoles tienen mayores facilidades para alcanzar esta etapa educativa y el ambiente universitario se ha abierto de par en par para ellos. Es un triunfo, en cierto modo, de la política española: una parte cada vez mayor de los padres de este país creen que han triunfado en la ardua tarea de conseguir que sus hijos no se “salgan del redil”.

No pretendo negar la importancia de los estudios universitarios -sería extraño que yo lo hiciera-, ni aludir a su inutilidad -aún menos comprensible sería esto por mi parte-, pero sí me gustaría relativizar la creencia generalizada de que son, o deberían ser, un factor decisivo en la vida de las personas. Para ello, me serviré de una anécdota personal que, seguro, resultará medianamente interesante e ilustrará lo que pretendo decir. Al principio de cada año de universidad, en mi facultad presencial, la Facultad de Matemáticas de la Universidad de Valencia, tiene lugar una jornada de bienvenida, en la que se ilustra a los nuevos alumnos sobre algún que otro tema relacionado con la titulación, como una suerte de toma de contacto. Debo reconocer que hubo un dato que me llamó particularmente la atención: el orgullo con el que el decano anunciaba que el porcentaje de aprobados en el Grado en Matemáticas había aumentado notablemente con el paso de los años.

Por supuesto, hay muchos motivos por los que se puede dar un incremento considerable en el porcentaje de estudiantes que superan, por ejemplo, todos los créditos en su primer año: un aumento de la nota de corte que se traduce en alumnos más adaptados a las exigencias, una mejora del profesorado o técnicas formativas innovadoras. Sin embargo, el caso es que presentar un dato bruto como éste hace que se muestre, con claridad, como un deseo encubierto: existe una lucha constante por aumentar el porcentaje de alumnos que superan todos los créditos o, al menos, la inmensa mayoría de ellos, dentro de las titulaciones. Dicho de otro modo, para que se entienda de forma más clara lo que quiero decir: independientemente de cómo haya sido el año y de las circunstancias que se puedan haber dado externas a la labor formativa -alumnos peores, exigencias superiores en los exámenes, etc.-, un curso en el que un cincuenta por ciento de los recién llegados superan la totalidad de los créditos es visto con peores ojos que uno en el que lo haga el setenta y cinco por ciento.

No es por echarme flores -ni muchísimo menos, quien me conoce sabe que opino de forma más bien neutra o, incluso, pesimista de mi titulación-, pero la mayor parte de españoles creerían que Matemáticas es una carrera extraordinariamente dura y que requiere una dedicación brutal. ¿Cabe pensar eso, en realidad, de un grado donde más del sesenta por ciento de matriculados supera cada una de las asignaturas? Por poner un ejemplo para todos entendible, imaginad que seis de cada diez personas que se presentasen a las pruebas del Real Madrid consiguiesen entrar en sus categorías inferiores. ¿Realmente alguien consideraría exigentes dichas pruebas? Es más, ¿alguien entendería que los propios dirigentes del Real Madrid promoviesen que su proceso de selección fuese superado mayoritariamente?

Estoy dispuesto a admitir que mi imagen de la universidad está más que caducada, pero yo siempre había pensado que la Selectividad era un proceso de selección, y que los exámenes de cada asignatura tenían la labor de discernir si alguien estaba en posesión de los conocimientos necesarios para considerarse docto en la materia. Si confiamos en la labor de los profesores y pretendemos formar buenos profesionales, ¿qué sentido tiene ver como un éxito que la selección falle en su propósito de dejar en pie, al final de todo, a los mejores candidatos posibles? Con todos mis respetos, y el que haya vivido el ambiente universitario es sabedor de ello, para acabar con un grado bajo el brazo basta con perseverar. Ir a clases, pelear y pelear, y conseguir finalmente el título. Cinco, seis, siete, incluso diez años de la vida invertidos en hacer feliz a una sociedad que no concibe que puedes no ser idóneo para cruzar la puerta.

Cuando salen esas noticias de empresas tecnológicas que ya no tienen en cuenta la formación de sus trabajadores, suelo acordarme de una realidad que yo mismo he vivido: la interacción con empresas es escasa en la universidad española. Fundamentalismo puro y duro, promoción desmedida y absurda de los conocimientos que los empleadores no desean y elitismo en base a deseos que solo sirven dentro del ambiente universitario. No son solo titulaciones innecesarias dentro del mercado de trabajo, sino también clasificaciones abstractas que uno nota -entre matemáticas aplicadas y matemática teórica, por ejemplo- que se basan en prejuicios preocupantes en contra de lo que puede darle dinero a las personas. Es, por supuesto, un ejemplo basado en mi experiencia y que puede no ser compartido por la inmensa mayoría de personas, pero creo que es evidente que el profesorado universitario parece considerar que la universidad es su feudo y que las empresas deben estar esperando en la puerta, con sus ofertas, al final del camino, sin siquiera dignarse a entender qué es lo que desean.

Me gustaría plantear una duda que siempre ha convivido conmigo y que, como final para este artículo, sería muy útil, pues carezco de respuesta para ella: ¿qué se supone que adquirimos a cambio del precio de la matrícula cuando entramos en un grado?

Al principio, pensaba que era la calidad de la formación lo que abocaba a los estudiantes a continuar después del Bachillerato, pero pronto entendí que las cafeterías estaban casi más pobladas que las aulas y que las prisas por acabar año a año eran bastante escasas. Luego imaginé que podíamos estar adquiriendo un compromiso con el mercado de trabajo, pero no hay nada que el universo universitario rechace más que la injerencia de las empresas en la formación, de manera que poco sentido tiene argüir ese deseo como el principal arma de seducción de un grado. Hay otros muchos motivos y combinaciones de motivos que podría comentar, y reitero que la respuesta escapa a mis entendederas, pero me voy a quedar con la idea que más me convence.

Creo que lo que compramos de un título universitario es una mezcla de experiencia, estatus y futuro. La universidad es un producto bien acabado y presentado, y que nos ofrece la oportunidad de vivir para siempre con el sello de tener estudios, lo que marca una diferencia evidente en lo que a sociedad se refiere. Dentro del paquete de lo que es estudiar una carrera, compramos, en un gran porcentaje, la experiencia, como el que se bebe un café del Starbucks: estar en un campus, conocer personas, participar en las actividades, poder contar lo difícil que es tu vida a tus amigos, que todo el mundo asuma que eres una persona ocupada y con intereses, vivir las fiestas… La universidad mediatiza tu vida desde que entras hasta, probablemente, mucho después de abandonarla. Por último, pero no por ello menos importante, está la promesa de futuro: tras la aventura, te has ganado el derecho a tener un empleo digno. “Mi hijo estudió X y no encuentra trabajo. Es indignante”. Tu grado compra el derecho de tus padres a decir eso y a que todo el mundo les dé la razón. Aunque duela y suene mal, es así. Y así nos va, claro.

Nota: Este dato no es interesante, pero creo que sirve para que no parezca el artículo de un renegado fracasado en la universidad, que viene a contar por qué dejarse la carrera no es tan mala idea. En tres años de estudios, presenciales y a distancia, he superado, a día de hoy, 260 créditos, lo que equivale a tres cursos de Matemáticas y casi uno y medio de Filosofía. Me parece irrelevante para el tema, pero así está el país. Más vale prevenir que curar.

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