Sobre denuncias falsas, inmigración, violencia de género y falsas refutaciones

Quien me conoce sabe que no soy una persona muy dada al enfrentamiento político. Nunca he disfrutado en exceso del debate ni de la discusión, no veo las tertulias televisivas más conocidas y mantengo un contacto fuerte pero independiente con la actualidad de mi país. Trato de que sea así porque, en general, creo que el ambiente en torno a la política es extremadamente tóxico, y una de las principales razones por las que me he alejado paulatinamente de la primera línea de la “batalla” en línea es la obsesión que existe, a veces rozando lo malsano, por “refutar” los planteamientos del adversario. Esa fijación preocupante por eliminar, por medio de la fuerza bruta argumental, las ideas del contrario resulta enormemente desagradable para muchas personas que no tienen un carácter suficientemente virulento.

Hace ya mucho tiempo que he asumido que estamos en la era del “zasca”, de la respuesta contundente, de los intentos de ridiculizar al adversario, de buscar el más mínimo resquicio para hacer daño al planteamiento ajeno, esquivando las cuestiones de fondo y centrándonos en desmontar al enemigo. Estamos en una época etérea, donde los problemas parecen existir solo si se nombran, solamente si existe una persona famosa que se erige en portavoz de los afectados por cada tragedia, de modo que es lógico que muchos de los tertulianos de este país se limiten a amedrentar al adversario. Si te callas, estás perdido, porque vivimos del ruido, de la sorpresa, de la excitación vulgar, donde el que mejor grita vence. “Refutar” ha pasado a ser un verbo que evoca la tristeza y la humillación de la derrota, el equivalente dialéctico a un botellazo en la cabeza o una puñalada en la boca del estómago. Risas enlatadas para afianzar la victoria, el trofeo para el vencedor y la cabeza del vencido siendo paseada por la calle. Basura y más basura.

Me preocupa la situación porque, como no pocos intelectuales se han encargado de decir, hay temas que no solo merecen ser tratados, sino que, de hecho, deben ser estudiados con honestidad y sentido de la responsabilidad, valores de los que parece que carecemos cada vez más y que son esenciales para que la sociedad no degenere. Hoy vengo a hablar solamente de tres (y ahora entenderéis por qué esos tres), pero podría escribir un par de artículos más (y seguramente me veré obligado a hacerlo en alguna ocasión) sobre otros tópicos similares que reciben un tratamiento igual o peor que estos.

Hace poco, vi un vídeo de Javier Ruiz, de Cuatro, de estos que circulan en Facebook y que son compartidos miles y miles de veces, que versaba acerca de Vox y de tres supuestas mentiras que el partido emergente mantenía acerca de: sus buenos resultados en lugares con grandes problemas de inmigración (refutación correcta en este caso particular, pues nombraban concretamente una zona, las tres mil viviendas, donde sus resultados no eran tan destacables); la existencia de denuncias falsas en España, con una cantidad por encima de la que sale en las estadísticas y, por último, la relación entre la violencia de género y la nacionalidad del agresor.

Para empezar, los datos del Instituto de la Mujer y para la Igualdad de Oportunidades, a 30 de noviembre de 2018, apuntan a que el 39% de los agresores en asesinatos machistas son extranjeros en España, siendo el resto, un 61%, españoles. Los datos de 63% y 37% que utiliza en el vídeo, o corresponden a otro año, o son las nacionalidades de las víctimas de violencia de género y no de los agresores. En todo caso, se utilizaba este dato, apuntando a que la mayor parte de asesinos son españoles, para refutar la idea de Vox de que la nacionalidad de los extranjeros es relevante en este tema. Sin embargo, habría que pararse a pensar en un hecho relevante: según el INE, los extranjeros suponen el 9,8% de la población española. Dicho de otra manera, la refutación de Javier Ruiz de los argumentos de Santiago Abascal queda un poco coja:

Los extranjeros, que suponen el 9,8% de la población, cometen el 39% de los asesinatos, y los españoles, que son el 90,2%, cometen el 61% de los asesinatos, de modo que no hay relación entre la nacionalidad y la violencia de género. 

No es muy convincente dicho de esta manera, ¿verdad? 

Respecto a las denuncias falsas, voy a utilizar el argumento del propio Javier Ruiz. Él dice que, dado que solamente hay un 0,00007% de condenas por denuncia falsa, solamente hay un 0,00007% de denuncias falsas. Vamos a aprovechar este artículo de PoderJudicial.es para hablar del tema:

http://www.poderjudicial.es/cgpj/es/Poder-Judicial/Sala-de-Prensa/Notas-de-prensa/El-numero-de-denuncias-por-violencia-de-genero-aumento-un-16-4-por-ciento-en-2017-

Las 166.620 denuncias presentadas en los órganos judiciales suponen la cifra anual más alta desde que se contabilizan estos datos.

En 2017 volvió a incrementarse el porcentaje de sentencias condenatorias dictadas por los órganos judiciales españoles en procesos relativos a violencia de género. Frente al 62,6 por ciento de condenas que se produjeron en 2015, y el 66,2 por ciento de 2016, en el pasado año el porcentaje se ha situado en el 67,4 por ciento.

Los datos estadísticos del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del CGPJ reflejan que en el total del año, las sentencias dictadas fueron 49.165, de las que 33.146 fueron condenas y 16.019, absoluciones.

Haciendo caso a los datos, tenemos que, de las 166620 denuncias, solo 49165 acabaron en sentencia (el 29,5%), siendo, además, solamente 33146 condenatorias (19,8% del total). Si uno fuese igual de malicioso que Javier Ruiz, y usase el argumento de que solo las condenas por X demuestran que X ocurrió, tendríamos derecho a decir, fuese verdad o no, que solo el 19,8% de denuncias son verdaderas. Dicho de otra manera, usando el argumento de nuestro maravilloso “refutador” de los radicales de Vox, podríamos llegar a la siguiente distribución:

Las denuncias verdaderas por violencia machista suponen el 19,8% del total, las denuncias falsas el 0,00007% y, el resto, vaya usted a saber. 

Sonará desagradable, manipulador e, incluso, obsceno, pero seguir la lógica de Javier Ruiz nos obliga a admitir que la inmensísima mayoría de las denuncias son algo así como denuncias de Schrödinger, podrían ser ciertas o falsas y nunca se sabrá, porque la lógica bivalente que se utiliza no es útil para analizar este tipo de temas, entre otras cosas porque existe algo maravilloso llamado presunción de inocencia que esa estructura se salta por completo. ¿Qué es una absolución en un caso de denuncia por violencia de género? Contando las absoluciones, que serían lo más cercano a la definición de denuncia falsa que todos imaginaríamos (se te ha acusado de algo que no se puede probar que has hecho), el 9,6% de las denuncias serían falsas porque el supuesto maltratado salió absuelto. Si contamos las denuncias sin sentencia, podríamos perfectamente tirarnos a la piscina diciendo que 70,5% de las denuncias de violencia de género son falsas. Ése es el problema de un análisis poco sosegado y barnizado por la idiotez: no se sostiene.

El criterio de cada ciudadano debería servir para que decida qué posibilidad le parece más convincente. ¿Prima la presunción de inocencia, y consideramos que solo los condenados son agresores reales? ¿Preferimos partir de la suposición de que la víctima dice la verdad, de modo que solo las sentencias absolutorias marcan denuncias falsas? ¿O nos basamos en la idea de que, aunque no se llegue a juicio o se absuelva al supuesto agresor, los hechos denunciados son reales? Supongo que es algo que depende de cada cual pero, en todo caso, los argumentos de Javier Ruiz dan pie a tantas interpretaciones que, desde luego, su intento de demostrar la equivocación de Abascal se queda más bien en nada.

Lo que he pretendido mostrar en este artículo es que la prensa de este país, en ocasiones, no es tan fiable como parece, ni siquiera en el tratamiento de datos. La manipulación interesada, la explicación desviada de lo obvio y poner el foco en lo que conviene son estrategias muy extendidas para convencer a los ya convencidos y hacer dudar al adversario, y creo que no nos hace ningún bien negar realidades que merecen una explicación.

No voy a ser quien obvie la posibilidad de encontrar razonamientos convincentes para explicar por qué los extranjeros, que suponen el 9,8%, cometen más del 20% de los delitos en general y más del 35% de los asesinatos de violencia de género. Tampoco voy a negar que exista explicación para ese 80% de denuncias que no acaban en condena al agresor, pero sí hay algo que me gustaría decir: la negación categórica de las realidades no es una buena receta, y es algo que llevamos demasiado tiempo haciendo en este país.

Es evidente que los datos no deben motivar el racismo, la xenofobia o la misoginia, pero las lecturas deben ser, como mínimo, honestas. Es indecente negar la realidad de un dato, igual que es meritorio, y absolutamente necesario, explicar de forma tranquila y fundamentada por qué los datos reales no deben llevarnos a adoptar actitudes negativas frente a la inmigración, por ejemplo. Para demostrar que decir la verdad es una asignatura pendiente en España desde hace mucho tiempo, os dejo como cierre un artículo, de 2002, donde se refutaba a Aznar, quien decía que la llegada de extranjeros aumentaba la criminalidad, haciendo referencia a que solo el 18,8% de los delitos eran cometidos por inmigrantes:

https://www.elperiodicodearagon.com/noticias/espana/indice-delitos-cometidos-inmigrantes-desmiente-aznar_59306.html

Os dejo recordándoos que, en 2002, el porcentaje de inmigrantes en España era el 4,7%. Sacad vosotros mismos vuestras propias conclusiones. Así nos va.

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