El “IVA cultural” baja en España… y a nadie le influye.

No soy ningún experto en economía. Me limito a expresar algo que, seguramente, tendrá un nombre técnico y una comprobación o refutación empírica, pero que caracterizo desde mi propia experiencia con un nombre simple, algo así como el “valor relativo del dinero”: dependiendo del precio del producto, de su calidad y de la necesidad que tenga de él, estoy dispuesto a admitir fluctuaciones en su precio de mayor o menor intensidad. Dicho de otra manera y valiéndome de un ejemplo práctico: si me dicen que una cena en un restaurante de lujo me va a costar un euro más de lo que antes me costaba, probablemente me resulte indiferente; sin embargo, si una barra de pan me cuesta dos euros en lugar de uno, lo normal es que sopese la idea de cambiar de panadería.

En el caso del cine, me cuento entre las personas que consideran que un pequeño cambio en el precio no va a aumentar ni disminuir mis ganas de gastarme el dinero en ver una película. Entrando en materia, dado que vamos a hablar de IVA cultural, se cifra que el cambio, patrocinado por José Guirao, del IVA cultural del 21 al 10% -ya anunciado por el Partido Popular en su momento- cambiaría el precio de las entradas en unos noventa céntimos. Por poner un ejemplo, una entrada que costase nueve euros pasaría a costar 8,18 euros. Desconozco cuáles son las tarifas habituales del cine, pero es lo que creo que se acostumbra a pagar. Conforme menor sea el importe que el usuario suela abonar en su cine habitual, menos notoria será la rebaja, evidentemente. Si la entrada te costase 6 euros, se te quedaría en 5,45, por ser aún más ilustrativo.

El caso es que, por algún motivo que me resulta complicado de entender, seguramente mezcla de simbolismo y realidad sesgada -como casi todo en 2018-, el cine español -y, por extensión, el cine en España- ha insistido en pensar que la razón de su falta de éxito radicaba en una persecución por parte del Estado, en forma de falta de recursos y de cláusulas abusivas, entre las que podríamos contar el elevado IVA. Dicho de otra manera: nuestros cineastas y actores jamás han prometido -que sería lo realmente emocionante- que una rebaja en el IVA cultural, o la mejora en sus condiciones de financiación iban a suponer un incremento sustancial en la calidad y en la recaudación; se han limitado a indicar lo injusto que es el trato recibido, sin llegar a ninguna promesa concreta.

Creo que el cine tendrá, tarde o temprano, que pasar por un proceso similar al que ha llevado a cabo el teatro en los últimos años -me refiero, evidentemente, al cine presencial-. Lo que para el teatro, entretenimiento por excelencia en lo que a arte se refiere, supuso el nacimiento del cine y su proliferación, lo es, y lo será cada vez más en el futuro, la televisión y los videojuegos para la gran pantalla. Algunas producciones diseñadas en formato serie, e incluso películas exclusivas de servicios de pago -Netflix es un gran ejemplo de esto- mantienen un alto nivel, y gozan de unos recursos parecidos a los de las películas que llenan las carteleras. La televisión, que ya había pasado, con la llegada de Internet, por un declive, ha conseguido introducir servicios novedosos especializados, a la carta, que ofrecen al usuario una experiencia más cómoda que tener que desplazarse hasta el cine más cercano e, incluso, que disfrutar de los contenidos en su ordenador -y que, incluso, muchas veces incluyen ambas opciones-.

La industria del cine va a tener que pasar por el mismo proceso de remodelación que la del teatro: tratar de extenderse en esos servicios de pago que tan bien usa la televisión, afinar de forma creciente en relación a los contenidos que desea ver la ciudadanía y, además, convertir las salas de cine en espacios con grandes alicientes que motiven el gasto económico de ver una película. El teatro, convertido en una actividad ligeramente más “de culto” con el paso de los años, ha sabido entender cuál es su público y las necesidades de espacio y recursos que tiene en realidad, economizando y convirtiendo cada sala de representación en un espacio adaptado a los deseos de su usuario tipo. El cine tendrá, cuanto antes, que realizar la misma transición.

Respecto al cine español, el habitante medio de este país reconoce sus defectos con bastante facilidad: temáticas repetitivas hasta lo enfermizo, comedia de baja calidad y argumentos poco trabajados. Sin embargo, si uno revisa las listas de películas más taquilleras de la historia de este país, se encontrará con que dos de las tres con mayor recaudación en España responden a esos tres factores -se podría decir, incluso, que son la definición de los tres al mismo tiempo-: las infumables “Ocho apellidos vascos” y “Ocho apellidos catalanes”. Por tanto, el cine español tiene problemas entrelazados: produce bodrios sistemáticamente, en busca de que su basura sea la que guste al público en ese momento, y fracasa estrepitosamente cuando intenta explorar terrenos más serios, tanto en recaudación como cualitativamente.

Diría, si alguien tuviese el deseo de conocer mi opinión, que el cine español necesita quitarse de encima el estigma que lleva años arrastrando. El español medio tiene, en su subsconsciente, la idea de que nuestro cine no ha sido nunca capaz -salvo honrosas excepciones- de tratar cada tema con la seriedad y el profesionalismo con el que nuestros autores de narrativa, teatro y poesía lo han hecho a lo largo de los siglos. La calidad que, indudablemente, ha caracterizado a nuestra literatura contrasta con nuestro mal hacer a la hora de producir adaptaciones de calidad de un material y de un estilo que, consolidado ya como marca de España, debería proporcionar a los cineastas y a los actores una materia prima excelente, a partir de la cuál trabajar con ilusión. Por desgracia, no es el caso, y parece que, mientras las grandes obras, no ya españolas, sino en idioma español, llenan las librerías de todo el mundo y son la referencia de quienes sueñan con dedicarse a escribir, nuestro cine prefiere mirar hacia otro lado y no aprender de esa gran fuente de calidad que es la hispanidad.

El problema del cine no es de dinero, sino una conjunción entre un público con bajas expectativas artísticas, que prefiere pagar por comedia de bajo nivel, y un grupo de profesionales incapaces de quitarse de encima la mancha de ser más incompetentes que nuestros representantes en el resto de artes. Y, mientras público y creadores no sean autocríticos y exigentes, la solución seguirá siendo demasiado lejana.

NOTA: En la parte de la izquierda, tienes la opción de darme “Me Gusta” en mi recién abierta página de Facebook. Si lo tienes a ver, estaría muy agradecido. 

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