La libertad de expresión y su defensa radical: una necesidad actual

Es inevitable, para iniciar un artículo de esta índole, referirse a acontecimientos recientes -más o menos relevantes- que puedan ilustrar la temática que se va a tratar. Como este escrito no está pensado para responder a una circunstancia concreta sucedida en los últimos días, me referiré a varios casos conocidos, sucedidos a lo largo de los últimos años, dejando la puerta abierta a que cada lector complete, interiormente, mi selección de acontecimientos relevantes con otros que hayan sucedido o estén por ocurrir. Para no dar pie a la continua tentación, que sé que muchos aprovecharán si se les da la ocasión, de acusarme de defender únicamente la libertad de expresión de quienes comparten mi ideología, trataré de nombrar, también, a personas que no comparten ni una sola línea de pensamiento conmigo. En fin, procedo:

  • El humorista Rober Bodegas ha tenido una fuerte polémica con el colectivo gitano, hasta el punto de haber sido denunciado.
  • Los raperos Valtonyc y Pablo Hasel -si es que se les puede llamar raperos, aunque ése es otro tema- han tenido problemas serios con la justicia por el contenido de sus canciones y proclamas políticas.
  • La revista satírica Charlie Hebdo fue objeto, tras sátiras grotescas contra Mahoma, de odio por parte del ISIS, hasta el punto de ser atacada.
  • El autobús de la organización “Hazte Oír”, de ideología conservadora, fue perseguido con fuerza por la política de nuestro país por negar la transexualidad como un hecho aceptable desde la biología, a través de la proclama “los niños tienen pene, las niñas tienen vulva”.

Lo característico de los ejemplos primero y tercero está en que, a diferencia de los otros dos, las supuestas víctimas del mensaje han recibido el rechazo mayoritario de la sociedad. La hipersensibilidad de las comunidades gitana y musulmana -si los curas que abusan de niños son cristianos, los del ISIS son musulmanes-, tan frecuentemente promovida por el progresismo -como cualquier otra lágrima caída por la causa, que conste-, ha encontrado en estas dos reclamaciones un límite que, sin embargo, la ciudadanía no pareció ver sobrepasado en las protestas contra Hazte Oír, ni en las condenas a raperos marginales por el contenido deleznable de sus letras.

No pretendo comparar, ni mucho menos, los niveles de rechazo que puedo sentir hacia Pablo Hasel y su ideología, por ejemplo, con la simple falta de interés que podría generarme la forma de hacer humor de personas como Rober Bodegas -cuya existencia era desconocida para mí-, o con lo lamentable que me parece que se use la lucha armada contra una publicación satírica. Si algo tiene cada uno de estos casos es que, persona a persona, encontraríamos individuos capaces de sentir lástima por cada una de esas represiones y no por las demás, y es que ésa es la clave de una democracia consolidada: la libertad de pensamiento, así como la de sentimiento, no debe influir en el protocolo a aplicar para casos homologables pues, de ser así, la valoración de cada situación y la justicia que apliquemos dependerá de nuestras simpatías. ¿Acaso hay mayor dictadura que la que transforma manías en leyes?

La ofensa es un mecanismo humano que nos sirve para defendernos de lo que nos resulta desagradable, pero en ningún caso nuestro disgusto, como tal, debe ser un arma política ni motivar decisión alguna. La condena al Holocausto nazi no proviene de una percepción personal e intransferible del pueblo judío, por poner un ejemplo vasto, sino del rechazo que produce en todos nosotros un atentado contra la vida y la dignidad del ser humano absolutamente indiscutible. Las represiones políticas, o los problemas de pobreza a nivel mundial, no son horribles porque nos hagan sentir mal, sino porque encierran acciones y consecuencias terribles para el género humano en el momento en que se ejecutan. Evidentemente, la ofensa que sentimos al escuchar a alguien defender el nazismo puede llevarnos, legítimamente, a desear no haberlo conocido nunca, pero no tenemos derecho, por muy condenables que sean los actos EFECTIVOS del nazismo, a impedir que dicha persona exprese su opinión, y ni muchísimo menos a creer que la repugnancia que sus palabras puedan hacernos experimentar supone un argumento, en ningún caso, que permita una condena judicial o una censura real.

No podemos tomarnos en serio, ni siquiera plantearnos remotamente, la idea de que nuestros sentimientos personales suplanten escalas de valores y debates sociales serios a la hora de hacer política. Los seres humanos nos ofendemos todo el tiempo. Mis circunstancias personales me pueden llevar a sentirme más identificado con un movimiento u otro, o a reaccionar de forma más dura cuando alguien hace una broma sobre un tema que me parece peliagudo, pero en ningún caso puedo llegar a creer que, en pos de mitigar los efectos de algo terrible -el racismo, por ejemplo, y sus manifestaciones más grotescas-, tengamos la obligación social de cercenar toda manifestación de esa tendencia. Dicho de otra manera, y por dejarlo más claro: no porque los negros fuesen esclavos en su momento, y eso fuese un hecho horrible, podemos meter en la cárcel a alguien por creer que la esclavitud era algo positivo.

Tal vez yo esté desfasado para la sociedad en la que vivo, pero creo que el tufo posmoderno que estamos importando de Estados Unidos, sin la correspondiente postura enfrentada -la cuál, de hecho, nos empeñamos en reprimir-, no va a traernos nada más que una devaluación de la sustancia de reclamaciones sociales muy dignas. Por mucho que haya pensadores empeñados en conjeturar -pues nada más se puede hacer en este tipo de casos- que contar chistes sexistas, o hacer bromas racistas, o permitir que en la opinión pública haya gente de extrema derecha, nos va a llevar a que se perpetúen esa serie de esquemas etéreos que están empeñados en defender, como el patriarcado, lo cierto es que sus argumentos no tienen ningún tipo de sentido: son las sociedades menos sinceras y más represivas con sus ciudadanos las que, habitualmente, albergan más ideologías dañinas en su seno, que tienden a reventar el orden social tarde o temprano. Que podamos opinar lo que deseemos sobre lo que nos venga en gana, admitiéndonos los unos a los otros el derecho a equivocarnos y ser desagradables, es precisamente lo que demuestra que algo bueno hemos conseguido.

Los ataques frontales a la libertad de expresión, con la excusa de la defensa de sensibilidades de colectivos supuestamente oprimidos, nos conducen, irremediablemente, a la necesidad de defender la libertad de expresión a ultranza. Y es que, si la condena ciudadana o la argumentación intelectual se llevasen a cabo por cauces serenos, no haría falta que siguiésemos discutiendo sobre si tenemos derecho a ser malas personas o, como mínimo, a ser irreverentes o a estar equivocados de vez en cuando; discutimos sobre ello porque, pese a ser la española una sociedad avanzada, nuestra falta de compromiso ético con la lucha contra la represión y el escaso valor que le damos a la confrontación de ideas nos impide darnos cuenta de que, donde hay dos personas hablando y haciéndose entender, no hacen falta cien gritando ni diez con porra y esposas.

Libertad de expresión siempre. Por encima de todo. Sin ella, no nos queda nada.

Estaría bien que, en la barra de la izquierda, me dieses “Me Gusta” en Facebook. Es un pequeño empujón, y carga de moral para seguir trabajando. ¡Muchas gracias!

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