Relato corto: A años luz

Vine aquí por no saber pedir auxilio, y me quedé porque no sabía pedir perdón. Me creí el dueño de todos los caminos y me olvidé de recorrer el mío, hasta el punto de que, cuando quise hacerlo, tus huellas se habían borrado. Ahora sólo puedo desear que la suerte me conceda una prórroga, que le ponga precio a mi corazón y me permita pagar, de esa forma, unos minutos más a tu lado. ¿Cuál es el valor de mi vida, me pregunto ahora que estoy al margen de todo?

Créeme, te veo. Te veo cerca de mí. Sé que ya no sabes de mi existencia, y que no puedo hacer que vuelvas a entenderme, pero aún puedo materializarme a tu lado y observarte. Aún puedo compartir tiempo contigo pues, aunque no lo sepas, soy el escudo que evita que el mundo se venga abajo a tu alrededor. Todo está desapareciendo poco a poco y a los que aún estáis allí se os está acabando el tiempo, pero deseo que tú te quedes hasta el último segundo, y que, si tu alma se ve obligada a dejar tu cuerpo atrás, puedas decir que tuviste una buena vida.

¿Sabes? La muerte no es algo tan horrible. Es lo natural cuando se nos acaba el espíritu de lucha y dejamos de creer en nosotros mismos. No conozco otra forma de fallecer que no sea la que tiene el alma, cuando apaga las luces y decide que ha cumplido su función, que ha llegado su momento de unirse a la nada y ser una con ella. Entonces es cuando la parte del humano más excelsa viene a descansar a este paraíso, el cual, por otra parte, he de reconocer que permanecerá desértico hasta que llegues. Son ya demasiados años de lucha silenciosa contra la desesperación.

Y es que, pese a que ya no siento rabia por mi desdicha, y a que mis sentimientos se van apagando poco a poco, hay uno que no me quiere abandonar, que ha decidido instalarse en mí y que impide que acepte mi nueva posición. Me hace soñar con pisar ese suelo por el que tú caminas, con oler las fragancias de las que tú disfrutas y, por encima de todo, con saber que puedes oír mi voz. Necesito que me escuches. Debo contarte quiénes somos, debo sacarte de ese periplo por el desierto en el que estás sumida y recordarte cuál es, en realidad, el motivo de que tú seas quien eres. Sé que aún no es demasiado tarde.

Lo sé porque, por mucho que he tratado de luchar contra mi propio egoísmo, a pesar de mis múltiples intentos de que olvides tu pasado, sufres de ese mal que a todos nos sobreviene alguna vez. Nostalgia. De pronto, la niebla que cubre tus ojos desaparece y eres capaz de recordarte libre, siendo la luz en medio de la noche más oscura, rugiendo en medio de la batalla más encarnizada y renaciendo de tus cenizas para comandarnos a aquellos que alguna vez te seguimos, creyendo en un futuro mejor. Te despiertas en medio de la noche, cubierta en sudor, te ves reflejada en las guerras que lees en los libros y, de vez en cuando, sientes que tu corazón aún aúlla por aquellos valores por los que, alguna vez, estuviste dispuesta a dar la vida. Y lloras. En esos momentos, me siento junto a ti y hago como que te abrazo, extiendo mis brazos y mi corazón se lastima al entender que parece que estás cerca pero, en realidad, estamos a años luz de distancia.

Eres de esa clase de personas que saben oler el peligro y mimetizarse con él. No huyes, no te escondes. Mantienes la cabeza alta y afrontas el peligro, eres el orgullo de todos aquellos que creen en la libertad. Fuiste nuestro ángel de la guarda y ahora eres nuestra bella durmiente, pero creo que puedo lograr recuperarte antes de que el mundo arda. Y es que, siendo sincero, no quiero que me sigas a la desdicha. No voy a dejar que vengas a hacerme compañía.

Espero que no me juzgues por lo que voy a hacer hoy. No sé si lo hago por ti o por mí, desconozco si mi impaciencia es producto de la soledad o del deseo puro de complacerte, pero me gustaría que tú también creyeses que merece la pena. No vas a ser consciente, pero nada será lo mismo a partir de ahora. Tal vez, la noche y el día cambien sus papeles, el bien y el mal se concedan un respiro y, en el reino de lo inocuo, reine el caos un solo instante. Puede que la chispa que se forme inicie la llamarada que reduzca a cenizas los barrotes de mi prisión, o quizá el mundo no esté preparado aún para sostenernos a los dos, pero, en ambos casos, tengo un plan. Si la vida me regala un nuevo Edén, prometo cuidar hasta la última flor del jardín. Si no es así, si la esperanza se marcha con intención de no volver, estaré preparado para desaparecer por siempre, y te pediré perdón una y mil veces cuando descansemos bajo el mismo Sol.

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